Abogados, Politólogos & Consultores

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Dr. Belarminio Ramírez Morillo
Director General

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La enciclopedia del periodismo dominicano


martes, 14 de noviembre de 2006

El control parlamentario

El control parlamentario responde a la idea de que el parlamento representa la expresión más rica y compleja de la voluntad popular.


La crisis de credibilidad porque atraviesa el Congreso en los países latinoamericanos, se debe básicamente a que los legisladores renunciaron a la función de control de las actuaciones del Poder Ejecutivo, y optaron por actuar en función de sus propios intereses personales y partidarios, olvidándose de los intereses de los ciudadanos que lo eligieron.


Ahora cuando el partido de gobierno tiene mayorías en las cámaras legislativas, es una coyuntura favorable para que el Congreso Nacional asuma las funciones de control sobre el Estado que les confiere la constitución de la República.


El control parlamentario responde a la idea de que el parlamento representa la expresión más rica y compleja de la voluntad popular. Es por lo tanto el órgano más representativo que puede ejercer un control o fiscalización de la actuación del ejecutivo.


En la presente coyuntura el congreso puede asumir esta función que tanta falta hace a la democracia dominicana, sin que la misma sea calificada de rebatiñas políticas, debido a que el PLD tiene mayorías y el bufete directivo del Senado y la Cámara de Diputados.
Ojala, Julio César Valentín y Reinaldo Pared Pérez entiendan que no es conveniente para el sistema democrático dominicano que el congreso entre en un papel pasivo de complacencia pura y simple con el Poder Ejecutivo.


Este congreso debe asumir la función de interpelar a varios funcionarios del Poder Ejecutivo, a fin de que expliquen al país asuntos relevantes sobre el desempeño de sus funciones. En este caso, los funcionarios interpelados no podrán alegar que se trata de que el Congreso pretenda tumbar al gobierno. Esa es la excusa que se da cuando el legislativo es controlado por los partidos de oposición.


El gobernador del Banco Central y el Secretario de Finanzas deben ser interpelados para que brinden al país un informe pormenorizado sobre el déficit cuasi fiscal y el endeudamiento externo.


Diandino Peña debe ser interpelado para que informe al país sobre la marcha del metro. Todavía nadie sabe, ni siquiera el propio Diandino, cuánto les costará esa obra a los contribuyentes.


La Secretaria de Educación, doña Alejandrina Germán, debe ser llamada por los congresistas para que brinde un informe sobre el estado actual del sistema educativo nacional. No puede progresar un país en que no se prioriza la inversión en la educación.


El sistema educativo dominicano entra en una aguda crisis debido a que el Poder Ejecutivo no les entrega los recursos necesarios. Si hoy somos uno de los países del continente que menos invierte en la educación, dónde estaremos en los años venideros, cuando se anuncia que en el año 2007 se les dedicará a la educación menos recursos que en el presente año 2006.


También, el Secretario de Salud Pública, debe ser invitado por el congreso para que haga una radiografía del estado actual de los centros públicos de salud.


De hacerlo, el congreso de mayoría peledeista estaría ayudando a mejorar la imagen y legitimidad de su propio gobierno, puesto que uno de los puntos débiles del peledeismo en el poder, es la prepotencia y la intolerancia con que se comportan. Evaden el careo entre los funcionarios públicos y la ciudadanía.


Los funcionarios peledeistas prefieren informar y comunicar a su antojo. De todos los gobiernos democráticos que ha tenido el país, en este es donde menos los funcionarios públicos ofrecen ruedas de prensa. Hacen lo que les viene en gana. Actúan como si no le temieran a la opinión pública, y ese es un error que se paga caro.


Ese comportamiento se debe en parte a que los funcionarios públicos no temen a ser destituidos por el Presidente Leonel Fernández. Esa indiferencia a la opinión pública, el electorado la cobrará en las urnas, como lo hizo el 16 de mayo del 2000.


El artículo 37, inciso 22 de la Constitución de la República, establece como una de las atribuciones del Congreso: “Interpelar a los Secretarios de Estado y a los Directores o Administradores de Organismos autónomos del Estado, sobre asunto de su competencia, cuando así lo acordare las dos terceras partes de los miembros presentes de la Cámara que lo solicite, a requerimiento de uno o varios de sus miembros”.


La interpelación debe ser vista como una atribución del pueblo delegada en sus representantes. Es conveniente que los funcionarios sean interpelados cuantas veces sea necesario, a fin de llevar transparencia a la gestión pública, evitar corrupción administrativa y garantizar que funcionarios inescrupulosos lesionen el interés público.


El control o fiscalización parlamentaria es un instrumento de control jurídico constitucional que tiene por objeto determinar si las actividades se están realizando según manda la ley. Es una función que enriquece a la democracia, en el sentido de que el Congreso sirve de foro público de la actuación del gobierno, permitiendo que la ciudadanía y la opinión pública conozcan las actuaciones de los órganos y sus respectivas justificaciones.

Parece que, como dijera Simón Bolívar, los Estados latinoamericanos lo que necesitan son reyes con el nombre de presidentes. Los liberales cuando están en la oposición abogan por la autonomía de las instituciones públicas, el estado de derecho y la separación de los poderes públicos, pero una vez arriban al poder, son sensibles a las críticas y toda acción normal y legítima de la oposición es concebida como síntomas de conspiración.

martes, 31 de octubre de 2006

Democracia ¿para qué?

Lo que está en discusión es la implementación de mecanismos para ir sustituyendo la democracia representativa por la democracia participativa.


En las discusiones sobre reforma constitucional en la República Dominicana, se conocen las iniciativas de establecer el plebiscito, el referéndum y la revocación del mandato, a fin de dotar de mayor legitimidad el ejercicio del poder político y de garantizar que el ejercicio gubernamental responda a las demandas de la población.


La propuesta es interesante, debido a que persigue que el ejercicio del poder público esté revestido al mismo tiempo de legalidad y legitimidad, y en el momento en que esta última se pierda, el pueblo pueda revocar el mandato de quién o de quiénes se hayan divorciado de los propósitos fundamentales de su designación.


Lo que está en discusión es la implementación de mecanismos para ir sustituyendo la democracia representativa por la democracia participativa. Aunque, está pendiente la tarea de determinar de forma clara los procedimientos que se utilizarán para hacer posible ese cambio.


En todas estas arengas de discusiones teóricas han sido despertadas expectativas en amplios sectores de la población, cómo si el problema fundamental de la sociedad dominicana descansara en mantener o aumentar los niveles de participación en las tomas de decisiones públicas.


Estas propuestas son interesantes, y en ciertas medidas sirven para mantener vivas esperanzas e ilusiones de una población que aunque supuestamente vive en democracia, no tiene una idea mínima de los deberes que implica ese sistema cuando logra consagrarse en cultura política.


Cuando participo en esos círculos de análisis para las reformas constitucionales, políticas y electorales, observo la inspiración con que actúan muchos conciudadanos, quienes piensan que dándole al país una moderna constitución o un moderno marco jurídico y legal estamos resolviendo los problemas de la sociedad.


En ciertas medidas felicito y admiro a esos colegas, por que en el fondo son personas sanas, decentes, soñadoras, trabajadoras y preocupadas por los problemas nacionales. Pero al mismo tiempo, me doy cuenta que no están sintonizadas con el sentir de la inmensa mayoría de la población. En la coyuntura de dificultades en que vivimos es necesario que la clase intelectual comience a poner los pies sobre la tierra.


La democracia directa como la sustentan algunos tratadistas de las ciencias políticas y como la propugnan algunos voceros de la sociedad civil en el patio dominicano, es una utopía, puesto que el crecimiento poblacional y las complejidades que afrontan los seres humanos para vivir en este mundo civilizado, imposibilitan la convivencia en un sistema donde las decisiones se tomen en asambleas populares con todos los miembros de la colectividad reunidos.


Como plantea Jáuregui, la profundización de la democracia implica la búsqueda permanente de fórmulas dirigidas a reducir el abismo entre la democracia real y la ideal, o dicho en términos kelsenianos, a ampliar el pueblo como sujeto de los derechos políticos.


Lo característico de la democracia no es que se dé una identidad perfecta entre la voluntad gobernante y la voluntad del pueblo, cosa del todo imposible, sino que se acerque lo más posible a los deseos y las capacidades de los ciudadanos. Para que un sistema democrático resulte viable es imprescindible que cuente con un asentimiento y apoyo generalizados.


De ahí que, para que el sistema democrático se ajuste a las demandas de las mayorías, la democracia debe ser concebida como un método político, o más bien, como un concierto institucional para arribar a decisiones políticas, ya sean legislativas o administrativas.


La democracia representativa seguirá existiendo, pero es urgente la adopción de medidas que orienten a mejorar su funcionamiento, o de lo contrario debemos irnos preparando para en un futuro no lejano volver a regímenes autoritarios, que debido a las complejidades del mundo en que vivimos no podrán ser similares a las dictaduras vividas en los siglos XIX y XX, pero que necesariamente deberán garantizar orden e implementación de medidas sociales que mejoren los niveles de vida de casi un 80% de la población, que por un lado disfruta el placer de vivir en un mundo de tecnologías, vanidades e ilusiones, pero que al mismo tiempo, choca con una dura realidad al no disponer de recursos económicos para responder a las expectativas que les son creadas por el propio medio en que viven.


Los dominicanos pobres y de clase media viven muy felices, deleitándose al ver una telenovela, una película, un juego de pelota; mientras los niños juegan incesantemente en las computadoras. Pero toda esa felicidad desaparece en el momento en que no hay con qué comprar los alimentos, en el momento en que no hay con qué pagar el colegio, en el momento en que no hay dinero para comprar una medicina, en el momento en que no hay dinero para pagar la energía eléctrica, la renta de la casa, el teléfono, entre otros compromisos y obligaciones del diario vivir.


En vista de que los partidos han ido perdiendo credibilidad y adeptos, es necesario implementar nuevos mecanismos de participación, donde los ciudadanos sean copartícipes de las decisiones de alto interés nacional. Pero los actores políticos nacionales y las personas que incidimos en la opinión pública, jamás debemos perder de vista el hecho de que estos mecanismos de participación propuestos, aunque interesantes, no resuelven en lo más mínimo los acuciantes problemas de la población.


La participación política es buena, es el alma de un pueblo y el espíritu de la democracia, siempre y cuando las personas tengan niveles mínimos de vida asegurados. Cuando no hay asegurada alimentación, salud, educación, orden, entre otros elementos vitales del diario vivir, todas estas reformas que aspiramos a implementar se convierten en letras muertas.

Ante el deterioro de los niveles de vida, la precaria seguridad ciudadana, el imperio de la impunidad y la corrupción, y el pésimo desempeño de las instituciones públicas, que a cada momento representan menos a los ciudadanos y ciudadanas, las personas se están preguntando: Democracia ¿para qué?

martes, 24 de octubre de 2006

La necesaria reforma a los órganos electorales

La principal labor del momento es hacer importantes reformas al sistema electoral dominicano, a fin de fortalecer la representatividad. Esas reformas deben incluir a los órganos electorales.


La tranquilidad y estabilidad de la democracia no debe estar supeditada al comportamiento de los jueces de la Junta Central Electoral.


La escogencia de magistrados imparciales es una responsabilidad de coyuntura de los diversos sectores políticos y de la sociedad civil.


La principal labor del momento es hacer importantes reformas al sistema electoral dominicano, a fin de fortalecer la representatividad. Esas reformas deben incluir a los órganos electorales.


Es necesario el fortalecimiento institucional de los órganos electorales. No existe verdadera autonomía donde no hay independencia presupuestaria.


La labor de la Junta Central Electoral y la organización a tiempo de las elecciones dependen de la actitud del presidente de la República de turno. En cada campaña electoral observamos cómo el trabajo de la Junta está condicionado a que el presidente de la República autorice la entrega de los recursos económicos.


Esto hay que corregirlo. Es urgente legislar al respecto. Según está establecido por ley -art. 49 de la ley 275-97- la contribución económica que los partidos reciben del Estado en años electorales y no electorales, también debe establecerse la cantidad de recursos que la Junta Central Electoral debe recibir en años electorales y no electorales.


Quiérase o no, la dependencia económica se traduce en influencias del jefe del poder ejecutivo y de los funcionarios que tienen que ver con la asignación y entrega de los recursos al órgano electoral.


El fortalecimiento institucional de los órganos electorales tiene relación directa con la calidad y capacidad del personal administrativo.


Por tanto, es necesario establecer la carrera electoral, a fin de evitar que se repitan situaciones como en el pasado, en que un cambio de jueces electorales se traduce en un despido masivo de funcionarios y empleados. La carrera electoral conduce también a que los partidos formen cuadros especializados exclusivamente en el tema electoral.


A modo de conclusión, la reforma electoral debe estar orientada a los puntos siguientes:

Alterar la composición partidista de los organismos electorales. La escogencia de los jueces de la Junta Central Electoral no debe ser facultad exclusiva del senado de la República. Es aconsejable que estos sean seleccionados por una institución similar al Consejo Nacional de la Magistratura, que sea representativa de los diversos sectores de la vida nacional -partidos, empresarios, universidades, iglesias, sociedad civil, etc.-.


Asimismo, la escogencia de los jueces de las juntas electorales municipales no debe ser facultad exclusiva de la Junta Central Electoral. Es recomendable que los jueces electorales municipales sean seleccionados por una entidad o Consejo Municipal que represente a los diversos sectores de la comunidad.


Crear un registro permanente de miembros de colegios electorales y trabajar de forma sistemática la capacitación electoral de estos. Los miembros de colegios electorales deben recibir un carnet o un documento que represente una distinción, un reconocimiento a su labor en beneficio de la democracia.


Quienes lleven a cabo de forma exitosa la labor en los colegios electores deben ser considerados como ciudadanos honorables y distinguidos por el resto de la sociedad.


Por tanto, a esta labor se le debe dar prestigio, y la forma de hacerlo es evitando que se repitan situaciones como la de las elecciones del 2002, en que miembros de colegios parciales al partido de poder, no cumplieron debidamente con su labor, y la Junta Central Electoral no pidió sanción, y ni siquiera hizo de público conocimiento el nombre de los irresponsables. Actitudes como estas, desestimulan a las personas serias que trabajan en los colegios electorales y cumplen con su deber.


Descentralizar la organización de las elecciones, dándoles más funciones a las Juntas Electorales Municipales.


Crear un Tribunal de Administración de Justicia en material Electoral, puesto que en la práctica la creación de dos cámaras, una contenciosa y otra administrativa, no ha cumplido el cometido deseado, ya que los jueces de la cámara contenciosa se involucran en la organización de las elecciones.


Creación de la carrera electoral, similar a como funciona en el sistema judicial. En las últimas elecciones se observó que muchos funcionarios electorales no estaban bien formados y capacitados, pero también, que muchos delegados de los partidos políticos en las Juntas Electorales Municipales desconocían hasta del formato para elevar una instancia de solicitud de revisión de actas o reconteo de votos.

Pongo este ejemplo sencillo para no mencionar lo relacionado con el sistema de conversión de votos en escaños, cuya modalidad a implementar era desconocida hasta por jueces del más alto tribunal electoral.

martes, 17 de octubre de 2006

El carisma y los misterios que lo envuelven

Un líder transformador aborda los problemas de la población, y plantea posibles vías de solución


Uno de los elementos del candidato ideal, es el liderazgo. En estos tiempos del marketing y la comunicación, la mayoría de los candidatos no son líderes, más bien son dirigentes partidarios escogidos candidatos, y que si logran ser electos, es muy probable que no dure más de un período en el poder.


Los candidatos que no tienen liderazgo, tampoco tienen carisma. No existe una definición precisa del carisma. El carisma, como dice Dick Morris, en su libro El Nuevo Príncipe, es el más elusivo de los rasgos políticos porque no existe en la realidad, sino sólo en nuestra percepción una vez que un candidato lo ha conseguido por medio de trabajo duro y buenos temas.


Las coyunturas de crisis nacionales son proclives para la formación y el éxito del liderazgo carismático, debido a que éste no está sometido a parámetros de organización burocrática, ascenso, sanción o destitución. El liderazgo carismático suele surgir en tiempos de crisis.


El liderazgo carismático se apoya en su éxito, y dependiendo de sus aciertos aumentará el número de seguidores, quienes depositan su fe en él. De ahí que, según Max Weber, el poder carismático es peculiarmente inestable. Como el carisma ignora toda legitimidad como no sea la que producen los éxitos, su duración depende de estos. Se trata de una relación: personalidad + éxitos=seguidores.


Señala el padre de la sociología que el carácter del carisma como poder creativo decrece ante una dominación organizada en instituciones duraderas, y sólo prevalece en períodos de emociones masivas de efectos imprevisibles, como el caso de elecciones y acontecimientos semejantes.


El liderazgo carismático, como dice Arthur Schlesinger, se frustra si su misión no es reconocida por aquellos a quienes se considera enviado. Si lo reconocen, se convierte en su jefe, pero no extrae “derecho” de la voluntad de aquellos, como sucede en una elección. Al contrario, reconocerlo como jefe con calificación carismática es el deber de aquellos a quienes está destinada su misión.


De ahí que para que un liderazgo carismático se forje en un sistema democrático requiere de un trabajo de mitificación realizado por persuasores ocultos -expertos en marketing político- y por medios de comunicación. Los persuasores ocultos o mercadólogos definen las estrategias y los medios de comunicación que sirven de canales para ponerlas en ejecución.


Existen distintos tipos de liderazgos carismáticos. El carisma se construye en función de los valores y la cultura política de una sociedad dada.


En el actual proceso de consolidación democrática, el liderazgo carismático necesariamente tiene que ser construido partiendo de un estudio de mercado que aflore el tipo de líder que quiere o demanda el conglomerado. De ahí el hecho de que el líder carismático, por lo regular sea demagógico, puesto que asume un discurso interpretativo de los sueños y deseos del electorado, sin en ningún momento detenerse a evaluar las probabilidades de cumplir con sus promesas en caso de alcanzar el poder político.


Un ejemplo de liderazgo carismático de estos tiempos, es el caso del coronel golpista Hugo Chávez en Venezuela.


Cada comunidad cultural alimenta una imagen especial de hombre, imagen que cristaliza un concepto muy concreto de como debería ser el hombre idóneo para que le ayude a materializar sus sueños. Con razón planteó Max Weber que las variables por las que se selecciona al jefe son voluntad y el poder del discurso demagógico, y señalaba este liderazgo como una dictadura basada en la utilización de la emotividad de las masas.


El líder carismático se convierte en el representante del pueblo en el Estado, en la administración pública ó en los centros de poder. Es reiterativo en señalar: “Me importan tus problemas porque también son los míos”. Comparto con Gabriel Elgorriaga el concepto de que este liderazgo aparece como un elemento humanizante o humanizador de las relaciones entre el grupo y el sistema, al hacer posible que el individuo transfiera sus sentimientos al líder”.


Es por eso que en las campañas electorales tratan de encarnar la ilusión de las grandes mayorías.


Con el tiempo, el liderazgo carismático ha cambiado. Su método y su tipo de carisma cambian en la medida que avanzan los pueblos por el sendero de la democracia y la modernización. Son incomparables, por ejemplo, los estilos del general Cárdenas, Getúlio Vargas, Juan Domingo Perón y Víctor Raúl Haya de la Torre con los estilos de Joaquín Balaguer, Juan Bosch, Fidel Castro, José Francisco Peña Gómez, Alberto Fujimori y Hugo Chávez, entre otros.


Como dijo Shakespeare, “el mundo es un escenario y cada hombre un actor”, planteamiento que cobra actualidad en la política, como consecuencia de las modernas tecnologías al servicio de la difusión de mensajes.


Los líderes carismáticos se caracterizan por su elocuencia y su buen manejo del lenguaje de las emociones. Disfrutan de la oratoria.


El carisma responde a una necesidad emocional, no racional, y sus componentes pueden llegar a chocar con los fundamentos de la teoría democrática. Un verdadero líder moviliza a su auditorio y no posee necesariamente cualidades carismáticas.


Cómo no estamos en crisis nacionales, ni en épocas de guerras civiles y golpe de Estados, prima el liderazgo transaccional. Un líder que actúa como gerente y negociador de conflictos, y no como movilizador de masas.


Analizando el declive del liderazgo carismático, Jaime Durán Barba plantea que así como desde la aparición de la luz eléctrica desaparecieron masivamente los duendes y los fantasmas, en la nueva etapa democrática los semidioses y los iluminados perdieron espacio. La vieja idea del “carisma” se transformó.


La oratoria vibrante y espectacular que hizo célebres a algunos políticos antiguos y que hoy es usada por algunos líderes desfasados, perdió su eficiencia. Los profetas apocalípticos resultan un poco cómicos en la pantalla chica y cuando asustan a los niños de la casa pueden perder los votos de sus padres.


No existe un tipo uniforme de carisma. El requisito del carisma descansa en que los votantes estén de acuerdo con usted, y que les guste lo que usted hace y dice. Es un error pretender hacerse carismático imitando a otros, puesto que lo que le luce a un político no necesariamente le luce a otro. Hay que buscar el carisma tratando de ser uno mismo.


Más que de un líder carismático, la coyuntura en que atraviesa la sociedad dominicana requiere de un liderazgo transformador.


Un líder transformador es aquel que tiene visión de futuro, ideas propias, capacidad para inspirar a los demás y persuadir al electorado. Es aquél capaz de hacer que las personas se vean agentes capaces de lograr el cambio y construir el porvenir.

Un líder transformador aborda los problemas de la población, y plantea posibles vías de solución. Proporciona una visión, pero la acompaña de propuestas concretas para convertirla en realidad. Les da razón de ser a la actividad política.

martes, 10 de octubre de 2006

El dinamismo: Un político es un actor

Una buena salud emocional es clave para ganar unas elecciones y para hacer una administración exitosa


El dinamismo es un factor importante en un candidato. Cuando un candidato es catalogado como dinámico, se quiere decir que es fuerte, enérgico, enfático, vigoroso, franco, activo y contundente.


Un candidato carente de dinamismo es catalogado como frío, lento, pánfilo, vacilante y flemático.


El dinamismo permite al auditorio evaluar el carácter del candidato.
En una contienda electoral el candidato debe presentar un carácter activo-positivo, que refleje que disfruta su activismo, que está a gusto consigo mismo, que busca el contacto con las demás personas porque le agrada, y que quiere ser presidente porque está seguro de que hará una buena gestión.


El candidato debe procurar mantener un elevado nivel de autoestima y una relación acertada con el entorno.


Los electores buscan el factor positivista en sus futuros líderes. Admiran al político dinámico, positivo, de humor, sociable.


Una buena salud emocional es clave para ganar unas elecciones y para hacer una administración exitosa.


Una imagen de político frío y lento es un problema difícil de resolver con estrategias de marketing político. Ningún consultor hace milagros.


Una persona es así, y es poco lo que se puede hacer para cambiarla. Lo atinado es ajustar la campaña a su estilo.


Un caso digno de mención es el de Richard Níxon en los Estados Unidos. Níxon estaba consciente de su imagen fría. Los consultores hicieron ingentes esfuerzos y no fue posible cambiarla.


Cuando un candidato tiene una imagen fría, y el electorado lo considera lento, necesariamente hay que adaptar la comunicación a la imagen del candidato. No podemos ponerlo a saltar, si no sabe, si no puede, si nunca lo ha hecho. Es necesario hacerlo aparecer vestido de forma informal en algunos encuentros, donde se vea que está relajado.


Se ha dado el caso de candidatos que han sacado ventaja de su falta de dinamismo. En la campaña electoral de 1986, el candidato reformista Joaquín Balaguer estaba ciego y a penas podía moverse con un bastón, y cuando un periodista le preguntó que si con esos impedimentos físicos él pensaba dirigir el país, respondió: “Que a la presidencia de la república no se iba a ensartar agujas”.

Con esa respuesta, el caudillo reformista quiso decir que él conocía los problemas del país y, por tanto, no necesitaba la vista para resolverlos. La población lo entendió.

martes, 3 de octubre de 2006

Carácter y credibilidad: Tesoros ausentes en la mayoría de los políticos

El marketing es una herramienta que proporciona al candidato los ejes para estructurar su discurso político, y la definición de la realidad que pueda ser más rentable, en términos electorales.


El carácter envuelve un conjunto de cualidades y circunstancias innatas de una persona que le hace diferente por su modo de ser y de actuar, de las demás.


El carácter determina la forma como el individuo actúa ante determinadas circunstancias del diario vivir. Este se expresa en la iniciativa, ambición y acción de cada ser humano. Se refleja también, en la identidad, autoestima y disposición del individuo a relacionarse con los demás. Un individuo es respetado por su carácter.


En el lenguaje cotidiano de la política se habla de que el dirigente X no tiene carácter, queriendo decir que no se hace respetar, que no reacciona enérgicamente cuando las circunstancias lo ameritan.


Una persona sin carácter no es un buen candidato, y mucho menos un buen funcionario. La campaña electoral es una obra de teatro, en la que los candidatos son actores que compiten por el papel de protagonistas. Ser protagonista conlleva tener carácter, y sobre todo, coraje.
El éxito en la persuasión depende también de la credibilidad. De nada sirve comunicar el mensaje apropiado, si el emisor carece de credibilidad. Como dice Lourdes Martín Salgado, la credibilidad es la piedra de toque de la persuasión, condición sine qua non para tener éxito en la comunicación de un mensaje. Un portavoz que disfruta de un nivel de credibilidad alto compensa a menudo las debilidades del mensaje.


La credibilidad se consigue cuando en una persona se mezclan dos factores: Experiencia y honradez. Esta depende de la hoja de servicios del individuo. Se consigue cuando la persona se cuida de que no existan contradicciones entre lo que dice y lo que hace.


Es interesante la acotación que hace Martín Salgado en su libro Marketing Político –Arte y Ciencia de la Persuasión en Democracia, en el sentido de que la credibilidad no es una cualidad que posea un individuo, ni innata ni adquirida: un mismo comunicador puede gozar de una elevada credibilidad entre ciertos grupos y carecer de ella por completo entre otros.


La honestidad y la experiencia están muy vinculadas entre sí. De nada sirve una sin la otra. La honestidad sin experiencia es un atributo que se le saca poco provecho en la persuasión. Un candidato con credibilidad debe ser honesto y capaz.


La credibilidad es una condición que está ausente en el perfil de las mayorías de los políticos, porque estos se prestan a la práctica de decirle al auditorio, solo aquellas cosas que el público quiere escuchar. Esto lleva a que el político incurra en un sinnúmero de contradicciones, puesto que el deseo del público es cambiante, y así queda reflejado en las encuestas.


Por tanto, el político interesado en tener credibilidad, tiene que ser capaz de contrariar al auditorio, diciéndole las cosas que ellos no quieren oír, o que no le interesan, pero que son las posibles o las convenientes.


En la comunicación en las campañas electorales se reflejan dos factores que perjudican la credibilidad de los candidatos.


Estos factores reciben los nombres de “sesgo de conocimiento” y “sesgo de información”.

El sesgo de conocimiento se produce cuando el auditorio considera que el origen del comunicador y su conocimiento sobre el tema en discusión, le impiden ver de forma objetiva la realidad del problema. Un candidato proveniente de una familia adinerada tiene más dificultades que un candidato de origen humilde en demostrar que conoce los problemas de los pobres.


El sesgo de información se produce cuando el auditorio considera que el momento en que se produce la comunicación impide que el comunicador se muestre abierto y sincero. Los individuos piensan que en las campañas electorales, los candidatos se ven compelidos a decirles lo que ellos quieren oír.


El auditorio puede darse cuenta de que lo que el candidato expresa no es su deseo ni su pensamiento. O sea que el candidato hace tal proposición con el único interés de complacer al auditorio, diciéndole lo que ellos quieren escuchar, con el propósito de persuadirle para conseguir el voto.


El votante con nivel de raciocinio procesa la información de los candidatos, y determina, cuándo estos hablan con sinceridad, y cuándo actúan con sentido demagógico.


Los candidatos una vez electos, ven cómo se afecta su credibilidad, en la medida en que no pueden solucionar los problemas y cumplir con las ofertas que hicieron en la campaña.


Eso determina que cuando la situación económica es buena, el presidente fácilmente logra la reelección. Es reelecto porque mantiene un alto nivel de credibilidad: Prometió y cumplió.


Cuando la situación económica es mala, la reelección no prospera, a menos que el presidente pueda convencer a los electores de que los problemas escapan a su responsabilidad –ese es el recurso que está utilizando Leonel Fernández de cara al proceso electoral venidero-.


El expresidente dominicano, Hipólito Mejía, utilizó sin éxitos este recurso en la campaña electoral del 2004, mientras que al presidente Joaquín Balaguer le dio buenos resultados en las elecciones de 1990.


En una campaña electoral la percepción es más importante que la realidad. Si los votantes perciben al candidato como un hombre serio, puede haberse robado la bóveda del Banco Central, y estos no cambiarán de parecer.


Asimismo, tal como dice Joseph Napolitan, “si creen que el candidato es una persona de no fiar, puede él tener cuatro cardenales y dieciséis obispos que testimonien su honestidad y la gente continuará creyendo que es deshonesto”.


En la campaña electoral del 2008, la imagen del candidato –si es bien trabajado- será mucho más importante que la imagen del partido que lo postula.


En una contienda electoral el candidato sustituye al partido y asume un rol protagónico en el que personifica la ideología y los programas de la entidad.


La imagen del candidato debe responder a los deseos e ilusiones del electorado. Como dice Javier del Rey Morató, en su importante libro Los juegos de los políticos, la realidad física o psicológica del candidato -lo que éste es en realidad, como hombre, como técnico, que domina estos o aquellos aspectos de la cosa pública, y como político-, tiene que combinarse con la información que proporciona ese mensaje peculiar que es el sondeo. El candidato debe saber que actuación espera su electorado potencial, para decir lo que se espera que diga, hacer lo que se espera que haga, ó, cuando menos, no incurrir en el error de defraudar, con comportamientos que podrían restarle apoyos.

El marketing es una herramienta que proporciona al candidato los ejes para estructurar su discurso político, y la definición de la realidad que pueda ser más rentable, en términos electorales. Visto así, el marketing se convierte en una actividad productora de una definición de la realidad, un diseño del candidato y de los electores, porque, en su actividad, en cierto sentido, está produciendo un determinado tipo de electores para unas determinadas maneras de estar en la política y de hacer comunicación política.

martes, 26 de septiembre de 2006

Capacidad, experiencia y honestidad: Columnas centrales de la imagen

La capacidad es un requisito imperecedero. En todos los tiempos los votantes prefieren candidatos capaces.


La capacidad, la experiencia y la honestidad son las columnas vertebrales para la construcción de la imagen del candidato ideal en la política dominicana.


La capacidad es un requisito imperecedero. En todos los tiempos los votantes prefieren candidatos capaces. Hombres y mujeres bien formados y preparados.


La capacidad no está condicionada única y exclusivamente por la formación académica. Los líderes no necesariamente tienen que ser genios e intelectuales salidos de las aulas de las universidades.


Cuando el votante se refiere a un candidato capaz, hace alusión a una persona que tenga inteligencia y habilidad para resolver los problemas relacionados con la posición a que aspira.


La honestidad es una cualidad fundamental. Es un requerimiento que está presente en todos los continentes. En todas las campañas y en todas las sociedades democráticas.


Los candidatos triunfadores por lo regular siempre son considerados honestos por la inmensa mayoría de la población. Cuando esta cualidad se deteriora en el ejercicio del poder, es imposible que puedan lograr la continuidad.


Una persona con imagen de deshonesto, como hay muchos en el patio político dominicano, pierde el tiempo aspirando a triunfar en elecciones presidenciales.
Se ha comprobado que en el caso de elecciones congresuales y municipales este requisito ha sido tomado menos en cuenta por los electores que en las elecciones presidenciales.


Candidatos considerados deshonestos por la mayoría de la población ganan por el sólo hecho de que son nominados por partidos mayoritarios, o porque hacen grandes inversiones en sus comunidades.


La experiencia es una de las cualidades más requeridas por la población. En política no se surge de la nada. Los electores quieren candidatos experimentados que puedan enfrentar las crisis y los permanentes retos que implica el desempeño de un cargo de elección popular.


En momentos de crisis, la falta de experiencia en la gestión pública, puede ser un atributo que ayude a ganar las elecciones. El triunfo de Leonel Fernández en las elecciones dominicanas de 1996, es un ejemplo. Los consultores de Leonel lo vendieron como el candidato que no tenía experiencia en corrupción, en una campaña en que el 70% de los electores estaban de acuerdo en que la corrupción era la causante del atraso del país.


En los Estados Unidos se han producido varios casos en que la falta de experiencia ha sido un elemento a favor. El escándalo Watergate que provocó la renuncia del presidente Níxon, desacreditó la política y generó un desaliento en los electores norteamericanos.


Esto motivó a que en la campaña posterior -1976-, Carter hizo de su falta de experiencia en Washington una ventaja. Se presentó al electorado como un candidato Anti Washington, un forastero que jamás había trabajado en la capital política de la nación.


En campañas electorales posteriores, Ronald Reagan, Bill Clinton y George Bush Jr. llegaron a la casa blanca sin tener experiencia política en Washington, y publicitando este hecho como una ventaja.


Es necesario señalar, que estos candidatos estadounidenses tenían experiencia. Habían sido exitosos en las funciones públicas que habían desempeñados. El punto a favor, y que aprovecharon muy bien, ante el desconcierto del Watergate, era que no eran de Washington, lugar donde se produjo el espionaje, y también, que nunca habían trabajado en la capital.


En conclusión, la experiencia es un mensaje útil para la persuasión. No existe experiencia más persuasiva que otra en unas elecciones, lo que importa es que el candidato sea capaz de sacar el mayor provecho posible de la experiencia que tiene.

En la campaña electoral dominicana de 1982, Salvador Jorge Blanco sacó buen provecho de su experiencia en el ejercicio de la abogacía, fue presentado al electorado como un jurista. En la campaña electoral del 2000, Hipólito Mejía sacó provecho de su experiencia como agrónomo y conocedor del campo dominicano.