Hoy día importa más la apariencia que la realidad. Las cosas -señala Baltasar Gracián- comúnmente no pasan por lo que son, sino por lo que parecen.
La opinión pública se encuentra en perpetuo movimiento. Aunque en un nivel profundo pueda fundarse sobre convicciones fuertemente arraigadas, los estratos medios de coincidencia que determinan la formación de la opinión son esencialmente cambiantes como lo es la misma realidad política.
En la interacción entre pueblo y príncipe, entre gobernantes y gobernados, que supone el mantenimiento de un equilibrio absolutamente necesario para la estabilidad del poder, las imágenes que se proyectan consciente o inconscientemente influyen y conforman la opinión en una importante medida.
La construcción de imagen se convierte en un verdadero instrumento, y en las sociedades políticas modernas los gobernantes tienen auténtico temor a la imagen no controlada. Así pues, el impacto político de la imagen interviene de forma directa en la creación de la opinión pública.
Existe una relación directa entre imagen y opinión pública. La imagen no es más que la representación que tiene la opinión pública acerca del objeto, persona o acción de que se trate. O sea que la imagen es recibida y asimilada por la opinión. En política se planifica para que esa imagen que se presente o se transmite a la opinión pública sea positiva.
Hoy día importa más la apariencia que la realidad. Las cosas -señala Baltasar Gracián- comúnmente no pasan por lo que son, sino por lo que parecen. La apreciación más certera en torno a la importancia de la apariencia fue externada por Maquiavelo cuando señaló que, “los hombres en general juzgan más por los ojos que por las manos, ya que a todos es dado ver, pero palpar a pocos: cada uno ve lo que pareces, pero pocos palpan lo que eres y estos pocos no se atreven a enfrentarse a la opinión de muchos”.
En el folklore político en que estamos inmersos, donde la manipulación y el engaño se convierten en la regla de juego para alcanzar el poder, existe un costo que es asumido por el sistema democrático.
Ese costo se traduce en la pérdida de fe y confianza en las instituciones en la medida en que el pueblo se siente engañado, debido a que una vez los políticos alcanzan el poder se ven imposibilitados en materializar las promesas planteadas, y la revolución de las expectativas creadas en las mentes de los electores durante la campaña se convierte en frustración.
Ese estilo de hacer política incluye la imagen. La creación de la imagen que resulte conveniente de cara a la opinión pública, en un momento dado, forma parte del comportamiento político que necesariamente se debe observar y se desliga de esta forma de la moral convencional que observan los individuos particulares.
En política no existen cánones abstractos, sino una continua adaptación de los comportamientos a las exigencias de la materia política y por ello es necesario ofrecer en cada momento la imagen más conveniente. La sabiduría política consiste en saber los destinos de un pueblo y en favorecer su vocación. La moral no se opone a la política, pero le es inherente, y la mejor moral es la que sostiene esta política.
La opinión pública se encuentra en perpetuo movimiento. Aunque en un nivel profundo pueda fundarse sobre convicciones fuertemente arraigadas, los estratos medios de coincidencia que determinan la formación de la opinión son esencialmente cambiantes como lo es la misma realidad política.
En la interacción entre pueblo y príncipe, entre gobernantes y gobernados, que supone el mantenimiento de un equilibrio absolutamente necesario para la estabilidad del poder, las imágenes que se proyectan consciente o inconscientemente influyen y conforman la opinión en una importante medida.
La construcción de imagen se convierte en un verdadero instrumento, y en las sociedades políticas modernas los gobernantes tienen auténtico temor a la imagen no controlada. Así pues, el impacto político de la imagen interviene de forma directa en la creación de la opinión pública.
Existe una relación directa entre imagen y opinión pública. La imagen no es más que la representación que tiene la opinión pública acerca del objeto, persona o acción de que se trate. O sea que la imagen es recibida y asimilada por la opinión. En política se planifica para que esa imagen que se presente o se transmite a la opinión pública sea positiva.
Hoy día importa más la apariencia que la realidad. Las cosas -señala Baltasar Gracián- comúnmente no pasan por lo que son, sino por lo que parecen. La apreciación más certera en torno a la importancia de la apariencia fue externada por Maquiavelo cuando señaló que, “los hombres en general juzgan más por los ojos que por las manos, ya que a todos es dado ver, pero palpar a pocos: cada uno ve lo que pareces, pero pocos palpan lo que eres y estos pocos no se atreven a enfrentarse a la opinión de muchos”.
En el folklore político en que estamos inmersos, donde la manipulación y el engaño se convierten en la regla de juego para alcanzar el poder, existe un costo que es asumido por el sistema democrático.
Ese costo se traduce en la pérdida de fe y confianza en las instituciones en la medida en que el pueblo se siente engañado, debido a que una vez los políticos alcanzan el poder se ven imposibilitados en materializar las promesas planteadas, y la revolución de las expectativas creadas en las mentes de los electores durante la campaña se convierte en frustración.
Ese estilo de hacer política incluye la imagen. La creación de la imagen que resulte conveniente de cara a la opinión pública, en un momento dado, forma parte del comportamiento político que necesariamente se debe observar y se desliga de esta forma de la moral convencional que observan los individuos particulares.
En política no existen cánones abstractos, sino una continua adaptación de los comportamientos a las exigencias de la materia política y por ello es necesario ofrecer en cada momento la imagen más conveniente. La sabiduría política consiste en saber los destinos de un pueblo y en favorecer su vocación. La moral no se opone a la política, pero le es inherente, y la mejor moral es la que sostiene esta política.

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