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Dr. Belarminio Ramírez Morillo
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La enciclopedia del periodismo dominicano


martes, 25 de julio de 2006

Balaguer y el mapa de futuro de la sociedad dominicana

El propósito de Balaguer iba más allá de la búsqueda del voto. Estaba consciente de que el país requería de una reconstrucción nacional.

( “Es imposible medir hasta dónde llega el poder creador de una idea” Alejandro Casona).

El discurso de Balaguer en la campaña electoral de 1966 buscaba más convencer que persuadir. Ofertaba una visión, y mediante el discurso influía en los dominicanos para que hicieran causa común con el él en la realización, por medios no coercitivos.


Dice Perelman, que “persuasiva es la argumentación que sólo pretende servir para un auditorio particular, en tanto que convincente sería aquella argumentación capaz de obtener la adhesión de todo ente de razón”.


El propósito de Balaguer iba más allá de la búsqueda del voto. Estaba consciente de que el país requería de una reconstrucción nacional, y esto sólo era posible orientando a los actores de los tradicionales centros de poder político de la nación.


Balaguer fue el primer político dominicano en presentar un mapa de futuro, sin desatender los conflictos de valores, ni ofrecer salida fácil que pasara por alto la realidad de la crisis. La gente descubre y responde al futuro en la medida en que lo planifica. Para que el país entrara en el progreso era necesario un cambio en las creencias, valores y conductas de una gran parte de la población. En la campaña electoral ofreció ese cambio, y una vez llegó al poder, motorizó la acción para ejecutarlo.


La visión de Balaguer sobre la nueva sociedad a construir, fue posible y viable, debido a que las metas estaban orientadas más a la satisfacción de las necesidades y deseos de la población, que a las de él como persona.


Movilizó espectacularmente a la sociedad, tanto desde el punto de vista social como desde el contexto económico. En su régimen el progreso llegó a todos los dominicanos. Las familias vieron crecer sus fortunas materiales, al mismo tiempo, que sus descendientes encontraban oportunidades de progreso que les convertían en los cimientos de una mejor sociedad.


Trujillo fue el primer líder transformador de la sociedad dominicana en tiempos de dictadura. Balaguer fue el primer líder transformador de la sociedad dominicana en tiempos de paz.


La revolución sin sangre fue la principal consigna enarbolada por Balaguer en la campaña electoral de 1966. En reiteradas apariciones ante las multitudes durante la campaña electoral de 1966, pronunció frases que parecían una repetición de la Oración de la Paz de Isócrates. “Pues la guerra de todo lo dicho nos ha privado; porque nos ha empobrecido, nos ha hecho padecer muchos trabajos, nos ha desacreditado con los griegos, y por todos los caminos nos ha hecho miserables”. Se puede decir que este fue el slogan de campaña del Partido Reformista.


En ese momento no existían las técnicas de marketing político que se utilizan en la actualidad para determinar los deseos y las necesidades del electorado. Pero tampoco existían las técnicas publicitarias para vender a los candidatos.


En procesos electorales como el de 1966, los contendientes para tener éxito debían ser prohombres, genios, hombres cultos con el suficiente manejo de la psicología política para convencer a los electores.


Aunque Balaguer contó con un amplio equipo de colaboradores, nadie puede demostrar que aportó elementos al discurso de Balaguer en esa contienda para historia.


Balaguer más que nadie sabía muy bien que la familia dominicana estaba cansada de tanta violencia, y que en el estadio turbulento iniciado a posteriori de la muerte de Trujillo, la sociedad en vez de desarrollarse en términos económicos, lo que hizo fue retroceder en todos los órdenes. Por tanto, la promesa más acertada y más inteligente era ofrecer cambios, pero sin violencia.


Esa estrategia le permitió ganarse de inmediato el respaldo de las fuerzas conservadoras de la sociedad, y sobre todo de la mujer dominicana, por lo regular de convicción cristiana, y que en el fondo era la principal víctima de los sufrimientos por la persecución, encarcelamiento, maltrato y muerte de sus hijos por motivos que a sus ojos eran inexplicables.


Para dar respuesta frontal a ese desconcierto, el candidato reformista sentenció: “Los cambios estructurales que nuestro país requiere no pueden ser obra de una revolución ni de una evolución. La revolución supone un cambio violento y rápido y la evolución postula a su vez una marcha gradual, y que se produciría sin ruptura drásticas en virtud de la simple continuidad progresiva de la situación imperante.”


Balaguer sabía que para que su discurso llegara al subconsciente del electorado y surtiera los efectos esperados, el mensaje empleado debía ser claro y lo más digerible posible. “Si escogemos el primer camino, el de la revolución violenta nos expondríamos a hacer más triste y más precaria la situación de nuestras clases pauperadas”.


Conocía la inquebrantable convicción cristiana del pueblo dominicano. Por eso, más que como político, actuó como maestro, como cristiano, como apóstol. Veamos: “Pero cuando de lo que se trata es de librar a un pueblo del yugo de la miseria, entonces la violencia no actúa como una fuerza edificante, sino como una fuerza destructiva. Si lo que queremos, Señores, es modificar nuestras estructuras para mejorar la suerte de nuestras clases necesitadas, no podemos perder de vista que mientras más difíciles sean las condiciones en que se desenvuelva nuestra economía, más difícil será también cualquier medida destinada a combatir la pobreza”.

Este gran político, adversario tenaz de la anarquía, supo armonizar la reforma de las leyes y el mejoramiento de las costumbres con el constante anhelo de infundir al pueblo altos ideales de justicia y cultura. Tiene la gloria de haber levantado el espíritu nacional de los dominicanos. Balaguer fue el único político de entonces en entender que dentro de la democracia el sistema supone respeto al adversario. Como dijo Jaime Durán Barba, “la política ya no es una guerra a muerte entre amigos, si no un enfrentamiento entre diversas posiciones políticas que se alternan en el poder y que, en su conjunto representan al país.”

martes, 18 de julio de 2006

La esencia del reformismo en la visión de Balaguer

“Un gobierno progresista, como su propio nombre o indica, debe ser una entidad viviente y en proceso de desarrollo”. -- Franklin Delano Roosevelt.


El 26 de enero de 1966, día del nacimiento del Natalicio Juan Pablo Duarte, en una concentración realizada en la ciudad de Santo Domingo, Balaguer pronunció un discurso antológico en el que reafirmó su apego a la democracia, y su convicción de que ese sistema sólo podía ser alcanzado a través del trabajo y la convivencia pacífica de todos los dominicanos.


En esta pieza oratoria quedó claro que Balaguer era la antítesis de Juan Bosch y de los demás políticos que no se habían dado cuentas de que la familia dominicana estaba cansada de tanta violencia y agitación. No cayó en el error de postular doctrinas que estimularan el conflicto social. Fue partidario de Lin Yutang, en el sentido de que “la meta de las buenas teorías políticas ha de ser que todas las personas sean capaces de gozar ocios o que el goce del ocio sea general.” Por eso, Balaguer hizo un llamado al trabajo armónico para enfrentar la pobreza, sin cuestionar los privilegios de las clases dominantes. Esto no implica en ningún modo que él se sintiera a gusto con el estado de injusticia social imperante.


En la campaña electoral de 1966, en una coyuntura en la que no tenía la persecución de Johnny Abbes, ni de la manipulación del contenido de las palabras que hacían los calieses del tirano, el tribuno de Navarrete expuso sus ideales, y estos calaron en el sentimiento de los sectores más poderosos de la nación.


Con estilo firme y tono de voz vibrante, manifestó: “Si alguna doctrina ha podido surgir de la convulsa situación dominicana de los últimos años, con suficiente vigor para recoger fielmente la imagen de esa realidad tormentosa, es la del Reformismo, que no patrocina ni la revolución social violenta como la que postulan los partidos de extrema izquierda, ni la transformación pacífica resultante de la simple continuidad progresiva de las instituciones, como lo desean a la vez los grupos de ideología conservadora, sino que aspira a llevar a cabo los cambios que el país necesita con la celeridad que requieren las circunstancias pero sin destruir las bases en que fueron originalmente asentadas nuestras estructuras sustantivas.”


Se observa el convencimiento y la creencia del exponente en sus promesas. Y como dijo el escritor y sociólogo británico, John Ruskin, “el que está en posesión de la verdad encuentra en sus palabras el máximo poder de persuasión.”


En 1966, Balaguer no llegó al gobierno a inventar, ni a molestar a sectores de la sociedad. No cometió los errores de Juan Bosch. Puesto que como dijo Nicolás Maquiavelo, “cualquiera que desee o necesite reformar el modo de gobierno de una ciudad, si quiere que el cambio sea aceptado y mantenido con satisfacción general, precisa conservar al menos la sombra de los usos antiguos, de modo que al pueblo no le parezca que ha cambiado el orden político, aunque de hecho los nuevos ordenamientos sean totalmente distintos de los pasados, porque la mayoría de los hombres se sienten tan satisfechos con lo que parece como con lo que es, y muchas veces se mueven más por las cosas aparentes que por las que realmente existen.”


Cuando Balaguer habló de cambios sin destruir las estructuras sustantivas de la sociedad, les estaba diciendo a la oligarquía, militares e iglesia, que en un régimen suyo no se atentaría contra sus intereses y privilegios. La confianza de estos sectores era determinante no sólo para llegar al poder, sino también para gobernar, puesto que fueron estos quienes impidieron que Bosch implementara su proyecto liberal.


En ese mismo discurso, Balaguer dijo: “Lo que la República Dominicana requiere, Señores, son reformas. Estas reformas, para que den plena satisfacción a los anhelos legítimos de las mayorías nacionales, tienen que recaer sobre los tres órdenes en que descansa la sociedad dominicana: el político, el social y el económico. Necesitamos en otros términos, reformas de todos los tipos: agrarias, educacionales, tributarias, administrativas, constitucionales. Paralelamente con estos cambios básicos, el país necesita otros de menor importancia: reformas de crédito, del régimen de trabajo, de las leyes que rigen nuestras instituciones de seguridad social, etc. Pero estas reformas, para que sean efectivas, para que sean verdaderas, tienen que ser estructurales. Importa, en consecuencia, tener presente la naturaleza, la esencia del elemento sobre el cual está llamado a recaer el cambio”.


El autor de La Palabra Encadenada, hizo énfasis en que la vida institucional de la República había sido organizada sobre bases jurídicas verdaderamente liberales, pero, hasta 1966 esas instituciones eran infuncionales, sólo existían en textos, ya que el nivel de desarrollo material no se correspondía con todo ese andamiaje conceptual prohijado de naciones mucho más desarrolladas que la nuestra.

El discurso de Balaguer en la campaña electoral de 1966 no ha sido estudiado en una dimensión profunda. Ni antes ni después, político alguno, ha dado una cátedra de teoría política en un contexto tan objetivo y certero.


La transformación sociopolítica y económica que alcanzó la República Dominicana se debió a que las riendas de la nación estaban en manos de un hombre que actuaba amparado en una visión política clara y definida, y no en mera improvisación que ha caracterizado a la inmensa mayoría de los gobernantes criollos.


Con frecuencia escucho a políticos y comunicadores decir, que Balaguer no creía en planes de gobiernos, por que nunca preparó un documento de esa naturaleza en las campañas electorales.


Balaguer no escribía el documento, por que no lo necesitaba. El tenía claramente concebido las acciones que iba a ejecutar desde el poder. Si las escribía en un Plan de Gobierno, de seguro que iba a encontrar la oposición tenaz de los sectores afectados por las medidas.


A caso ¿ustedes se imaginan, qué hubiera pasado, si en la campaña electoral de 1966, Balaguer presentaba un Programa de Gobierno donde estuviera planteada la reforma agraria que ejecutó años después, en las que entregó a los campesinos sin tierra parte importante del latifundio que estaba en mano de los oligarcas?


El siguiente pronunciamiento constituye la prueba más fehaciente de su astucia política, y de la cautela con que se manejó para evitar que los sectores de poder cayeran en el pánico, y se volcaran en su contra, igual que como lo hicieron con Juan Bosch en 1963. Veamos:


“Pero el Reformismo, Señores, como doctrina política y como filosofía de una comunidad pensante, carecería de significación si se limitara a formular, como es costumbre ya generalizada en nuestro medio, promesas baldías y planes de desarrollo que pequen por su excesivo grado de teorización. Las reformas llamadas a incorporarse a este cuerpo doctrinario tienen que ser, además de estructurales -condición sin la cual carecerían de valor transformativo-, viables y revolucionarias. El entusiasmo por la novedad y el cambio pueden inducirnos a promover reformas innecesarias que sustituyan las estructuras actuales por otras impracticables o excesivas. La demagogia política o el fervor por una justicia mal entendida puede llevarnos a su vez a fomentar reformas que entorpezcan nuestro desarrollo económico o que empeoren en vez de favorecer la situación de nuestras masas desposeídas”.


A diferencia de otros políticos de su época, Balaguer se caracterizó por tener sus ideas en orden y los pies sobre la tierra. Ese es uno de los atributos de su personalidad, ya que como dijo Dale Carnegie, “cuando un hombre no tiene sus ideas en orden, cuantas más tenga, mayor será su confusión.”


Balaguer estaba consciente de que el nivel de educación y formación política del pueblo dominicano hasta ese entonces era muy limitado. Se cuidó de no caer en el error en que incurrió Bosch, de ofrecerle al pueblo reformas que estaban muy por encima de su nivel de asimilación. Veamos:
“Por eso el verdadero Reformismo es el que no teme al cambio radical y profundo cuando es necesario y en la medida que es necesario, pero que permanece al propio tiempo en guardia contra los demagogos irresponsables y contra los falsos innovadores. Los cambios estructurales que el país necesita, tienen que ser también revolucionarios, en el sentido de que deben ser rápidos, además de integrales. Revolución, en este caso, es sinónimo de celeridad. Hay quienes sostienen que lo que debería acelerarse es el desarrollo económico general, para proceder luego al cambio de las estructuras que necesiten ser suprimidas o modificadas.”


Reitero una vez más, que en ninguna campaña electoral, ni antes ni después de 1966, candidato alguno, ni siquiera el propio Balaguer, llevó al electorado un discurso de tan amplio contenido social, político y económico.


A diferencia de los izquierdistas y revolucionarios entre comillas de la época, Balaguer era el único de los candidatos que tenía los pies sobre la tierra y que ofertaba el modelo de gobierno que la sociedad requería para salir del desastre. Con humildad, pero con firmeza de carácter, dijo: “No creemos en la posibilidad de que se puedan llevar a cabo grandes reformas que beneficien a nuestras masas, sin antes impulsar el desarrollo económico del país con la ampliación y la intensificación de sus fuentes productivas”.


“El dilema es, por tanto, sencillo: crear primero las condiciones necesarias para la promoción de nuestra economía, y emprender luego las reformas sociales indispensables para que la prosperidad se reparta equitativamente entre las clases pudientes y las clases desamparadas. Alterar ese orden, dando prioridad a las reformas sociales de gran alcance, equivale a perder el tiempo girando en torno a un círculo vicioso. Las leyes sociales son tan inflexibles como las leyes físicas: el día tiene que preceder a la noche como la siembra tiene que preceder a la cosecha”.


Analizar sin odio, sin rencores y sin apasionamientos el verdadero significado del paso de Joaquín Balaguer por la historia dominicana, es una tarea que compete a los estudiosos del porvenir. Pero desde ahora puedo avanzar, que todo aquel que profundice en el estudio de los procesos históricos en que Balaguer fue protagonista, se encontrará con la siguiente confusión: “Balaguer fue conservador y revolucionario al mismo tiempo”.

Sin profesar el socialismo, Balaguer hizo más por los desamparados, que la inmensa mayoría de los regímenes comunistas que ha tenido la historia.

martes, 11 de julio de 2006

El discurso de Balaguer en la campaña de 1966

La gente tenía una necesidad irrefrenable de creer en algo, y Balaguer ofreció un nuevo régimen político y un nuevo modelo socioeconómico.


(“Nadie es dueño del público, sino cuando es dueño de sí mismo, y nadie es dueño de sí mismo, sino cuando es dueño de su voz” Dale Carnegie).


Balaguer entendió la coyuntura política de 1966. Sin proponérselo se convirtió en el heraldo del optimismo y la determinación de una sociedad casi asfixiada por la inseguridad y el derrotismo.


Tenía las cualidades necesarias para satisfacer el apetito del pueblo. Sabía que la sociedad dominicana vivía un proceso de transformación, y por tanto, la gente tenía necesidad de creer en algo.


La única forma de convertirse en líder nacional y consolidar su liderazgo, era desarrollando los dotes, primero de profeta y luego de estadista. Debía profesar algo, y lo hizo. Sus palabras llenas de histrionismo llegaron al corazón del pueblo. Por eso se convirtió en el centro de la necesidad de cambio dentro del orden establecido, ofreciéndoles a los dominicanos una causa o una nueva convicción a la que adherir.


El escenario nacional requería de postulados políticos nuevos, así como de un pensamiento consagrado a recobrar las esperanzas en el porvenir. La gente tenía una necesidad irrefrenable de creer en algo, y Balaguer ofreció un nuevo régimen político y un nuevo modelo socioeconómico.


Balaguer, como argumentó Federico Henríquez Gratereaux, “construyó su propia visión de la historia nacional, la cual por supuesto no era del agrado de las minorías urbanas educadas”. Le ofertó al país una nueva causa, o más bien, una nueva convicción a la que adherir, que sirvió de muro de contención al avance de los grupos que pregonaban las ideologías comunistas.


En la campaña electoral de 1966, Balaguer logró que los dominicanos prestaran atención a su discurso, puesto que el mismo era una réplica de patriotismo, optimismo y esperanza de un porvenir mejor. Le favoreció la participación tímida de Juan Bosch en la contienda, quien en la campaña electoral de 1962 contribuyó a que amplios sectores populares se interesaran por el discurso de contenido político.


Nadie sigue a los incrédulos. Alcanza el galardón de líder sólo quien cree en algo. Para crear un culto es indispensable lograr la atención. En la estructura de su discurso, Balaguer incluyó dos elementos. Por un lado, ofreció algo grandioso y renovador -revolución sin sangre-, y por otro lado, hizo gala de una vaguedad absoluta, utilizando palabras de gran resonancia, pero de significado indefinido, palabras llenas de ardor y entusiasmo.


Eran palabras que conducían a la interpretación, a la reflexión, cada oyente o lector le buscaba su propio significado. Esa combinación, dice Robert Greene, habrá de generar todo tipo de sueños vagos e indefinidos entre los integrantes de su público, que harán sus propias conexiones y verán lo que deseen ver. Por la misma razón procure que el objeto de su culto sea algo novedoso y reciente, a fin de que muy pocos lo entiendan. Si se la maneja con habilidad, la combinación de promesas vagas, conceptos brumosos pero seductores y un ardiente entusiasmo condicionará el ánimo de la gente y convocará un grupo en torno a usted.


El discurso de Balaguer se fundamentó básicamente en la doctrina política sustentada por el General Juan Domingo Perón en la Argentina, bautizada con el nombre de justicialismo. Tenía a su favor el hecho de haber estudiado y conocido pormenorizadamente los regímenes políticos del continente que habían logrado grandes reformas sociales, políticas y económicas apoyándose en el poder de las masas. Las buenas relaciones que mantenía con el propulsor del justicialismo como doctrina política intermedia entre el marxismo y el capitalismo, fueron factores influyentes en la declaración de principios del Partido Acción Social que posteriormente recibió el nombre de Partido Reformista, el 1ro. de agosto de 1964.


Para comprobar la importancia dada por Balaguer a la doctrina peronista, basta con leer la carta que le envió el líder argentino, el 6 de agosto de 1962, desde su exilio en Madrid, donde se podrá apreciar la relación existente entre el justicialismo de Perón y la declaración de principios de los partidos: Acción Social y Reformista.


En la campaña electoral de 1966, Balaguer estaba sólo en el play, era pitcher y bateador al mismo tiempo. Cuatro años después de su salida al exilio, el pueblo se dio cuenta de que sólo él tenía las condiciones para lograr la transición política. Quienes en el ayer lo acusaron de haber entregado al pueblo los bienes de la familia Trujillo y de haber repartido entre los pobres miles de guaguas, carros, motores y triciclos, cuando asumieron el gobierno, aunque durante días o meses, no repartieron nada a los necesitados, pero sí, fomentaron el contrabando y la corrupción en beneficio de pequeños grupos de poder y en detrimento de la inmensa mayoría.


Joaquín Balaguer era portavoz de un mensaje sano, libre de fanatismos y pasiones sectarias. Ganó las elecciones combinando su filosofía de justicia social con un profundo y duradero patriotismo y un optimismo contagioso sobre el futuro. Eso contribuyó a que pudiera estructurar un partido integrado en su mayoría por hombres y mujeres que lo veneraban. La veneración a su persona era mayor entre los jóvenes funcionarios del gobierno.


Por eso, consciente de que su persona se estaba convirtiendo en un paradigma, optó por auspiciar un Movimiento Nacional de la Juventud, para que en las elecciones de 1970 sirviera de muro de contención a las pretensiones de importantes dirigentes de la organización que no entendían, ni la coyuntura por la que atravesaba la sociedad, ni la dimensión del liderazgo de Balaguer, y abrigaron la tesis de la alternabilidad en el poder.


El hecho de que el Partido Acción Social pasara a llamarse Partido Reformista no fue una casualidad. Ese cambio fue un reflejo del tipo de gobierno que Balaguer pensaba poner en práctica en caso de ser favorecido en el respaldo mayoritario del electorado.


El candidato del Partido Reformista tenía una concepción peculiar de lo que era el reformismo. En sus elocuentes discursos demostraba que creía plenamente en la filosofía política que profesaba, hecho que le ayudó a penetrar en el subconsciente de un electorado que soñaba con encontrar un guía y orientador.


En ningún momento se apoyó en la demagogia para conseguir el respaldo de la población. Dice Quevedo que “nadie ofrece tanto como el que nada piensa cumplir.” En realidad, no necesitaba el recurso de la demagogia, puesto que en los meses que estuvo en el poder después de la muerte de Trujillo dio muestras de poseer vocación de servicios en defensa de los sectores más humildes. Su trabajo ya estaba hecho.


Mientras otros ofertaban violencia, él pedía que se les diera la oportunidad de buscarle solución a los problemas nacionales dentro de un clima de paz, armonía y tranquilidad.


La acusación de trujillista en ese momento no le causó ningún efecto negativo, ya que representantes de los diversos sectores de la nación, después de su salida al exilio, habían estado en el poder, y fracasaron en sus planes de armonizar a la sociedad y contribuir al progreso de la República.


Criticó las barbaridades cometidas en la Era de Trujillo y defendió los aspectos positivos del régimen en que se sentaron las bases para el desarrollo del capitalismo dominicano. Sólo Balaguer podía hacer esa diferenciación, puesto que a pesar de haber servido por 31 años a Trujillo, estaba limpio. Como señala el sociólogo Danilo P. Clime, “Balaguer fue el único en comprender que el trujillismo era un fenómeno real, tangible no una mera abstracción sociológico-política.”


En el discurso balaguerista de la campaña electoral de 1966, sobresalen dos aspectos fundamentales: a) la exposición del alcance de las reformas que se proponía realizar -la esencia del reformismo-; y b) la justificación de que esas reformas serían realizadas en un clima de paz y tranquilidad -la revolución sin sangre-.



Su discurso pretendía recobrar la fe de los dominicanos en el destino de la República, y como dijo Benjamín Disraeli: “El mundo no ha sido conquistado nunca por la intriga, sino por la fe”. Con su verbo, logró construir una especie de magia social, consiguiendo con el lenguaje lo que, sin él, no podría conseguir.


Sabía que en esa coyuntura política, caracterizada por la precaria orientación de la población, pronunciar una palabra era como tocar una tecla en el piano de la imaginación. Administró de forma magistral las expectativas, las esperanzas, los deseos y la necesidad de un guía que tenía el pueblo dominicano.


Sin manejar ningún tipo de encuestas o sondeos, actuó como si en todo momento tuviera en sus manos el perfil del electorado. Era sabedor como señala Ernest Cassirer, de que “cuando la gente siente un deseo intenso, puede ser persuadida fácilmente de que sólo necesita al hombre indicado para satisfacerlo”.


En esa histórica contienda electoral, Balaguer expuso muchas ideas y puntualizó en las fórmulas que a su modo de ver más les convenían al futuro de la nación. No se proclamó aferrado a ninguna idea en particular, puesto que rehuyó al dogmatismo. “Tener ideas -dijo Georges Duhamel- es la manera de no saber nada. Las ideas son peso muerto, equipajes molestos que nos impiden avanzar a prisa. Un hombre con tendencias abiertas se ríe de las ideas. Le basta con saber contemplar y ponderar las cosas. Las ideas atracan el cerebro y privan de pensar”.

Los contendientes de Balaguer en esa campaña electoral, en sus mayorías forjadores de ideas revolucionarias, aspiraban a tomar el poder para implementar un régimen similar al de Fidel Castro en Cuba, y fueron víctimas de esa realidad enfocada por Georges Duhamel. Perdieron el cerebro, la vista, la cabeza y la creatividad. Cometieron el grave error de pretender importar revoluciones e interpretar la realidad dominicana en función de postulados de forjadores del socialismo, que si bien eran tesis importantes para la filosofía política, en el fondo eran ajenas a la realidad sociocultural, política y económica dominicana.

martes, 4 de julio de 2006

Balaguer: Un político honesto

Balaguer fue un servidor público honesto, pero a la vez supo crear fama de su seriedad.


(“Yo soy yo y mi circunstancia; y si no la salvo a ella,no me salvo yo” José Ortega y Gasset.)


Siempre que se tratara de defender su reputación y su honestidad personal, Balaguer era enérgico y exigente.


En la campaña electoral de 1994, el candidato del Acuerdo de Santo Domingo, José Francisco Peña Gómez quiso cuestionar la moral de Balaguer y su familia, y su reacción fue espontánea y fuera de su estilo, pero en el lenguaje que utilizaría cualquier dominicano común.


Como se estaba en el cierre de la campaña, y era necesario impactar en el electorado, cuando los periodistas le cuestionaron en torno a las acusaciones de Peña Gómez, Balaguer dijo: “Se hizo pupú fuera del cajón”.


Los perredeistas montaron un spot publicitario repitiendo esta frase y queriendo insinuar en el subconsciente del elector que Balaguer estaba fuera de control, y el resultado fue que la frase se popularizó aún más a lo largo y lo ancho del territorio nacional, e incidió en el crecimiento de la popularidad del caudillo reformista.


Cuando partió al exilio en 1961, sus juicios fueron precisos: “Si en algún momento se deseare investigar imparcialmente cualquiera de mis actos, tanto los que realicé como funcionario civil o como de los que autoricé como comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, estaré presto a comparecer ante el tribunal correspondiente”.


Esa es una reacción poco común en los políticos latinoamericanos. Balaguer era un hombre dispuesto a defender su prestigio y su moral.


Balaguer fue un servidor público honesto, pero a la vez supo crear fama de su seriedad. Desafió a Trujillo cuando pretendió cuestionar su honestidad, y en 1961 retó a las nuevas autoridades a que investigaran actuaciones ilícitas, reiterándole su disposición de recurrir a donde fuere necesario con tal de mantener limpia su hoja de servicios públicos.


El heredero político de Trujillo sabía, como escribió Baltasar Gracián, que “lo que tiene de inconstante la fortuna lo tiene de firme la fama. La primera ayuda a vivir, la segunda a pasar a la posteridad; la fortuna protege contra la envidia, la fama contra el olvido. La fortuna es deseable y uno mismo se ayuda a procurársela una que otra vez. La fama hay que esforzarse por conseguirla. El deseo de renombre nace de la fortaleza y el valor. La fama fue y es hermana de gigantes. Se mueve siempre por los extremos: o monstruo, o prodigio; abominación o aclamación estruendosa.”


Por lo regular, cuando un gobernante es destituido y enviado al exilio, en sus últimas horas de mandato se apodera de la mayor cantidad posible de recursos económicos que les garanticen una vida en un ambiente suntuoso en el exterior.


En el caso de Balaguer, fue todo lo contrario. Cuando partió al exilio llevaba consigo dos mil dólares que les fueron buscados por unos amigos apresuradamente.
A su arribo a San Juan, Puerto Rico, se hospedó en un modesto alojamiento, Hotel Columbus, ubicado en el sector de Miramar, donde una habitación costaba ocho dólares por día. Más tarde se trasladó a Nueva York, donde se alojó en un hotel de igual categoría.


Estando alojado en el modesto hotel en Nueva York, solía llevar sus ropas a la lavandería, comportándose como un huésped común y corriente.


A pesar de la baja tarifa que pagaba en el hotel, sus finanzas no les permitían continuar alojado en ese lugar. Es por eso, que decidió alquilar un pequeño apartamento.


Ese hombre que días atrás era el Primer Ejecutivo de la Nación, ahora no disponía ni siquiera de un automóvil, y para desplazarse utilizaba el tren subterráneo.


Fueron esos los detalles que convirtieron a Balaguer en un líder y en un ser humano de cualidades excepcionales. Y es que como señaló Nicolás Maquiavelo “los hombres grandes son siempre los mismos, en toda situación en que les coloque la fortuna, y si ella cambia, y unas veces los exalta y otras los hunde, ellos no varían, sino que siempre mantienen un ánimo firme, y tan acorde con su modo de vida que cualquiera puede percibir fácilmente que la fortuna no tiene poder sobre ellos.”


Por eso, el 16 de agosto de 1978, cuando traspasó el mando a Don Antonio Guzmán Fernández, al llegar a su residencia de la Máximo Gómez 25, se encontró con un escenario familiar de llanto y desolación, y de una forma natural les pidió a su entrañable amigo, Don Guaroa Liranzo, que les dijera a quienes lloraban: “Que él no había muerto. Que sencillamente el poder se había ido de ese hogar”


Pocos meses después de iniciado su exilio, su madre Doña Carmen Vda. Balaguer fue afectada por una grave enfermedad. Balaguer, conmovido por el dolor que les causó la noticia, solicitó un permiso al Gobierno del Triunvirato para entrar al país y unirse a su madre en ese momento de dolor, pero el permiso les fue rechazado.

Como escribió Giovanni Papini: “Toda la vida del hombre está hecha de sueños, de ideales, de proyectos y de esperas; todo su presente está hecho de pensamientos en torno al futuro. Todo aquello que en el presente le parece oscuro, mezquino, inferior, insuficiente, y nos consolamos pensando que este presente no es más que un largo y enojoso prefacio de la bella novela del porvenir. Todos los hombres pagan su grandeza con muchas pequeñeces, su victoria con muchas derrotas, su riqueza con múltiples quiebras”.