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Dr. Belarminio Ramírez Morillo
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La enciclopedia del periodismo dominicano


miércoles, 26 de octubre de 2005

El peligro inminente de la presencia haitiana

El dominicano que emigró a otro país en busca de progreso y bienestar, por lo regular se siente agradecido del suelo que lo aloja. A finales de los años 70 y durante los años 80 del pasado siglo, en el debate político dominicano estuvo muy presente el tema haitiano.


El proceso sucesivo de crisis sociales, políticas y económicas en que cayó ese país después de la caída de la dictadura de Duvalier, llevó preocupación al liderazgo político y a sectores intelectuales dominicanos, que estaban conscientes de que la crisis que se estaba encubando en Haití conduciría inevitablemente a una migración masiva de los nacionales de ese país hacia territorio dominicano.


Fue mucho lo que se habló y se debatió por años en el patio político, en los medios de comunicación y en círculos académicos, sin que se plasmara una propuesta de nación para detener con tiempo esa ola migratoria, que de la forma como se está llevando a cabo, dentro de unas cuantas décadas pondrá a la población dominicana en minorías dentro del territorio de la República Dominicana.


Mientras el nsueño de una gran parte de los dominicanos es marcharse de este país, decepcionados por el deterioro de sus niveles de vida, arropados por el torbellino de la desesperanza, carentes de confianza y de fe en los políticos y en las instituciones públicas.


Mientras los dominicanos en busca de un mejor porvenir, optan por irse al exterior, preferiblemente a los Estados Unidos de Norteamérica, así como a países de Europa, los nacionales haitianos, en su inmensa mayoría, optan por la única oportunidad fácil que se le presenta para la sobre vivencia y el progreso, y es trasladarse al territorio dominicano.



Existe una diferencia marcada entre el dominicano que vive en el exterior y el haitiano que habíta en el territorio dominicano. El dominicano que emigró a otro país en busca de progreso y bienestar, por lo regular se siente agradecido del suelo que lo aloja. El haitiano que se encuentra en territorio dominicano, que vino por su propia cuenta y vive de forma ilegal en nuestro país, desplazando manos de obras dominicanas, no vacila en señalar su descontento por el trato recibido.


Los haitianos sin importar su nivel social reiteran sus resentimientos y odios hacia los dominicanos, y el día en que se encuentren en condiciones favorables para echar la batalla, se lanzaran en contra de los dominicanos con las mismas energías que lo hicieron en contra de los colonizadores franceses y españoles.


Fue mucho lo que se habló y se debatió por años en el patio político, en los medios de comunicación y en círculos académicos, sin que se plasmara una propuesta de nación para detener con tiempo esa ola migratoria, que de la forma como se está llevando a cabo, dentro de unas cuantas décadas pondrá a la población dominicana en minorías dentro del territorio de la República Dominicana.



Mientras el sueño de una gran parte de los dominicanos es marcharse de este país, decepcionados por el deterioro de sus niveles de vida, arropados por el torbellino de la desesperanza, carentes de confianza y de fe en los políticos y en las instituciones públicas.


Mientras los dominicanos en busca de un mejor porvenir, optan por irse al exterior, preferiblemente a los Estados Unidos de Norteamérica, así como a países de Europa, los nacionales haitianos, en su inmensa mayoría, optan por la única oportunidad fácil que se le presenta para la sobre vivencia y el progreso, y es trasladarse al territorio dominicano.


Existe una diferencia marcada entre el dominicano que vive en el exterior y el haitiano que habita en el territorio dominicano. El dominicano que emigró a otro país en busca de progreso y bienestar, por lo regular se siente agradecido del suelo que lo aloja. El haitiano que se encuentra en territorio dominicano, que vino por su propia cuenta y vive de forma ilegal en nuestro país, desplazando manos de obras dominicanas, no vacila en señalar su descontento por el trato recibido.



Los haitianos sin importar su nivel social reiteran sus resentimientos y odios hacia los dominicanos, y el día en que se encuentren en condiciones favorables para echar la batalla, se lanzaran en contra de los dominicanos con las mismas energías que lo hicieron en contra de los colonizadores franceses y españoles.


El problema es mucho más complejo, y el destino de Haití y Dominicana se une aún más, ante el hecho cierto de que mientras los descendientes de los dominicanos que están en el exterior han perdido el interés de regresar a vivir en su suelo de origen, un comportamiento similar asumen los hijos de haitianos nacidos en territorio dominicano, a quienes no les interesa irse a vivir para Haití.


La gran meta de los hijos de haitianos nacidos en el territorio dominicano es educarse en nuestras escuelas, obtener su acta de nacimiento y posteriormente la cédula de identidad y electoral para disfrutar en pleno de los derechos civiles y políticos.



Mientras los dominicanos pierden la fe en los destinos de su país, los haitianos adoran el territorio dominicano. Este comportamiento de ambas poblaciones conducirá inevitablemente a la unificación definitiva de la isla, en un plazo de tiempo que no se puede calcular, pero que si no hacemos nada, puede ser más corto de lo que pensamos.



El grave problema de la migración haitiana hacia nuestro territorio ha sido manejado con mucha irresponsabilidad por los políticos dominicanos, así como también por otros sectores de la vida nacional, dentro de los cuales se encuentran: empresarios, religiosos y académicos que se han puesto al servicio de intereses foráneos.


Lo que debió ser un tema de nación, con una propuesta de solución que involucrara la participación de todos los sectores de la vida nacional, lo convirtieron en un tema de politiquería barata. Por dos décadas los políticos de nuestro país se entretuvieron asociando el futuro de un líder político nacional –el doctor José Francisco Peña Gómez- con el problema migratorio y la ilusión de poderosos sectores haitianos de unificar la isla bajo un mismo régimen político.



Una parte importante de los dominicanos pretendieron inhabilitar a Peña Gómez por su origen político, y en ciertas medidas lo lograron. Mientras que el líder perredeísta aprovechó las acusaciones que les hacía para convertirse en una víctima, status que al parecer le gustaba, y con el que se sentía cómodo.



Mientras estábamos en esos dimes y diretes de que Peña era o no haitiano, una quinta parte de la población haitiana se trasladó hacia territorio dominicano, y hoy estamos impotentes: No sabemos que hacer con ellos. No es posible hacer lo que hizo Trujillo en 1937 que autorizó el exterminio de todos los ilegales haitianos.


No podemos repatriarlos a todos. Somos incapaces de evitar que crucen las fronteras para que estos sigan en aumento. No podemos evitar que las mujeres haitianas que viven en nuestro suelo tengan tantos hijos como les venga en gana. No podemos negarles los servicios de salud. Y ¿hasta dónde podremos resistir la presión internacional orientada a obligarnos a reconocer como dominicanos a los hijos de haitianos nacidos en nuestro territorio?



El problema es mucho más grave y preocupante aún, debido a que tenemos un gobierno que lo evade. Conociendo al doctor Leonel Fernández y a los funcionarios del peledeismo, estamos seguros de que no tomarán decisiones firmes y contundentes al respecto. Este régimen es muy sensible a la opinión pública. Se quedarán con los brazos cruzados, y dentro de tres años tendremos un millón más de haitianos en nuestro territorio. El gobierno peledeísta asume una actitud de indiferencia similar a la asumida por los regímenes perredeistas.


Por el otro lado, tenemos una clase empresarial que aunque en palabras manifiesta su preocupación por la amenaza a la dominicanidad, en los hechos prefieren emplear a los haitianos para obtener mayores beneficios. Tenemos sectores intelectuales, comunicadores y religiosos que por hacer causa común con organismos internacionales de los que reciben financiamientos, se están erigiendo en defensores y abogados de los derechos de los ilegales haitianos.


Al ritmo que vamos, la unificación de la isla es un hecho inevitable. Los dominicanos hemos sido invadidos por una raza a la que no conocemos. Nosotros no conocemos la psicología de los haitianos. Estamos conviviendo con estas personas, que están en nuestras casas, en nuestras empresas, en nuestras calles. En fin, están en nuestras vidas, y desconocemos de lo que son capaces.


El momento es oportuno para leer el libro del doctor Jean Price-Mars, titulado La República de Haití y la República Dominicana. Esa obra escrita por uno de los intelectuales haitianos más prominentes de todos los tiempos, nos permite conocer mejor la psicología del huésped no invitado que tenemos en nuestro hogar. Inclusive, nuestros políticos del patio, que en sus mayorías sólo piensan en el lucro personal, debieran dedicar parte de su tiempo a leer esta importante obra.


Estoy de acuerdo en que debido al pequeño territorio que compartimos y por la inmensa frontera que nos une estamos condenados histórica y geográficamente a convivir con los haitianos.


Comparto el juicio externado por don Manuel Arturo Peña Batlle, uno de los intelectuales más prominentes que ha tenido nuestro país, quién dedicó un tiempo importante de su vida al estudio de la historia fronteriza dominico-haitiana, cuando escribió que “la historia de nuestro país está estrechamente ligada a sus problemas fronterizos.


Para los dominicanos, la frontera, considerada no como expresión geográfica, sino como un estado social, es elemento integrante de la nacionalidad y envuelve en sí problemas sustanciales de los cuales depende en enorme proporción el porvenir de la República.”


Es necesario que las fuerzas vivas del país, sin importar banderías políticas y credos religiosos, articulemos un plan para evitar la pérdida de nuestra soberanía, de nuestra cultura, de nuestros valores, de nuestro territorio y de nuestra esencia como dominicanos.


Todos los sectores de la vida nacional deben expresar apoyo y respaldo a la Junta Central Electoral para que se mantenga firme en su decisión de no declarar a los hijos de haitianos que viven ilegalmente en nuestro territorio.


Respecto a este grave problema, la población dominicana ha quedado abandonada a su propia suerte. Los enemigos de la Patria están ganando la batalla. Nosotros somos la víctima, y sin embargo, ahora se nos condena como victimarios en la Corte Interamericana de los Derechos Humanos.


No tenemos a la Unión Nacionalista, ni a un Luis Julián Pérez, así como a otros políticos e intelectuales que dedicaron parte de su vida a orientar y educar a la población dominicana, tratando de crear conciencia sobre el peligro inminente que nos acecha.


No tenemos a un Joaquín Balaguer en la presidencia de la República, quién nunca se amilanó, y fue en la medida que las circunstancia se lo permitieron, un muro de contención que detuvo la ejecución del plan macabro que se ejecuta en contra de la Patria.


Esto no se trata de racismo. En la República Dominicana no hay blancos, ni raza pura. Pero debemos reconocer que no es lo mismo el moreno dominicano que el negro haitiano. No debemos ser indiferentes ante el peligro inminente porque atraviesa nuestra Patria.


No debemos ignorar todo el sacrificio de los padres tutelares de la República y de todos aquellos prohombres que dieron sus vidas para dejarnos como herencia un nombre en la historia de la humanidad.


No debemos quedarnos con los brazos cruzados. Los buenos dominicanos, que sin temor a equivocaciones somos las mayorías, por el bienestar de nuestros hijos y nuestros nietos, debemos hacer algo.

martes, 18 de octubre de 2005

Balaguer: ¿Antihaitiano o patriota?

El problema de la inmigración haitiana, aunque quisiéramos ignorarlo es como una piedra en el zapato.


Ahora cuando la República Dominicana ha sido condenada en la Corte Interamericana de los Derechos Humanos, el tema haitiano ha sido puesto una vez más en la agenda del debate nacional.


El problema de la inmigración haitiana, aunque quisiéramos ignorarlo es como una piedra en el zapato.


No hay forma de ocultarlo ni de ignorarlo. Es una realidad con la que tenemos que convivir y a la que debemos buscar alternativas para enfrentar de forma pacífica y civilizada.


El momento es oportuno para enfocar el tema desde una retrospectiva histórica, a fin de que la juventud conozca importantes acontecimientos acaecidos en el pasado. Los sucesos acaecidos en 1937 cuando por órdenes del dictador Rafael L. Trujillo fueron asesinados varios miles de haitianos, y la República Dominicana fue sancionada por la Organización de los Estados Americanos, pusieron al régimen de entonces en una situación vulnerable en el contexto de las relaciones internacionales.


Esa matanza fue un acto de brutalidad y barbarie que no tiene justificación alguna en un mundo moderno y civilizado. Aunque hay que reconocer, que ese acontecimiento detuvo por décadas la migración de los nacionales haitianos hacia el territorio dominicano.


Todo acontecimiento histórico, por muy negativo que sea, tiene algo de positivo, y la parte positiva de esa tragedia injustificada fue que sirvió de muro de contención para detener por unas cuantas décadas la ola migratoria de la población haitiana hacia territorio dominicano.


Ese acontecimiento ha gravitado desde entonces en la conciencia colectiva de la sociedad haitiana. Pero, si la migración haitiana hacia territorio dominicano hubiera mantenido un curso normal al experimentado hasta 1937, al día de hoy, la República Dominicana hubiera perdido su base de sustentación cultural, debido a una serie de elementos que esbozó Balaguer en 1945, y que es apropiado su mención en la actual coyuntura, debido a que estamos inmersos en un escenario similar.


En la carta informe enviada por Balaguer al comité de colombianos interesados en evaluar la situación política de la República Dominicana, ofreció una ilustración que siete décadas después no pierde vigencia.


El doctor Balaguer sostuvo que: “En los últimos años ese problema ha adquirido proporciones catastróficas. Haití ocupa, en el territorio de la isla que es de poco más de 70,000 kilómetros cuadrados, una porción que asciende a 28,000 kilómetros. Su población alcanza ya a más de cuatro millones de almas, casi todas de raza puramente africana. El suelo, eminentemente montañoso, ha perdido gran parte de su capa vegetal por efecto del cultivo realizado en forma rudimentaria y a causa de las erosiones. La tierra es insuficiente, por todos conceptos para alimentar esa población que es exageradamente prolífica tanto porque el haitiano se reproduce con enorme facilidad como porque el nivel de vida de las grandes masas de ese país es esencialmente primitivo.”


Continua su enfoque del modo siguiente: “Las poblaciones haitianas, por una razón biológica, tienden fatalmente a desplazarse sobre el territorio dominicano que es mucho más rico, mucho más llano, mucho más extenso que el suyo. La falta de un tratado de fronteras, instrumento que el Presidente Trujillo logró hacer firmar por Haití en 1935, facilitó grandemente esa penetración indeseable. En el momento en que se suscribió ese acuerdo, fruto de largas y penosas negociaciones, había en el territorio dominicano más de 400,000 (cuatrocientos mil) haitianos, masa cuya densidad iba creciendo de manera alarmante”.


Si en 1935 la sociedad dominicana estaba amenazada por la presencia en su territorio de 40,000 haitianos, ahora, a principios del siglo XXI, cuando la población haitiana en territorio dominicano sobrepasa los dos millones de personas, sin tomar en consideración a los miles de haitianos nacidos en nuestro territorio. Es necesario reconocer que una parte de los descendientes haitianos se han mezclado con nuestra raza y nuestras costumbres, y por tanto, no se le considera como tales.


De ahí que la situación que en 1937 fue catalogada como preocupante, en la actualidad merece ser calificada como grave y alarmante.


Debemos reconocer, como señala Manuel Núñez, que, “ser dominicano no es, pues, un asunto jurídico sino cultural. Legalizar toda esa inmigración sería desmembrar la soberanía nacional. Sería, en otras palabras, repartir nuestros derechos a gobernarnos, a vivir en nuestra geografía, a fomentar nuestras riquezas entre una población que no comparte nuestra lengua, ni nuestra cultura, ni nuestra memoria, ni nuestras aspiraciones. Dicho en pocas palabras: se estaría cometiendo una traición al ideal que decidió la fundación de la República en 1844, precisamente para liberarnos de la presencia haitiana. Esta es una, entre otras, de las manifestaciones de la traición de los intelectuales”.


Balaguer después de exponer el problema de la densidad poblacional en el vecino país, señaló las consecuencias negativas que reviste la migración para la sociedad dominicana. ¿Cuáles eran las consecuencias de ese estado de cosas? La República Dominicana se estaba rápidamente haitianizando y el sentimiento de la solidaridad nacional se iba corrompiendo entre los habitantes de la antigua parte española de la isla. El voudou, la religión nacional haitiana, especie de animismo africano de la peor extracción, era ya también el culto preferido de toda la población dominicana radicada en las zonas fronterizas. La moneda haitiana, el gourde, había reemplazado la moneda nacional aun en los mercados del centro del país”.


La población campesina, continua exponiendo Balaguer, por efecto del contacto con lo peor del pueblo haitiano, iba adquiriendo costumbres tan anticristianas como la de las uniones incestuosas.


Las poblaciones dominicanas, radicadas en la proximidad de Haití, las más expuestas a las influencias desnacionalizantes de nuestros vecinos, habían perdido la conciencia de la nacionalidad hasta el extremo de que aún hoy día muchas de nuestras familias mantienen en el fondo de sus corazones un increíble sentimiento de adhesión hacia la patria de Desalinees”.


Balaguer expuso sin rodeo el peligro que representa la migración haitiana para la permanencia de la sociedad dominicana. “La República Dominicana estaba, pues, condenada a desaparecer absorbida por Haití, raza más prolífica y homogénea que la nuestra. Varios lustros más y el país se hubiera haitianizado irremediablemente. En ese momento, Balaguer concibió el problema como resuelto, al entender que los estragos causados por los acontecimientos de 1937 frenarían las migraciones.


Después de esas elucubraciones orientadas a ilustrar a los intelectuales colombianos que clamaban por la destitución de Trujillo ante el crimen cometido contra miles de haitianos, Balaguer asumió su misión del momento, y justificó una acción que desde todos los ámbitos de la convivencia humana, era injustificable.


Pero hechos similares, desgraciadamente han sucedido y continúan sucediendo setenta años después en países europeos, y sobre todo en naciones del Medio Oriente que entraron en la civilización desde antes del nacimiento de Cristo.


En su informe Balaguer reiteró: “Trujillo tuvo la energía necesaria para encararse al problema. Después de haber logrado que se definiera, en un tratado internacional, la línea divisoria entre los dos países, acometió una gigantesca labor de nacionalización en toda la zona fronteriza. Esa obra, eminentemente patriótica, tiende a incorporar de nuevo al patrimonio de la República, la tercera parte por lo menos de su población, espiritualmente desvinculada desde hacía más de un siglo de la heredad nacional”.


El análisis de Balaguer sobre el problema no significa que él fuera un despiadado o malvado, que en realidad no lo era, pero dejó claramente establecida su visión certera, objetiva y real, sobre un problema que en ese momento era incipiente, y posteriormente se ha convertido en el desafío más grande para la dominicanidad.


Balaguer dijo: Para realizar esa hazaña, propia sólo de un verdadero hombre de Estado, ha sido preciso crear entre la población de las zonas fronterizas y la del resto del país la comunidad de aspiraciones, y despertar en esas comarcas el sentimiento del papel que los hombres de una misma nación están llamados a desempeñar en el mundo, la conciencia de que la patria es un patrimonio sagrado, en que los sufrimientos y las esperanzas comunes se alteran con los vínculos del suelo y con las riquezas materiales. Esa empresa equivale a fijar definitivamente la constitución histórica de la República y puede compararse, guardadas desde luego las distancias, con la que realizó Isabel la Católica para extirpar de España a la morisma y para mantener la pureza de la religión con el memorable edicto de 1492”.


Es importante que ahora, cuando el problema es mucho mayor, puesto que la presencia haitiana en territorio dominicano es muchas veces superior, y el estado de hambruna, miseria y desnutrición que padecen los nacionales de ese hermano país, es mucho más catastrófico, se le preste el cuidado necesario a la definición de un marco de relaciones entre ambas naciones, en donde se prevea la necesidad de preservar nuestros valores y costumbres.


Debemos estar conscientes de que las autoridades haitianas en todo momento continuarán presionando a la República Dominicana por ante los organismos internacionales para que no ponga controles en la frontera, de modo que se fomente el libre tránsito y ambos pueblos queden entrelazados de manera indisoluble.


Balaguer fue el único gobernante dominicano, después de Trujillo, que siempre fue coherente en torno al peligro que implica para la República Dominicana la invasión pacífica de que ha sido objeto durante casi un siglo. En todo momento, el presidente Balaguer defendió el derecho que asiste a las autoridades dominicanas de repatriar a los ilegales haitianos y establecer los controles de lugar para preservar la identidad nacional.


Ese derecho les asiste a todos los Estados Soberanos y no está supeditado a diferencias raciales y culturales, sino más bien, a facultades plenas e irrenunciables de defensa de su territorio.


De ahí que, la política de la República Dominicana frente a Haití no obedece ni puede obedecer a consideraciones raciales. Por tanto, el aporte intelectual hecho por Balaguer sobre ese tema, tal como señala Alba Josefina Zaiter Mejía, “adquiere significado en el pensamiento social dominicano, no sólo por haber participado en los principales acontecimientos de la historia reciente del país, sino por sustentar posiciones reflexivas en torno a la realidad dominicana y a la nacionalidad.”

Es interesante la acotación que hace la prestigiosa investigadora social petromacorisana, de que: “así como para el pensamiento nacionalista de los años veinte un elemento fundamental será el sentimiento antinorteamericano, durante la dictadura de Trujillo lo será el antihaitianismo.” Pero, en ambos casos, es cuestión de patriotismo.

martes, 11 de octubre de 2005

Mensajes positivos y negativos: ¿Cuándo y cómo usarlos?

Debemos apoyarnos en los resultados del sondeo para tomar esta decisión. No debemos apoyarnos en los caprichos del candidato o de cualquier otro miembro influyente de la campaña.


Existen dos tipos de avisos -mensajes- a utilizar en una campaña electoral, y son: Mensajes positivos y mensajes negativos.


Determinar el tipo de mensaje que se utilizará es una de las decisiones más delicadas de la campaña electoral. Esta decisión no se debe tomar al azar. Es necesario hacer una encuesta cuyos resultados nos permitan determinar las ventajas o desventajas de utilizar avisos positivos o negativos.


Debemos apoyarnos en los resultados del sondeo para tomar esta decisión. No debemos apoyarnos en los caprichos del candidato o de cualquier otro miembro influyente de la campaña.


La investigación realizada debe arrojarnos luces que nos permitan determinar qué más nos conviene: Si utilizar mensajes positivos ofertando solución a los problemas de las personas; ó por el contrario, utilizar mensajes negativos acusando al candidato adversario de ser el responsable de esos problemas.


Desde luego que la utilización de mensajes positivos o negativos dependerá de su ubicación en la contienda electoral. Si usted es el candidato del partido de poder que opta por la reelección, no podrá acusar al candidato opositor de ser el culpable de los problemas. En este caso su mensaje deberá estar enfocado a presentar sus logros.


En cuanto al candidato de oposición, por lo regular tiene elementos para focalizar una campaña negativa, presentando los problemas y culpando al candidato oficialista o al partido de gobierno de los mismos.


Los votantes prefieren los mensajes positivos. Los mensajes negativos muchas veces afectan a quienes los usan. Los consultores y estrategas políticos prefieren alternar avisos positivos y negativos en las batallas políticas.


Los votantes reciben la información negativa con suspicacia. Son cautos. Consideran que los mensajes negativos sólo persiguen dañar al adversario. Por eso, en muchos casos, los electores perciben que el mensaje negativo enfoca la verdad, pero sin embargo no cambian de preferencias, prefieren votar por su candidato independientemente de lo que digan.


Los mensajes negativos pocas veces le quitan adeptos a un candidato. Estos se utilizan más bien para dañar su imagen o afectar su credibilidad, y así tratar de evitar que otros que no se han declarados simpatizantes del candidato lo hagan.


No es posible ganar unas elecciones si la campaña está basada en un mensaje negativo. A veces estos deben ser utilizados, puesto que tienen su importancia, pero jamás debemos pensar que constituyen la estructura esencial de una campaña ganadora. Los mensajes negativos sólo se justifican si la razón de ser de la propia candidatura -sus promesas y ofertas- han sido planteados en mensajes positivos. De lo contrario, usarlos es como escupir para arriba.


Antes de optar por lanzar avisos negativos sobre un candidato hay que pensarlo muy bien. Si los avisos negativos no funcionan, como señala Dick Morris, tienen un creciente potencial de estallarle en la cara al candidato que los auspició. En la actualidad, la regla es: Aquel que afirma algo, debe probarlo.


Cuando un aviso negativo fracasa en estar a la altura de su peso sustancial, o es destruido por un aviso que lo desautoriza, la campaña que lanzó el aviso negativo pone en peligro su propia credibilidad. Si se desautoriza el aviso negativo, la campaña opositora no sólo ha perdido una escaramuza sino que ha sufrido un daño casi irreparable. Una desautorización eficiente hace difícil que se le vuelva a creer algo a la campaña cuyo aviso negativo ha quedado destruido.


Es aconsejable responder los mensajes negativos. Quién calla otorga. Si no se les responde, los avisos negativos funcionan.
Las campañas electorales, a veces, se ganan y se pierden en el arranque, o sea al comienzo de las mismas. Todas las campañas se inician con un enfrentamiento de mensajes. En las mayorías de los casos gana el candidato que se presenta con un mensaje afirmativo que le saca ventaja al adversario.


No entender lo anterior, implica una gran pérdida de tiempo y de dinero, que muchas veces se traduce en perder unas elecciones en las que se pudo triunfar. La clave del éxito en una campaña electoral radica en presentar el mensaje afirmativo apropiado en el comienzo de la contienda.


Las campañas se inician con una guerra entre mensajes positivos. Cuando el mensaje positivo de una campaña supera a la otra, al candidato en desventaja no le queda otra alternativa que utilizar mensajes negativos. La suerte se decide en ese momento, y no necesariamente el día de las elecciones.

Mientras el candidato en desventaja lanza mensajes negativos, el candidato que está a la cabeza sólo tiene que limitarse a refutarle los ataques, propinándole un golpe de gracia que destruya la credibilidad de la campaña. En estos casos se utiliza el siguiente argumento: Cómo el candidato X no tiene nada que ofrecerles a la población, recurre a la mentira.