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Dr. Belarminio Ramírez Morillo
Director General

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La enciclopedia del periodismo dominicano


martes, 22 de noviembre de 2005

Eugenio María de Hostos y la dominicanidad

Aunque vivió en varios países de América, su país preferido era Republica Dominicana.


Maestro y escritor. El gran educador del continente americano. Nació en Puerto Rico, cerca de Mayagüez, el 11 de enero de 1839. Inició sus estudios primarios en su ciudad natal y a los doce años fue enviado a España, donde terminó los estudios secundarios y se inscribió en la escuela de derecho de la Universidad Central. Estudió también Letras y Filosofía.


Aunque no nació en suelo dominicano, Eugenio María de Hostos es parte de nosotros. Es sin temor a equivocaciones uno de los personajes que hizo mayores aportes a la formación de la dominicanidad. Es uno de los paradigmas de nuestra historia.
Era un autodidacta. Siendo un joven se incorporó a los círculos más prestigiosos de la intelectualidad española, y consideró que no le hacia falta un titulo universitario, razón por la que no terminó la carrera de derecho.


Tenía un gran amor por el continente americano. A pesar del ambiente intelectual en que se desenvolvía en España, decidió regresar a su tierra –Puerto Rico- y luego vino a vivir a Santo Domingo en el año 1875.


En República Dominicana realizó una labor educativa de mucho valor. Fundó La Escuela Normal, centro educativo donde se formaron los maestros de la época. Entusiasmado por contribuir al desarrollo de la sociedad dominicana, instaló Escuelas Normales en varias provincias del país.


El pensamiento hostosiano le dio un empuje al sistema educativo nacional. Promovía la educación laica que se fundamenta en el criterio de que la enseñanza debe ser impartida por hombres de ciencia y no por hombres de religión. Su método de enseñanza chocaba con los intereses de la iglesia católica. Planteaba que la enseñanza debía ser orientada al desarrollo del ser humano y de la razón.


Hostos organizó el sistema educativo dominicano. Sus aportes no se limitaron a la definición de los programas de estudios y a la formación de los profesores de primaria y secundaria. Incursionó también de forma muy activa en la educación universitaria. Fue profesor en la Universidad de Santo Domingo y sus cátedras eran de tan alta calidad que fueron convertidas en libros.


Es autor de una colección de libros de enseñanza universitaria que aun continúan siendo textos en varias universidades de América. Escribió sobre pedagogía, cuentos, historia, derecho y filosofía.


Era portador de ideas políticas progresistas y liberales. Opuesto a la esclavitud y defensor de las libertades y derechos de los individuos. Cuando Ulises Heureaux –Lilis- llegó a la presidencia de la república en 1888, Hostos abandonó el país, alegando que Lilis era un tirano, y el no era amigo de los tiranos.


Era opuesto a la guerra y al salvajismo. Sufría al ver como sus alumnos se involucraban en las batallas sin fundamentos que promovían los caudillos de la época.


Después que se marcho de la República Dominicana estuvo en varios países de América: Chile, Cuba, Colombia y Brasil. En cada uno de estos hizo valiosos aportes a la educación y a la democracia, puesto que era reiterativo en sus críticas a la esclavitud.


Era un visionario político. Propuso que los países que integran las antillas mayores: Cuba, República Dominicana, Haití, Puerto Rico y Jamaica se unieran y formaran una Confederación de países que denominó: “La Confederación de las Antillas”.

Aunque vivió en varios países de América, su país preferido era Republica Dominicana. A la muerte de Lilis en 1899, Hostos retorno a la tierra de Quisqueya. Falleció el 11 de agosto de 1903.

martes, 15 de noviembre de 2005

Réquiem por los partidos políticos

El crecimiento económico que se ha logrado en los últimos 50 años no ha sido cónsono con el desarrollo humano, debido a que los beneficios se concentran en pocas manos


Antes de cumplir los 14 años de edad ingresé a la política y el próximo 22 de diciembre cumpliré 41 de existencia en este planeta. Hasta hace unos meses para mi era un orgullo ser político, ahora mi parecer ha cambiado. Siendo un adolescente compartía actividades políticas con actividades religiosas, culturales y educativas.


El hecho de que se me identificara como cabeza o representante de un partido político en el Liceo donde estudiaba, en el Club Juvenil, Deportivo y Cultural en el que participaba, o más bien en la comunidad en que me desenvolvía, era un verdadero privilegio, un honor, una satisfacción.


Era a comienzos de los años 80, época en que la juventud era portadora de un espíritu de búsqueda de superación apoyado en la participación en los movimientos sociales. No existía el individualismo del presente. El deseo de un joven estudiante era hacerse de una profesión, pero buscaba su meta sin ignorar el proceso social, político y económico en que vivía.


Por eso existían diversas organizaciones, tanto en la zona urbana como rural, donde los jóvenes eran parte activa. Las agrupaciones políticas, sociales, culturales, gremiales y comunitarias no eran entelequias como las del presente, que en sus mayorías solo existen en apariencia, o son un papel timbrado y un sello gomígrafo con el nombre de ONG de que se valen muchos vividores para buscarse unos pesos.


Ahora la valoración sobre la política y los políticos es distinta. La expresión que uno escucha por dondequiera que se mueve, de que “los políticos son unos ladrones”, es para poner a cualquiera a reflexionar. Lo grave de todo esto es que a pesar de que los ciudadanos saben que no todos los políticos son iguales, ellos prefieren generalizar. Esa generalización se debe en parte, a que en resumidas cuentas, la inmensa mayoría de los políticos son unos sinvergüenzas.
¿Cuáles son las causas del deterioro de la política?

¿A qué se debe esa creciente pérdida de fe y confianza en la política y en los políticos?


Las razones son varias, pero existen dos que son fundamentales, y que han sido tratadas y analizadas en millares de cónclaves, sin que observe ningún cambio de rumbo al respecto. En primer lugar está la corrupción, y en segundo lugar, la injusticia en la distribución de las riquezas.


Si se hace un cálculo del dinero que se han robado los políticos en complicidad con los empresarios en cualquier país de América Latina o de África, para solo mencionar a dos de los continentes donde existen los índices más altos de pobreza, este sería suficiente para construir las escuelas, centros de salud, viviendas, vías de comunicación, y sobre todo, para resolver el problema de desnutrición que afecta a cientos de millones de personas.


El crecimiento económico que se ha logrado en los últimos 50 años no ha sido cónsono con el desarrollo humano, debido a que los beneficios que genera la actividad económica se concentran en pocas manos.


El problema del deterioro de la política no ha sido enfrentado correctamente. Los empresarios, en una parte considerable, en vez de exigir sanciones a los políticos corruptos y contribuir a que los partidos se conviertan en instituciones confiables y creíbles que puedan desempeñar con éxitos el papel de interlocutores para la consecución de los cambios sociales, políticos y económicos que demanda la sociedad, han optado en algunos casos por ser cómplices de estos, y en otros por meterse a políticos.


Algunos empresarios participan en política atraídos por la corrupción, y otros con el propósito de utilizar el poder que les brinda la política para expandir sus actividades privadas. Son muy pocos los empresarios, sea en República Dominicana, o en cualquier país del mundo, que van a la política con el propósito fundamental de servirle a los demás.


No existe, ni en América Latina ni en el mundo, un solo referente de un empresario que haya llegado al poder apoyado en su fortuna económica, y que haya hecho un gobierno aceptable. Por lo regular, salvo muy raras excepciones, el empresario actúa como tal en todas las esferas de su vida. Por tanto, es imposible, que una vez instalado en el poder, pueda separar el rol de sus empresas, negocios y beneficios acostumbrados a obtener en el desenvolvimiento cotidiano, de el rol que debe asumir como gobernante que es el de salvaguarda de los intereses de las mayorías, búsqueda de armonía y consenso para evitar conflictos sociales y ser paladín de la justicia social.


Una de las causas de la crisis de la política hoy, radica en que algunos empresarios han tomado la errada decisión de pretender constituirse en líderes políticos y optar por la búsqueda de los puestos de elección popular, apoyándose en sus fortunas económicas. Esto le ha quitado sustancia y razón de ser a la política y a los partidos. Ya no tiene sentido hacer una carrera política. En los partidos no se asciende en función de trabajo, talento, esfuerzo, virtudes humanas y méritos acumulados. Las candidaturas y hasta los cargos de dirección partidaria, en la mayoría de los casos, son para aquellos que disponen de una gran fortuna económica sin importar su origen.


Debo aclarar que se da el caso de empresarios que son políticos por naturaleza. En los tres partidos mayoritarios: PLD, PRSC y PRD existen empresarios que hacen vida partidaria, y que el espacio que ocupan en esas organizaciones se lo han ganado con su trabajo. Estos dirigentes políticos que son adinerados han ingresado a esos partidos por varias razones, pero en el fondo le gustan la política y coexisten de forma armoniosa con los demás dirigentes sin utilizar su fuerza económica para avasallar a los contendores internos.


Por tanto, no me refiero a estos empresarios que son a la vez políticos, y que asumen las consecuencias de ser parte activa de una entidad partidaria en una caverna política como la nuestra. Me refiero a los empresarios oportunistas que sienten rechazo por la política, pero que su avaricia lo conduce a acercarse a una entidad partidaria previo a unas elecciones con el único propósito de conseguir un puesto de elección popular.


Estos comerciantes que salen a comprar una curul en el congreso o una sindicatura como si se tratara de comprar una vaca son el reflejo del deterioro del sistema político dominicano. Inclusive, en los partidos hay personas que se dedican a cazar a estos aventureros, con el objetivo de sacar su tajada económica del proceso.


Resulta que la carrera política que se diseña y se desarrolla bajo el imperio del dinero, sin cumplir con el ciclo normal, puede lograr las metas propuestas de conseguir el puesto perseguido, pero es muy difícil que desde la posición pueda llenar las expectativas creadas.


Un liderazgo político exitoso requiere de un proceso que como dice el consultor político español Francisco Izquierdo Navarro, incluye: nacimiento, crecimiento, adolescencia, madurez, reproducción, senectud y muerte.


La incursión coyuntural de este tipo de empresarios aventureros en la política conduce a que se imponga la práctica de empacar productos vacíos para venderlos a los ciudadanos como si fueran de buena calidad. Después que el ciudadano lo compra se da cuenta de que el producto no sirve para nada.


Con esto no quiero decir que los empresarios no deban participar en la política. Ellos tienen el derecho de participar, y es bueno que lo hagan. Lo que no está bien es que se supedite el crecimiento político al dinero. El sistema de partidos en República Dominicana lo que adolece es de riqueza moral, de una elite partidaria con vocación de servicios, con visión de futuro, que haya ido a la política a construir un liderazgo al servicio de los demás.


Estos empresarios les harían mejor servicio al país y protegen mejor sus intereses contribuyendo al fortalecimiento de los partidos políticos. Y la mejor forma de fortalecer los partidos es identificando a los líderes que reúnen las cualidades necesarias para afrontar los retos del presente y del porvenir, y brindarle la promoción y el apoyo económico de que estos requieren.


La crisis de los partidos políticos en República Dominicana es más grave por que sus principales actores desconocen la dimensión de la misma. Al ritmo que vamos el sistema de partidos colapsará dentro de un plazo no lejano. Nuestros partidos son como un enfermo de cáncer terminal, pero el paciente ignora que padece la enfermedad.


En su interior, muchos dirigentes políticos se burlan de los resultados de las encuestas que presentan los bajos índices de confianza y credibilidad que tienen las organizaciones partidarias. Se niegan a reconocer el fracaso de los partidos, por que ellos han sido beneficiarios directos del deterioro de los mismos. Personas sin méritos y sin cualidades, apoyándose en fortunas mal habidas y en prácticas fulleras de repente ascienden a las cimas partidarias.


Los partidos son organizaciones que han perdido la capacidad de autoevaluarse, la capacidad de autocrítica para enderezar entuertos y mejorar su desempeño. En las organizaciones partidarias solo se habla de buscar fórmulas e implementar estrategias para fortalecer su poder de representación y control de los órganos públicos. A los nuevos dinosaurios del poder partidario no les preocupa el deterioro creciente de estas instituciones. No toman iniciativas para el fortalecimiento institucional ni para mejorar la calidad de los dirigentes. Más grave aún. Sus protegidos favoritos son los cachorros perversos, carentes de moral y dignidad que se prestan a todo tipo de perversidades, y que ejecutan a pies de juntilla las tareas que les asignan sin importar las características de las mismas.


Si es cierto el postulado de que la democracia para funcionar adecuadamente tiene que apoyarse en los partidos políticos, entonces la democracia dominicana está peligrosamente amenazada.

Volveré sobre este tema.

martes, 8 de noviembre de 2005

Balaguer y Fouché

Joaquín Balaguer actuó con sangre fría. Sus nervios no le dominaban, toda su pasión se cargaba y descargaba tras el muro impenetrable de su frente.


“La avaricia es corruptora de la fidelidad, de la honradez y de todas las demás virtudes” Salustio.


He escuchado a muchos intelectuales y políticos decir que quien quiera conocer a Joaquín Balaguer durante la Era de Trujillo solo tiene que leer la biografía de José Fouché escrita por Stefan Zweig. Cuando empecé a estudiar el liderazgo y la personalidad de Joaquín Balaguer, uno de los primeros personajes históricos que estudié para comprobar la similitud o discrepancia con el estadista dominicano, fue al Ministro de Interior y Policía francés, el tenebroso José Fouché.


Haré un breve enfoque sobre las cualidades y comportamientos de estos dos personajes de la historia, donde el lector podrá observar las similitudes y discrepancias existentes entre estos dos hombres, quienes actuaron en escenarios distintos en el tiempo y en el espacio, y más que eso, en sociedades con culturas diferentes.


Un aspecto que ayudó mucho a Balaguer en su carrera política fue la discreción con que manejó los asuntos de Estado. Parece que aprendió de Fouché, el arte de callar, la ciencia magistral de ocultarse a sí mismo, la maestría para observar y conocer el corazón humano.


Balaguer fue uno de los pocos dominicanos que permaneció en la administración pública durante los 31 años de la tiranía trujillista, porque siempre mantuvo una autodisciplina férrea, casi espartano, con una resistencia interior extraordinaria de rechazo al lujo y a la suntuosidad, empleando el arte magistral de saber ocultar la vida privada y el sentimentalismo personal.


De ahí, que las tres décadas que duró a la sombra del tirano no fueron perdidas. Aprendió enseñando y observando. Obtuvo su principal educación encerrado, ya sea en su habitación, en las oficinas públicas y en las bibliotecas, en aislamiento permanente, desarrollando un espíritu singularmente elástico e inquieto, llegando a alcanzar una verdadera maestría psicológica, actuando invisiblemente por años en un círculo de poder estrecho que no clarificaba un posible sucesor.


José Ingenieros dijo que, “los caracteres dignos permanecen solitarios... Si su pradera es árida no importa; en libre oxígeno aprovechan más que en cebadas copiosas, con la ventaja de que aquel se toma y estas se reciben de alguien. Prefieren estar solos, mientras no puedan juntarse con sus iguales. Cada flor englobada en un ramillete pierde su perfume propio. Obligado a vivir entre desemejantes, el digno mantiénese ajeno a todo lo que estima inferior.”


El comportamiento de Balaguer fue acertado y esa fue la clave para su éxito, puesto que como dijo Curzio Malaparte, “un general victorioso pues se prepara a adueñarse del poder no debe ni buscar los aplausos ni perder el tiempo en intrigas”. Sobrevivió a la Era de Trujillo y salió ileso de todas las acechanzas y espionajes a que fue sometido, porque al igual que el ensayista español don Gregorio Marañón, entendió que la civilización ha convertido la soledad en uno de los bienes más delicados que el alma humana puede desear. Sólo es realmente libre el hombre que sabe estar solo.


Joaquín Balaguer actuó con sangre fría. Sus nervios no le dominaban, toda su pasión se cargaba y descargaba tras el muro impenetrable de su frente. Igual que Fouché, “dejó jugar sus fuerzas y acechó despierto las faltas de los demás. Esperó pacientemente a que se agote la pasión de los otros o a que aparezca en ellos un momento de flaqueza para dar entonces el golpe inexorable. Terrible en esta superioridad de su enervada paciencia: quien así puede esperar y ocultarse, bien puede engañar hasta al más sagaz.”


Durante su larga vida, Balaguer aplicó el consejo de Azorín de que, “si queremos vivir bien y ahorrarnos muchos disgustos, achaques y aun enfermedades debemos tomar con flema y sosiego nuestras cosas: debemos comer, vestir, ir de una parte a otra despacio”.


Balaguer cultivó en si mismo el arte de saber esperar. Aceptó el postulado de Rainer Marie Rilke de que, “la paciencia lo es todo”. Cuanto más mueve su cuerpo, menos puede usar su mente. Su éxito no se debió sólo al manejo cauteloso del arte de esperar. Es paciencia y al mismo tiempo, es trabajo y preparación. Por eso, fue exitoso en todos los escenarios. Como dijo Manero: “El futuro no pertenece a quienes saben esperar, sino a quienes saben prepararse”.


La mayor similitud entre Fouché y Balaguer se encuentra en esa imperturbable frialdad del temperamento. Ahí estribó su verdadero genio. Ambos utilizaron la técnica de conservar la calma, de pasar inadvertidos. Cuando el tiempo no les favorecía no luchaban, no se desesperaban, no actuaban con precipitación. Simplemente, dejaban que los acontecimientos se desarrollaran.


A estos dos hombres su cuerpo no le ponía trabas, no le arrastraba. Estaban casi siempre al margen de todo. Su sangre, sus sentidos, su alma, todos estos turbadores elementos del sentir de un hombre normal, estaban ausentes en estos enigmáticos, cuya pasión se detenía íntegra en sus cerebros.


Como señala Stefan Zweig: “Hay que mirar profundamente la historia para percibir en la ráfaga de la revolución, en el esplendor legendario de Napoleón, la figura de Fouché, de apariencia humilde y subalterna, en realidad omnímoda, definidora de una época. Durante toda su vida actúa en la sombra sobre sus generaciones. Patroclo cayó como cayeron Héctor y Aquiles mientras prevaleció Ulises, el astuto. Su talento sobrepuja al genio; su sangre fría perdura sobre toda pasión”


En la Era de Trujillo sucedió algo parecido: Todos los colaboradores del tirano iban cayendo como si se tratara de un juego de ajedrez, y quedando fuera del complicado juego político, mientras Balaguer escalaba peldaño a peldaño, de modo ininterrumpido, actuando como aquel que no ambicionaba nada, hasta heredar la primera magistratura de la nación.


Independientemente de las interpretaciones hechas en las novelas de Viriato Sención y Mario Vargas Llosa, Balaguer no traicionó a Trujillo. En ningún momento Balaguer aceleró la caída del régimen. Trujillo cayó por su propio peso.


A pesar de las similitudes, existen diferencias marcadas entre Fouché y Balaguer. Fouché no ansiaba la gloria. Era un ambicioso sin vanidad. El último secreto de la fuerza de José Fouché es que, “aunque anhela el poder, la mayor cantidad posible de poder, se conforma con la conciencia de su posición; no necesita sus emblemas ni su investidura. Fouché tiene amor propio desmesurado; pero no ansia de gloria; es ambicioso sin vanidad.


La vara de lictor, el cetro de rey, la corona de emperador pueden llevarlos otros tranquilamente, cede gustoso el brillo y la dicha dudosa de la popularidad. A él le basta con enterarse de la cosa, con tener influencia, con ser él quien manda verdaderamente sobre quien tiene la apariencia de mando, y sin exponer su persona, hacer el juego emocionante, el juego tremendo de la política.


Mientras los demás se ligan fuertemente a sus convicciones, a sus palabras y gestos oficiales, queda él tenebroso y escondido, interiormente libre; es lo permanente en el proceso fugitivo de apariciones. Los girondinos caen, Fouché queda; los Jacobinos son arrojados, Fouché queda; el Directorio, el Consulado, el imperio, el reino y otra vez el imperio zozobran y desaparecen; pero siempre queda él, el único, Fouché. Gracias a su refinado retraimiento y a su valor audaz para perseverar en la falta absoluta de vanidad”.


Balaguer fue diferente, puesto que amaba el poder, buscaba incansablemente el poder, y cuando alcanza la cima, empleaba todos los recursos de maniobras y sabidurías a su alcance para no perder el control del mismo.

José Fouché por el contrario, era un genio político que se conformaba con los cargos de segunda categoría y recurría frecuentemente a la traición, para garantizar la permanencia en su puesto. Balaguer por el contrario fue un estadista inconmensurable que supo aprovechar las circunstancias históricas para alcanzar la grandeza arriesgándolo todo, inclusive su vida.

martes, 1 de noviembre de 2005

Máximo Gómez Pensamiento y Vida

El momento es oportuno para que los jóvenes dominicanos, cubanos, americanos y del mundo, conozcan las virtudes de grandeza, sacrificio y coraje que adornaron a este prócer.


El próximo 18 de noviembre se cumple el 168 aniversario del nacimiento del general Máximo Gómez, militar dominicano y héroe de la independencia de Cuba. Fue una de las figuras militares más prominentes del siglo XIX. Nació en la Villa de Baní el 18 de noviembre de 1837. Hijo de don Andrés Gómez y doña Clemencia Báez.

El momento es oportuno para que los jóvenes dominicanos, cubanos, americanos y del mundo, conozcan las virtudes de grandeza, sacrificio y coraje que adornaron a este prócer de la libertad.
El propio Máximo Gómez en su autobiografía reseña lo difícil que fue la vida en su niñez y adolescencia. La crisis que afectaba el país, las precariedades económicas en que vivía su familia y los grandes retos que afrontó en defensa de la independencia de su país y de la liberación de Cuba.

A los 14 años fue soldado de las batallas por la consolidación de la República frente a las embestidas reiteradas de las tropas haitianas. A la edad de 25 años mientras estaba en combate en la región Sur recibió una carta de su madre donde le decía que su padre estaba muy enfermo, días después murió, y desde entonces tuvo que asumir la responsabilidad de cuidar de su madre y sus hermanas.

Durante el período de la anexión a España, prestó servicios en el ejército español y ostentó el rango de Comandante. Al consumarse la restauración de la República, Máximo Gómez partió para Cuba, el 11 de julio de 1865, seguido por un grupo de soldados dominicanos que habían servido a España.

En ese país se encontró con una realidad política distinta a la dominicana. Allí reinaba una esclavitud despiadada. El trato inhumano a los esclavos de parte de la oligarquía criolla y autoridades españolas contribuyeron a que Máximo Gómez hiciera causa común con los patriotas que se habían trazado como meta lograr la independencia de Cuba.

A pesar de vivir dentro de la guerra, era un hombre ordenado. Parece que estaba consciente del papel que desempeñaba en la historia. Llevaba anotaciones de todo lo importante que sucedía día a día. En su diario de campaña hizo anotaciones del nacimiento de sus ocho hijos, de los esfuerzos de su esposa para sobrevivir con su familia en las montañas de Cuba, y de la forma dramática como murieron tres de sus hijos.

Su primogénita Margarita, falleció en septiembre de 1871 en las sierras del sur de Cuba del modo siguiente:

“Allí murió de hambre pues mi pobre esposa huyendo de la persecución que hacían los españoles a las familias y al ejército, ella se refugió en una cueva cual las primitivas indianas. Las humedades, la escasez de alimentos, hizo que la madre se postrara en cama, le faltó la leche para la lactancia de la niña y la vio morir poco a poco como se extingue la luz de una lámpara cuando ha consumido el aceite que la hacia brillar”.

El 16 de febrero de 1882 falleció su hijo Andrés 2do, en San Pedro Sula, pueblo situado al norte de la República de Honduras.

El 15 de mayo de 1884 falleció su hija Margarita 2da, acontecimiento que Máximo Gómez reseña del modo siguiente: “En días muy aciagos perdimos nuestra hija; mi esposa muy enferma y yo mismo grave, postrado en cama y sin recursos de dinero. Era mi situación tan fatal que apenas no sé como he podido salir de ella”.

Esa es una muestra del sacrificio que significó la independencia de Cuba para el general Máximo Gómez. A pesar de la muerte de sus hijos como consecuencia de la causa republicana no se detuvo, no se doblegó. Luchaba por un ideal: “Lograr la liberación de Cuba”.

En 1895 cuando firmó con José Martí el Manifiesto de Monte Cristi, el apóstol de la independencia cubana le dijo: “Le ofrezco, como pago de su obra, el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres”. Máximo Gómez le contestó: “Todo por Cuba”.

La experiencia en el combate del general Máximo Gómez y del grupo de dominicanos que les acompañaban fueron factores que incidieron a que jugaran un papel preponderante en la independencia de ese país. Máximo Gómez y varios de sus compatriotas dominicanos fueron instructores en el arte de la guerra de los patriotas cubanos, así como de españoles que apoyaban el proyecto independentista.

Máximo Gómez no solo fue el maestro, sino también el combatiente. Es uno de los héroes más prominentes de la independencia de Cuba. Fue un estratega militar, prudente, paciente y astuto, pero sobre todo, un hombre de una autoridad espectacular y de un estilo de combate único en su género. Cuando estaba frente al enemigo, el general Máximo Gómez, con un tono de voz que retumbaba, lanzaba el grito: ¡Al machete! Ese era su grito de guerra, el cual retumbaba por los campos e inyectaba las energías y corajes necesarios a los patriotas para vencer a los adversarios. Venció a los españoles en las batallas de Santa Ana de Griñan, La Candelaria, El Recurso, Ti Arriba, El Cristal, Borjita, Arroyito y el asalto a La Socapa.

Máximo Gómez era uno de los líderes que gozaba de mayor respeto y popularidad dentro de los patriotas cubanos. Su más formidable campaña militar fue desarrollada en la segunda etapa de la guerra independentista, a partir de 1897 en La Reforma. Comandando un ejército de 4,000 hombres mal armados y alimentados enfrentó a un ejército de 40,000 soldados dirigidos por los generales españoles Weyler y Blanco. En quince combates realizados en un periodo de 20 meses, utilizando un espacio geográfico de 60 kilómetros cuadrados, los patriotas se burlaron de las tropas enemigas.

Máximo Gómez era un hombre provisto de virtudes intelectuales. Sus frases y mensajes así lo demuestran. Embriagaba a sus seguidores de energías y entusiasmo. Esa fue su clave para el éxito. Falleció en la Habana, Cuba, el 17 de junio de 1905.