Todavía es una tarea pendiente la realización de estudios profundos, con carácter crítico y analítico, sobre los tres principales personajes de la historia de la democracia dominicana: Balaguer, Bosch y Peña Gómez.
(“El hombre no es hijo de las circunstancias. Las circunstancias son hijas de los hombres”. Benjamín Disraeli.)
Invito a la intelectualidad del país, a que demos una mirada retrospectiva al pasado político, y obtengamos los conocimientos necesarios para entender, evaluar y valorar de una forma justa, el rol desempeñado por los líderes forjadores del sistema democrático dominicano.
Me he puesto como tarea, estudiar la vida y obra de los personajes que han hecho los mayores aportes al desarrollo de la sociedad dominicana. Y en esas indagatorias me he dado cuenta que la historia escrita de nuestros principales acontecimientos debe ser revisada.
Todavía es una tarea pendiente la realización de estudios profundos, con carácter crítico y analítico, sobre los tres principales personajes de la historia de la democracia dominicana: Balaguer, Bosch y Peña Gómez.
Juan Bosch y Peña Gómez han sido estudiados en una dimensión más profunda que el doctor Joaquín Balaguer. De Balaguer se dicen muchas cosas buenas y muchas cosas malas, pero desgraciadamente desde su partido no se ha mostrado ningún interés en contribuir en que al líder reformista se le conozca en una dimensión distinta a la imagen despiadada y desconsiderada que con éxitos están forjando sus adversarios.
La carrera política de Balaguer, como la de todo político, estuvo preñada de aciertos y fracasos. Una de las épocas más difíciles para Balaguer, fue el exilio político. Una parte considerable de los grandes líderes de la historia moderna y contemporánea vivieron situaciones similares. Hombres del fuste de Abraham Lincoln, Winston Churchill y Charles de Gaulle, enfrentaron inicialmente el fracaso y la derrota, pero se mantuvieron fieles a sus principios y más tarde alcanzaron la cima del poder.
A hombres de esa estirpe, el exilio en vez de afectarles, mejor les ayudó al incremento de su acervo político. La soledad contribuyó a que se incrementaran sus habilidades de reflexión y meditación.
Con Joaquín Balaguer se produjo un comportamiento similar. Desde su exilio político en los Estados Unidos de Norteamérica, acertó en sus vaticinios con increíble perspicacia, sobre el devenir de la sociedad dominicana.
A pesar de haber pasado varios años en tierra extranjera, un tiempo en el desempeño del servicio diplomático y consular, y otro en calidad de exiliado político, Balaguer era el personaje que mejor conocía a la sociedad dominicana, la forma de vida de sus habitantes, su estilo de pensar, su espíritu cristiano, en fin, conocía profundamente la idiosincrasia y los valores que les servían de sostén a la nación. Factores cuyo conocimiento es de vital importancia para llegar al poder y conducir con aciertos las riendas de una sociedad.
El otrora cortesano de la Era de Trujillo, sabía muy bien, que en ese entonces, con una buena dirección el país podía cambiar de curso, puesto que la sociedad estaba doblada, pero no quebrada, y los dominicanos tenían la fortaleza de espíritu que necesitaban para recobrarse. De hecho, lo que faltaba era una dirección, que de haber existido en 1963, no se hubiera producido la insurrección de abril de 1965.
La agudeza política con que se manejó Balaguer en los diversos estadios de la historia en que actuó, fue de tal magnitud que Manuel A. García Arévalo, lo catalogó como posiblemente el único intelectual de su generación que exhibió siempre una coherencia sin fisuras, es decir sin cambios significativos que alterasen sus concepciones primigenias sobre el país ni los temas literarios, políticos y sociales que abordó desde su juventud.
Aduce este prestigioso intelectual, que si hay un rasgo que caracteriza al Balaguer-escritor es su uniformidad a través del tiempo, como si hubiera tenido, desde los mismos inicios de su trayectoria literaria, un claro perfil ideológico y conceptual que supo ir adecuando a las circunstancias y vaivenes de la nación, pero que se mantenía inalterable pese a las mutaciones del tiempo.
Siete días antes del derrocamiento de Bosch, en un artículo publicado en El Caribe, titulado Dios y Patria, Balaguer hizo una radiografía de la crisis que sacudía a la sociedad dominicana, debido a los efectos del régimen populista instaurado por el PRD, apoyado en una Constitución de corte revolucionaria que atentaba directamente contra las estructuras sustantivas de la sociedad dominicana.
Balaguer sabía que se despejaba el camino para su retorno al poder, puesto que un hombre del temperamento de Bosch, quien había pasado los últimos veinticinco años de la tiranía en el exilio, no sabría conciliar los intereses en conflicto. Si actuaba de forma pasiva engendraría el desorden y la confusión; el excesivo rigor, en cambio, produciría perturbaciones funestas para el régimen.
A juicio del expresidente de Venezuela, don Rafael Caldera, “Bosch no quiso entenderse con la realidad. Siguió siendo una figura respetable e influyente pero definitivamente se llegó a la conclusión de que no estaba hecho para el gobierno que requería el país”.
Con sus reflexiones desde el exilio, Balaguer continuó siendo el principal orientador del pueblo dominicano. Sabía que, -tal y como señaló Mariano José de Larra-, “el corazón del hombre necesita creer en algo, y cree en las mentiras cuando no encuentra verdades en las que creer”. Con su pluma, Balaguer demostró que era el dominicano mejor conocedor de la crisis que sacudía a la República.
Cuarenta y cinco días después de la caída del Gobierno de Bosch, en un artículo publicado en el periódico El Caribe, titulado La voz de las urnas, Balaguer hizo una radiografía de la crisis nacional, enfocada con una objetividad tal como si fuera espectador de los hechos. En ese análisis dejó claramente establecido que él era el único de los políticos dominicanos que estaba en capacidad para tomar las riendas de la nación y encauzar el país por el sendero del orden y el progreso.
En ese artículo antológico, Balaguer dijo: “Existe una realidad que no puede desconocerse ni subestimarse sin graves riesgos para el futuro inmediato de la República Dominicana: la de que nadie puede gobernar actualmente el país si no ejerce una autoridad libremente emanada de la voluntad popular.”
Con sus actuaciones a posteriori de la muerte de Trujillo, Balaguer no sólo sirvió a los más necesitados, sino también, despertó esperanzas e ilusiones en la inmensa mayoría de la población de que era posible construir una sociedad más próspera y justa sin recurrir a la violencia.
Balaguer supo convertirse en indispensable, y sabía que pronto los sectores de poder de la nación iban a recurrir a él para pedirle que volviera a hacerse cargo de las riendas del Estado. Dijo Baltasar Gracián que “no fabrica dioses quien talla imágenes, sino quien las adora. El hombre inteligente prefiere gente que lo necesite a gente que le dé las gracias.”
Balaguer no vaciló en anunciar por adelantado el fracaso de los futuros gobiernos de facto y en enfocar la necesidad de realizar elecciones libres. Dijo: “Para contener la ola de desórdenes que cubre de un extremo a otro la nación, para oponer un valladar suficientemente sólido al instinto levantisco de las masas que se halla actualmente desbocado, para encauzar el país por la vía de la normalidad y del progreso y para dar solución adecuada al problema de nuestra rehabilitación económica, se requiere una mano no sólo firme, no sólo ilustrada, no sólo honesta, no sólo ecuánime y no sólo movida por un amplio espíritu de abnegación y de sacrificio, sino también investida de la autoridad moral que emana del poder cuando el poder tiene el sello de la legalidad que es lo único que lo dignifica y lo único que lo fortalece.”
Continuó diciendo: “El poder es necesariamente débil y digno de repulsa cuando se trata de un poder usurpado. La fuerza bruta aniquila pero no convence; se acata pero no se respeta. Por más grande que sea la capacidad de los representantes de la oligarquía en el Triunvirato, su ejercicio inconstitucional, si se prolonga más allá de lo necesario, hará en lo sucesivo imposible todo esfuerzo fructífero para la pacificación moral del país y para su reincorporación a la convivencia civilizada”.
Sus escritos eran una reflexión objetiva sobre el futuro de la nación. Como argumenta Dick Morris, “el liderazgo es una tensión dinámica entre dónde piensa un político que debe ir su país y dónde quieren ir sus votantes.” Balaguer utilizó las páginas del prestigioso matutino El Caribe para hacer propaganda política, manteniendo su línea de orientación a sus seguidores que cada momento aumentaban, y a los sectores de poder que empezaban a preocuparse ante la creciente amenaza de que el país cayera en un estado de ingobernabilidad que pusiera en juego sus intereses.
Balaguer tenía fe en el futuro de la República Dominicana, y por lo tanto, se estaba ofertando para venir a poner en orden la casa. Pero lo más interesante es que el discurso de Balaguer no se reduce a una simple retórica demagógica por conseguir votos. El veterano político buscaba adeptos utilizando el recurso del convencimiento, y no el de la persuasión pura y simple a que se limita la propaganda política de los momentos actuales.
Balaguer era el hombre de Estado que el país requería, pero al mismo tiempo, era el intelectual con la acertada visión de futuro. Esta última cualidad le permitió con gran facilidad meterse a los contrincantes en un bolsillo.
Balaguer estaba consciente de que los sectores oligárquicos no podían aportar el político que requería el momento para enfrentar con éxitos la crisis que padecía la sociedad dominicana. El siguiente párrafo de uno de los artículos escritos mientras estaba en el exilio, es una prueba reveladora de su visión política.
“Es lógico que si el país se pronunció en diciembre contra la minoría oligárquica que hoy detenta el poder, con mayor razón se pronunciará contra ella cuando esa minoría se presente de nuevo ante las urnas con estas dos credenciales, la de su prestigio reducido a cero por la propia mecánica del poder que desgasta a sus detentores, y la de la desventaja moral en que la coloca el hecho de haber desconocido y pisoteado la voluntad de las mayorías nacionales. El país, por otra parte, no puede resistir, sin grave daño para su economía, la tremenda agitación a que sería sometido por tres elecciones sucesivas”.
El exilio fue favorable para la carrera política de Balaguer, debido a que en parte contribuyó a se incrementara su amor por la patria. Y como escribió Giovanni Mosca: “A la patria se le ama siempre más desde lejos”.
José Ortega y Gasset dijo que “para contemplar son precisas frialdad y distancia entre nosotros y el objeto. El que quiera contemplar un torrente lo primero que debe hacer es no ser arrastrado por él.”
La salida de Balaguer al exilio fue un acontecimiento beneficioso para su carrera política, debido a que el genio creador necesita temporalmente ese aislamiento forzado para medir desde la profundidad de la desesperación, desde la lejanía del destierro, el horizonte y la altura de su verdadera misión.
Es que como señaló Stefan Zweig, “en el terreno bajo y más firme de la política, una ausencia temporal da al hombre de Estado nueva lozanía en la mirada y mayor intensidad para pensar y calcular el juego de las fuerzas políticas. Nada más propicio para una carrera que su interrupción temporal, pues el que ve en el mundo siempre desde arriba, desde la nube imperial, desde la altura de la torre de marfil del poder, no conoce otra cosa que la sonrisa de los subordinados y su peligrosa complacencia; el que siempre sostiene en las manos la medida, olvida su verdadero valor”.
Continúa diciendo el biógrafo de Fouché, que nada debilita tanto al artista, al general, al hombre de poder como el éxito permanente a voluntad y deseo. En el fracaso es donde conoce el artista, su verdadera relación con la obra; en la derrota, el general, sus faltas, y en la pérdida del pavor, el hombre de Estado, la verdadera perspectiva política. La riqueza permanente debilita. El aplauso constante hace insensible; únicamente la interrupción procura al vario ritmo de la vida nueva tensión y elasticidad creadora.”
“Únicamente la desgracia da mirada profunda y extensa para la realidad del mundo. Enseñanza dura, pero enseñanza y aprendizaje es todo destierro: al débil le amasa de nuevo la voluntad, al indeciso le hace enérgico, al duro, más duro aún. Nunca es el destierro para el verdadero fuerte una mengua: es siempre un tónico de su fuerza”.
El exilio le proporcionó a Balaguer la imagen que necesitaba para hacerse más fuerte. Se convirtió en el hombre necesario para dirigir los destinos de la nación.
Balaguer aceptó el exilio sin reproches y sin lamentaciones. Nunca demostró tener prisa. Se mostró siempre paciente. Conocía a plenitud las dimensiones de la crisis del momento, y tenía identificada las tendencias y los acontecimientos que les llevarían al poder. Pensó como Chardonne: “Todo cuanto la vida ofrece es bueno. Quiero aceptarlo siempre. No me toca a mi escoger”.
Los acontecimientos se produjeron y no entró en el mundo de las elucubraciones como acostumbran los intelectuales, para determinar porqué se produjeron. Mientras Juan Bosch, después del golpe de Estado, se dedicó a producir el libro: Crisis de la Democracia de América en la República Dominicana, donde explicó los motivos del golpe de Estado, Balaguer por el contrario, se dedicó a escribir artículos para ilustrar a la población en torno al camino a transitar para lograr que la sociedad se adentrara por el sendero del orden y el desarrollo social y económico.
Después del golpe de Estado, Bosch reaccionó como un intelectual. Balaguer tras el envío al exilio, reaccionó como el político que estaba al acecho de la oportunidad más inmediata para volver al poder. Ciertamente, como dijo Francoise Sagan: “Sólo cerrando las puertas detrás de uno se abren ventanas hacia el porvenir”.
(“El hombre no es hijo de las circunstancias. Las circunstancias son hijas de los hombres”. Benjamín Disraeli.)
Invito a la intelectualidad del país, a que demos una mirada retrospectiva al pasado político, y obtengamos los conocimientos necesarios para entender, evaluar y valorar de una forma justa, el rol desempeñado por los líderes forjadores del sistema democrático dominicano.
Me he puesto como tarea, estudiar la vida y obra de los personajes que han hecho los mayores aportes al desarrollo de la sociedad dominicana. Y en esas indagatorias me he dado cuenta que la historia escrita de nuestros principales acontecimientos debe ser revisada.
Todavía es una tarea pendiente la realización de estudios profundos, con carácter crítico y analítico, sobre los tres principales personajes de la historia de la democracia dominicana: Balaguer, Bosch y Peña Gómez.
Juan Bosch y Peña Gómez han sido estudiados en una dimensión más profunda que el doctor Joaquín Balaguer. De Balaguer se dicen muchas cosas buenas y muchas cosas malas, pero desgraciadamente desde su partido no se ha mostrado ningún interés en contribuir en que al líder reformista se le conozca en una dimensión distinta a la imagen despiadada y desconsiderada que con éxitos están forjando sus adversarios.
La carrera política de Balaguer, como la de todo político, estuvo preñada de aciertos y fracasos. Una de las épocas más difíciles para Balaguer, fue el exilio político. Una parte considerable de los grandes líderes de la historia moderna y contemporánea vivieron situaciones similares. Hombres del fuste de Abraham Lincoln, Winston Churchill y Charles de Gaulle, enfrentaron inicialmente el fracaso y la derrota, pero se mantuvieron fieles a sus principios y más tarde alcanzaron la cima del poder.
A hombres de esa estirpe, el exilio en vez de afectarles, mejor les ayudó al incremento de su acervo político. La soledad contribuyó a que se incrementaran sus habilidades de reflexión y meditación.
Con Joaquín Balaguer se produjo un comportamiento similar. Desde su exilio político en los Estados Unidos de Norteamérica, acertó en sus vaticinios con increíble perspicacia, sobre el devenir de la sociedad dominicana.
A pesar de haber pasado varios años en tierra extranjera, un tiempo en el desempeño del servicio diplomático y consular, y otro en calidad de exiliado político, Balaguer era el personaje que mejor conocía a la sociedad dominicana, la forma de vida de sus habitantes, su estilo de pensar, su espíritu cristiano, en fin, conocía profundamente la idiosincrasia y los valores que les servían de sostén a la nación. Factores cuyo conocimiento es de vital importancia para llegar al poder y conducir con aciertos las riendas de una sociedad.
El otrora cortesano de la Era de Trujillo, sabía muy bien, que en ese entonces, con una buena dirección el país podía cambiar de curso, puesto que la sociedad estaba doblada, pero no quebrada, y los dominicanos tenían la fortaleza de espíritu que necesitaban para recobrarse. De hecho, lo que faltaba era una dirección, que de haber existido en 1963, no se hubiera producido la insurrección de abril de 1965.
La agudeza política con que se manejó Balaguer en los diversos estadios de la historia en que actuó, fue de tal magnitud que Manuel A. García Arévalo, lo catalogó como posiblemente el único intelectual de su generación que exhibió siempre una coherencia sin fisuras, es decir sin cambios significativos que alterasen sus concepciones primigenias sobre el país ni los temas literarios, políticos y sociales que abordó desde su juventud.
Aduce este prestigioso intelectual, que si hay un rasgo que caracteriza al Balaguer-escritor es su uniformidad a través del tiempo, como si hubiera tenido, desde los mismos inicios de su trayectoria literaria, un claro perfil ideológico y conceptual que supo ir adecuando a las circunstancias y vaivenes de la nación, pero que se mantenía inalterable pese a las mutaciones del tiempo.
Siete días antes del derrocamiento de Bosch, en un artículo publicado en El Caribe, titulado Dios y Patria, Balaguer hizo una radiografía de la crisis que sacudía a la sociedad dominicana, debido a los efectos del régimen populista instaurado por el PRD, apoyado en una Constitución de corte revolucionaria que atentaba directamente contra las estructuras sustantivas de la sociedad dominicana.
Balaguer sabía que se despejaba el camino para su retorno al poder, puesto que un hombre del temperamento de Bosch, quien había pasado los últimos veinticinco años de la tiranía en el exilio, no sabría conciliar los intereses en conflicto. Si actuaba de forma pasiva engendraría el desorden y la confusión; el excesivo rigor, en cambio, produciría perturbaciones funestas para el régimen.
A juicio del expresidente de Venezuela, don Rafael Caldera, “Bosch no quiso entenderse con la realidad. Siguió siendo una figura respetable e influyente pero definitivamente se llegó a la conclusión de que no estaba hecho para el gobierno que requería el país”.
Con sus reflexiones desde el exilio, Balaguer continuó siendo el principal orientador del pueblo dominicano. Sabía que, -tal y como señaló Mariano José de Larra-, “el corazón del hombre necesita creer en algo, y cree en las mentiras cuando no encuentra verdades en las que creer”. Con su pluma, Balaguer demostró que era el dominicano mejor conocedor de la crisis que sacudía a la República.
Cuarenta y cinco días después de la caída del Gobierno de Bosch, en un artículo publicado en el periódico El Caribe, titulado La voz de las urnas, Balaguer hizo una radiografía de la crisis nacional, enfocada con una objetividad tal como si fuera espectador de los hechos. En ese análisis dejó claramente establecido que él era el único de los políticos dominicanos que estaba en capacidad para tomar las riendas de la nación y encauzar el país por el sendero del orden y el progreso.
En ese artículo antológico, Balaguer dijo: “Existe una realidad que no puede desconocerse ni subestimarse sin graves riesgos para el futuro inmediato de la República Dominicana: la de que nadie puede gobernar actualmente el país si no ejerce una autoridad libremente emanada de la voluntad popular.”
Con sus actuaciones a posteriori de la muerte de Trujillo, Balaguer no sólo sirvió a los más necesitados, sino también, despertó esperanzas e ilusiones en la inmensa mayoría de la población de que era posible construir una sociedad más próspera y justa sin recurrir a la violencia.
Balaguer supo convertirse en indispensable, y sabía que pronto los sectores de poder de la nación iban a recurrir a él para pedirle que volviera a hacerse cargo de las riendas del Estado. Dijo Baltasar Gracián que “no fabrica dioses quien talla imágenes, sino quien las adora. El hombre inteligente prefiere gente que lo necesite a gente que le dé las gracias.”
Balaguer no vaciló en anunciar por adelantado el fracaso de los futuros gobiernos de facto y en enfocar la necesidad de realizar elecciones libres. Dijo: “Para contener la ola de desórdenes que cubre de un extremo a otro la nación, para oponer un valladar suficientemente sólido al instinto levantisco de las masas que se halla actualmente desbocado, para encauzar el país por la vía de la normalidad y del progreso y para dar solución adecuada al problema de nuestra rehabilitación económica, se requiere una mano no sólo firme, no sólo ilustrada, no sólo honesta, no sólo ecuánime y no sólo movida por un amplio espíritu de abnegación y de sacrificio, sino también investida de la autoridad moral que emana del poder cuando el poder tiene el sello de la legalidad que es lo único que lo dignifica y lo único que lo fortalece.”
Continuó diciendo: “El poder es necesariamente débil y digno de repulsa cuando se trata de un poder usurpado. La fuerza bruta aniquila pero no convence; se acata pero no se respeta. Por más grande que sea la capacidad de los representantes de la oligarquía en el Triunvirato, su ejercicio inconstitucional, si se prolonga más allá de lo necesario, hará en lo sucesivo imposible todo esfuerzo fructífero para la pacificación moral del país y para su reincorporación a la convivencia civilizada”.
Sus escritos eran una reflexión objetiva sobre el futuro de la nación. Como argumenta Dick Morris, “el liderazgo es una tensión dinámica entre dónde piensa un político que debe ir su país y dónde quieren ir sus votantes.” Balaguer utilizó las páginas del prestigioso matutino El Caribe para hacer propaganda política, manteniendo su línea de orientación a sus seguidores que cada momento aumentaban, y a los sectores de poder que empezaban a preocuparse ante la creciente amenaza de que el país cayera en un estado de ingobernabilidad que pusiera en juego sus intereses.
Balaguer tenía fe en el futuro de la República Dominicana, y por lo tanto, se estaba ofertando para venir a poner en orden la casa. Pero lo más interesante es que el discurso de Balaguer no se reduce a una simple retórica demagógica por conseguir votos. El veterano político buscaba adeptos utilizando el recurso del convencimiento, y no el de la persuasión pura y simple a que se limita la propaganda política de los momentos actuales.
Balaguer era el hombre de Estado que el país requería, pero al mismo tiempo, era el intelectual con la acertada visión de futuro. Esta última cualidad le permitió con gran facilidad meterse a los contrincantes en un bolsillo.
Balaguer estaba consciente de que los sectores oligárquicos no podían aportar el político que requería el momento para enfrentar con éxitos la crisis que padecía la sociedad dominicana. El siguiente párrafo de uno de los artículos escritos mientras estaba en el exilio, es una prueba reveladora de su visión política.
“Es lógico que si el país se pronunció en diciembre contra la minoría oligárquica que hoy detenta el poder, con mayor razón se pronunciará contra ella cuando esa minoría se presente de nuevo ante las urnas con estas dos credenciales, la de su prestigio reducido a cero por la propia mecánica del poder que desgasta a sus detentores, y la de la desventaja moral en que la coloca el hecho de haber desconocido y pisoteado la voluntad de las mayorías nacionales. El país, por otra parte, no puede resistir, sin grave daño para su economía, la tremenda agitación a que sería sometido por tres elecciones sucesivas”.
El exilio fue favorable para la carrera política de Balaguer, debido a que en parte contribuyó a se incrementara su amor por la patria. Y como escribió Giovanni Mosca: “A la patria se le ama siempre más desde lejos”.
José Ortega y Gasset dijo que “para contemplar son precisas frialdad y distancia entre nosotros y el objeto. El que quiera contemplar un torrente lo primero que debe hacer es no ser arrastrado por él.”
La salida de Balaguer al exilio fue un acontecimiento beneficioso para su carrera política, debido a que el genio creador necesita temporalmente ese aislamiento forzado para medir desde la profundidad de la desesperación, desde la lejanía del destierro, el horizonte y la altura de su verdadera misión.
Es que como señaló Stefan Zweig, “en el terreno bajo y más firme de la política, una ausencia temporal da al hombre de Estado nueva lozanía en la mirada y mayor intensidad para pensar y calcular el juego de las fuerzas políticas. Nada más propicio para una carrera que su interrupción temporal, pues el que ve en el mundo siempre desde arriba, desde la nube imperial, desde la altura de la torre de marfil del poder, no conoce otra cosa que la sonrisa de los subordinados y su peligrosa complacencia; el que siempre sostiene en las manos la medida, olvida su verdadero valor”.
Continúa diciendo el biógrafo de Fouché, que nada debilita tanto al artista, al general, al hombre de poder como el éxito permanente a voluntad y deseo. En el fracaso es donde conoce el artista, su verdadera relación con la obra; en la derrota, el general, sus faltas, y en la pérdida del pavor, el hombre de Estado, la verdadera perspectiva política. La riqueza permanente debilita. El aplauso constante hace insensible; únicamente la interrupción procura al vario ritmo de la vida nueva tensión y elasticidad creadora.”
“Únicamente la desgracia da mirada profunda y extensa para la realidad del mundo. Enseñanza dura, pero enseñanza y aprendizaje es todo destierro: al débil le amasa de nuevo la voluntad, al indeciso le hace enérgico, al duro, más duro aún. Nunca es el destierro para el verdadero fuerte una mengua: es siempre un tónico de su fuerza”.
El exilio le proporcionó a Balaguer la imagen que necesitaba para hacerse más fuerte. Se convirtió en el hombre necesario para dirigir los destinos de la nación.
Balaguer aceptó el exilio sin reproches y sin lamentaciones. Nunca demostró tener prisa. Se mostró siempre paciente. Conocía a plenitud las dimensiones de la crisis del momento, y tenía identificada las tendencias y los acontecimientos que les llevarían al poder. Pensó como Chardonne: “Todo cuanto la vida ofrece es bueno. Quiero aceptarlo siempre. No me toca a mi escoger”.
Los acontecimientos se produjeron y no entró en el mundo de las elucubraciones como acostumbran los intelectuales, para determinar porqué se produjeron. Mientras Juan Bosch, después del golpe de Estado, se dedicó a producir el libro: Crisis de la Democracia de América en la República Dominicana, donde explicó los motivos del golpe de Estado, Balaguer por el contrario, se dedicó a escribir artículos para ilustrar a la población en torno al camino a transitar para lograr que la sociedad se adentrara por el sendero del orden y el desarrollo social y económico.
Después del golpe de Estado, Bosch reaccionó como un intelectual. Balaguer tras el envío al exilio, reaccionó como el político que estaba al acecho de la oportunidad más inmediata para volver al poder. Ciertamente, como dijo Francoise Sagan: “Sólo cerrando las puertas detrás de uno se abren ventanas hacia el porvenir”.

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