Hubo colaboradores de Trujillo con un prestigio intelectual superior al de Balaguer, ahí estaba el caso de don Manuel Arturo Peña Batlle.
(“Todo lo que acontece está escrito, nuestra hora está fijada y nadie puede demorarla... Nadie puede escapar a su destino” Napoleón Bonaparte).
Trujillo tenía un equipo de colaboradores dentro de los cuales habían reputados intelectuales. Balaguer no era el único. Era sólo uno de ellos.
Balaguer se convirtió en el heredero del régimen por dos razones. Por un lado devinieron a su favor una serie de situaciones y acontecimientos, y por el otro lado, él fue el más político, astuto y hábil de los funcionarios del trujillismo.
Inclusive, hubo colaboradores de Trujillo con un prestigio intelectual superior al de Balaguer, ahí estaba el caso de don Manuel Arturo Peña Batlle.
A pesar de su alto prestigio y de su extraordinaria capacidad, Peña Batlle, fue menos hábil que el autor de la Tebaida Lírica. Un ejemplo lo constituyó el hecho de que Trujillo, valiéndose de algunos adulones preparó un proyecto para cambiarle el nombre a la ciudad de Santo Domingo por el de Ciudad Trujillo, y Peña Batlle escribió un artículo en el que señalaba que, “nada agrega a la gloria del Presidente Trujillo el que su nombre designe a la ciudad de Santo Domingo, porque, quien ha hecho de la República el objetivo de sus desvelos administrativos no necesita sino de su propia actuación para perpetuarse en el agradecimiento de sus conciudadanos”.
Peña Batlle pudo evitar ese comentario, pero no lo hizo.
Peña Batlle, quien en el primer gobierno de Trujillo se había rehusado a colaborar con el régimen, ya en 1935 estaba inscrito en el Partido Dominicano, y con esas apreciaciones cometió un error que le mantuvo en el anonimato hasta 1941. No asimiló que la propuesta del senador de la provincia de Santiago, Mario Fermín Cabral, de que se le cambiara el nombre a la ciudad de Santo Domingo por el de Ciudad Trujillo, era una treta del propio dictador.
En el año 1957 debían celebrarse elecciones para elegir al Presidente y Vicepresidente de la República. Trujillo como una maniobra para desarticular presiones externas optó por no presentarse como candidato, y en un memorable discurso, el 16 de mayo de 1956, propuso que fuera postulado su hermano Héctor B. Trujillo para la presidencia y su hijo Rafael Trujillo (Ramfis) para la vicepresidencia.
Se produjo un desenlace inesperado, debido a que Ramfis rechazó la candidatura vicepresidencial alegando que desde su niñez había sido un hombre de armas y prefería seguir dentro de la carrera militar. Trujillo aceptó de buen modo la renuncia de su hijo, y allí entró Balaguer como el ave fénix.
Hay que resaltar que en ningún momento existió en Trujillo el interés de convertir a Balaguer en su heredero político. Fueron las circunstancias que lo obligaron a recurrir al más eficiente de sus servidores.
En el año 1952, Trujillo le manifestó a Laureano Vallenilla Lanz, prestigioso político Venezolano: “No tengo sucesores, ni pienso formarlo”.“Ya se encargarán de eso las circunstancias, porque en países como en el nuestro, el mando supremo no se hereda.”
El tirano consideró que el colaborador más idóneo para ocupar la vicepresidencia era Balaguer, y en carta enviada al licenciado J. Furcy Pichardo, Presidente del Partido Dominicano, en fecha 4 de julio de 1956, señaló: “Entre las diversas personalidades aptas por sus merecimientos para inspirar la confianza de nuestro partido, que no es otra que la misma confianza de todo el conglomerado nacional, como genuino intérprete que es de los intereses y la voluntad de la Nación -que para serlo lo fundé el año de haberme iniciado en la dirección de los destinos públicos-; entre esas diversas personalidades, repito, se halla una que responde cabalmente a los fines por los cuales se ha hecho acreedora en alto grado al aprecio y a la fe depositada en ella para ser escogido como digna por todos conceptos de la recomendación que voy hacer de la misma al Partido Dominicano: el doctor Joaquín Balaguer”.
Baltasar Gracián lo dijo, “saber esperar es una virtud que demuestra gran temple y grandes reservas de paciencia. Si uno es dueño de sí, lo será de los otros. Hay que ir caminando mientras llega la oportunidad que nos reserva el destino. La espera prudente culmina en éxito y hace que maduren los planes. Las muletas de dar tiempo a las cosas son más efectivas que una macana.”
En este momento, Balaguer recibió de Trujillo el reconocimiento que había buscado incesantemente durante 25 años de servicios públicos. En su carta de recomendación, el Jefe continúa diciendo: “Le conozco suficientemente y tengo señaladas pruebas de sus aptitudes, de su sinceridad y de su lealtad a mi persona y a los principios que son el fundamento de nuestra organización política y la base de su estabilidad. Se premia en él a la juventud dominicana formada al calor de esta Era de reconstrucción nacional que el pueblo quiso bautizar con mi nombre, y en general, a todos los dominicanos, celosos guardianes de esos principios con que luchamos decididamente y con viva fe en Dios y en la Patria, por el mayor afianzamiento de ésta y por la seguridad y la paz del mundo libre.”
Así llegó Balaguer a la vicepresidencia de la República. Es posible que de no producirse la renuncia de Ramfis su destino hubiera sido otro, y quizás no se hubiese coronado siete veces Presidente de la República. Este ascenso de Balaguer se produjo en una coyuntura en que la tiranía entraba en la etapa de su crisis final.
Así entró Balaguer en el peligroso juego que significó la carrera presidencial en la Era de Trujillo. Estaba dispuesto a jugársela, y como destinista confeso no se detuvo a meditar sobre las posibles consecuencias. Cargó con su destino, asumió siempre las consecuencias de sus actuaciones sin buscar aplausos y sin esperar ningún reconocimiento del régimen.
Era un hombre creador, y al mismo tiempo, un mundo aparte e independiente. Lo había encontrado todo dentro de si mismo y en la naturaleza a la que había permanecido unido.
Era un hombre solitario, pero no por frustración. Amaba a la soledad y soportaba de buen modo el sufrimiento que esta le causaba, porque únicamente el hombre solitario se encuentra sometido a las leyes profundas de la naturaleza.
La escogencia de Balaguer como Vicepresidente de la República pudo ser considerada como un premio a la excelencia.
Balaguer había sobresalido en todas las tareas que les habían sido encomendadas por Trujillo, y como dice Baltasar Gracián, “sobresalir en una posición relevante va desde un nivel normal hasta el más alto grado. Sobresalir en tareas sencillas es insignificante. Proporciona alguna satisfacción, pero efímera. Sobresalir en lo grande es propio de soberanos: genera admiración y gana voluntades.” Joaquín Balaguer sobresalió en las grandes tareas y misiones, por tanto, el tirano no tenía otra alternativa que no fuera la de reconocer sus ganados méritos.
Desde la Secretaría de la Presidencia Balaguer despertó celos, pero desde la vicepresidencia despertó muchos más.
Dice el historiador Aliro Paulino, que una vez conversando con el entonces hombre fuerte de la seguridad nacional, el coronel Jhonny Abbes García, este me dijo en un pasillo del Palacio: “A Balaguer lo voy a sentar en la silla eléctrica alguna vez. Ese no es amigo de Trujillo, sino de Balaguer...”
La posteridad se encargó de demostrar que el sanguinario Jefe del Servicio de Inteligencia Militar no estaba del todo equivocado. Balaguer era un estadista y su lealtad era al poder de donde podía hacer realidades sus ilusiones. Como dijo Paracelso: “Que no sea de otro quien puede ser dueño de sí mismo”
(“Todo lo que acontece está escrito, nuestra hora está fijada y nadie puede demorarla... Nadie puede escapar a su destino” Napoleón Bonaparte).
Trujillo tenía un equipo de colaboradores dentro de los cuales habían reputados intelectuales. Balaguer no era el único. Era sólo uno de ellos.
Balaguer se convirtió en el heredero del régimen por dos razones. Por un lado devinieron a su favor una serie de situaciones y acontecimientos, y por el otro lado, él fue el más político, astuto y hábil de los funcionarios del trujillismo.
Inclusive, hubo colaboradores de Trujillo con un prestigio intelectual superior al de Balaguer, ahí estaba el caso de don Manuel Arturo Peña Batlle.
A pesar de su alto prestigio y de su extraordinaria capacidad, Peña Batlle, fue menos hábil que el autor de la Tebaida Lírica. Un ejemplo lo constituyó el hecho de que Trujillo, valiéndose de algunos adulones preparó un proyecto para cambiarle el nombre a la ciudad de Santo Domingo por el de Ciudad Trujillo, y Peña Batlle escribió un artículo en el que señalaba que, “nada agrega a la gloria del Presidente Trujillo el que su nombre designe a la ciudad de Santo Domingo, porque, quien ha hecho de la República el objetivo de sus desvelos administrativos no necesita sino de su propia actuación para perpetuarse en el agradecimiento de sus conciudadanos”.
Peña Batlle pudo evitar ese comentario, pero no lo hizo.
Peña Batlle, quien en el primer gobierno de Trujillo se había rehusado a colaborar con el régimen, ya en 1935 estaba inscrito en el Partido Dominicano, y con esas apreciaciones cometió un error que le mantuvo en el anonimato hasta 1941. No asimiló que la propuesta del senador de la provincia de Santiago, Mario Fermín Cabral, de que se le cambiara el nombre a la ciudad de Santo Domingo por el de Ciudad Trujillo, era una treta del propio dictador.
En el año 1957 debían celebrarse elecciones para elegir al Presidente y Vicepresidente de la República. Trujillo como una maniobra para desarticular presiones externas optó por no presentarse como candidato, y en un memorable discurso, el 16 de mayo de 1956, propuso que fuera postulado su hermano Héctor B. Trujillo para la presidencia y su hijo Rafael Trujillo (Ramfis) para la vicepresidencia.
Se produjo un desenlace inesperado, debido a que Ramfis rechazó la candidatura vicepresidencial alegando que desde su niñez había sido un hombre de armas y prefería seguir dentro de la carrera militar. Trujillo aceptó de buen modo la renuncia de su hijo, y allí entró Balaguer como el ave fénix.
Hay que resaltar que en ningún momento existió en Trujillo el interés de convertir a Balaguer en su heredero político. Fueron las circunstancias que lo obligaron a recurrir al más eficiente de sus servidores.
En el año 1952, Trujillo le manifestó a Laureano Vallenilla Lanz, prestigioso político Venezolano: “No tengo sucesores, ni pienso formarlo”.“Ya se encargarán de eso las circunstancias, porque en países como en el nuestro, el mando supremo no se hereda.”
El tirano consideró que el colaborador más idóneo para ocupar la vicepresidencia era Balaguer, y en carta enviada al licenciado J. Furcy Pichardo, Presidente del Partido Dominicano, en fecha 4 de julio de 1956, señaló: “Entre las diversas personalidades aptas por sus merecimientos para inspirar la confianza de nuestro partido, que no es otra que la misma confianza de todo el conglomerado nacional, como genuino intérprete que es de los intereses y la voluntad de la Nación -que para serlo lo fundé el año de haberme iniciado en la dirección de los destinos públicos-; entre esas diversas personalidades, repito, se halla una que responde cabalmente a los fines por los cuales se ha hecho acreedora en alto grado al aprecio y a la fe depositada en ella para ser escogido como digna por todos conceptos de la recomendación que voy hacer de la misma al Partido Dominicano: el doctor Joaquín Balaguer”.
Baltasar Gracián lo dijo, “saber esperar es una virtud que demuestra gran temple y grandes reservas de paciencia. Si uno es dueño de sí, lo será de los otros. Hay que ir caminando mientras llega la oportunidad que nos reserva el destino. La espera prudente culmina en éxito y hace que maduren los planes. Las muletas de dar tiempo a las cosas son más efectivas que una macana.”
En este momento, Balaguer recibió de Trujillo el reconocimiento que había buscado incesantemente durante 25 años de servicios públicos. En su carta de recomendación, el Jefe continúa diciendo: “Le conozco suficientemente y tengo señaladas pruebas de sus aptitudes, de su sinceridad y de su lealtad a mi persona y a los principios que son el fundamento de nuestra organización política y la base de su estabilidad. Se premia en él a la juventud dominicana formada al calor de esta Era de reconstrucción nacional que el pueblo quiso bautizar con mi nombre, y en general, a todos los dominicanos, celosos guardianes de esos principios con que luchamos decididamente y con viva fe en Dios y en la Patria, por el mayor afianzamiento de ésta y por la seguridad y la paz del mundo libre.”
Así llegó Balaguer a la vicepresidencia de la República. Es posible que de no producirse la renuncia de Ramfis su destino hubiera sido otro, y quizás no se hubiese coronado siete veces Presidente de la República. Este ascenso de Balaguer se produjo en una coyuntura en que la tiranía entraba en la etapa de su crisis final.
Así entró Balaguer en el peligroso juego que significó la carrera presidencial en la Era de Trujillo. Estaba dispuesto a jugársela, y como destinista confeso no se detuvo a meditar sobre las posibles consecuencias. Cargó con su destino, asumió siempre las consecuencias de sus actuaciones sin buscar aplausos y sin esperar ningún reconocimiento del régimen.
Era un hombre creador, y al mismo tiempo, un mundo aparte e independiente. Lo había encontrado todo dentro de si mismo y en la naturaleza a la que había permanecido unido.
Era un hombre solitario, pero no por frustración. Amaba a la soledad y soportaba de buen modo el sufrimiento que esta le causaba, porque únicamente el hombre solitario se encuentra sometido a las leyes profundas de la naturaleza.
La escogencia de Balaguer como Vicepresidente de la República pudo ser considerada como un premio a la excelencia.
Balaguer había sobresalido en todas las tareas que les habían sido encomendadas por Trujillo, y como dice Baltasar Gracián, “sobresalir en una posición relevante va desde un nivel normal hasta el más alto grado. Sobresalir en tareas sencillas es insignificante. Proporciona alguna satisfacción, pero efímera. Sobresalir en lo grande es propio de soberanos: genera admiración y gana voluntades.” Joaquín Balaguer sobresalió en las grandes tareas y misiones, por tanto, el tirano no tenía otra alternativa que no fuera la de reconocer sus ganados méritos.
Desde la Secretaría de la Presidencia Balaguer despertó celos, pero desde la vicepresidencia despertó muchos más.
Dice el historiador Aliro Paulino, que una vez conversando con el entonces hombre fuerte de la seguridad nacional, el coronel Jhonny Abbes García, este me dijo en un pasillo del Palacio: “A Balaguer lo voy a sentar en la silla eléctrica alguna vez. Ese no es amigo de Trujillo, sino de Balaguer...”
La posteridad se encargó de demostrar que el sanguinario Jefe del Servicio de Inteligencia Militar no estaba del todo equivocado. Balaguer era un estadista y su lealtad era al poder de donde podía hacer realidades sus ilusiones. Como dijo Paracelso: “Que no sea de otro quien puede ser dueño de sí mismo”

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