“Un gobierno progresista, como su propio nombre o indica, debe ser una entidad viviente y en proceso de desarrollo”. -- Franklin Delano Roosevelt.
El 26 de enero de 1966, día del nacimiento del Natalicio Juan Pablo Duarte, en una concentración realizada en la ciudad de Santo Domingo, Balaguer pronunció un discurso antológico en el que reafirmó su apego a la democracia, y su convicción de que ese sistema sólo podía ser alcanzado a través del trabajo y la convivencia pacífica de todos los dominicanos.
En esta pieza oratoria quedó claro que Balaguer era la antítesis de Juan Bosch y de los demás políticos que no se habían dado cuentas de que la familia dominicana estaba cansada de tanta violencia y agitación. No cayó en el error de postular doctrinas que estimularan el conflicto social. Fue partidario de Lin Yutang, en el sentido de que “la meta de las buenas teorías políticas ha de ser que todas las personas sean capaces de gozar ocios o que el goce del ocio sea general.” Por eso, Balaguer hizo un llamado al trabajo armónico para enfrentar la pobreza, sin cuestionar los privilegios de las clases dominantes. Esto no implica en ningún modo que él se sintiera a gusto con el estado de injusticia social imperante.
En la campaña electoral de 1966, en una coyuntura en la que no tenía la persecución de Johnny Abbes, ni de la manipulación del contenido de las palabras que hacían los calieses del tirano, el tribuno de Navarrete expuso sus ideales, y estos calaron en el sentimiento de los sectores más poderosos de la nación.
Con estilo firme y tono de voz vibrante, manifestó: “Si alguna doctrina ha podido surgir de la convulsa situación dominicana de los últimos años, con suficiente vigor para recoger fielmente la imagen de esa realidad tormentosa, es la del Reformismo, que no patrocina ni la revolución social violenta como la que postulan los partidos de extrema izquierda, ni la transformación pacífica resultante de la simple continuidad progresiva de las instituciones, como lo desean a la vez los grupos de ideología conservadora, sino que aspira a llevar a cabo los cambios que el país necesita con la celeridad que requieren las circunstancias pero sin destruir las bases en que fueron originalmente asentadas nuestras estructuras sustantivas.”
Se observa el convencimiento y la creencia del exponente en sus promesas. Y como dijo el escritor y sociólogo británico, John Ruskin, “el que está en posesión de la verdad encuentra en sus palabras el máximo poder de persuasión.”
En 1966, Balaguer no llegó al gobierno a inventar, ni a molestar a sectores de la sociedad. No cometió los errores de Juan Bosch. Puesto que como dijo Nicolás Maquiavelo, “cualquiera que desee o necesite reformar el modo de gobierno de una ciudad, si quiere que el cambio sea aceptado y mantenido con satisfacción general, precisa conservar al menos la sombra de los usos antiguos, de modo que al pueblo no le parezca que ha cambiado el orden político, aunque de hecho los nuevos ordenamientos sean totalmente distintos de los pasados, porque la mayoría de los hombres se sienten tan satisfechos con lo que parece como con lo que es, y muchas veces se mueven más por las cosas aparentes que por las que realmente existen.”
Cuando Balaguer habló de cambios sin destruir las estructuras sustantivas de la sociedad, les estaba diciendo a la oligarquía, militares e iglesia, que en un régimen suyo no se atentaría contra sus intereses y privilegios. La confianza de estos sectores era determinante no sólo para llegar al poder, sino también para gobernar, puesto que fueron estos quienes impidieron que Bosch implementara su proyecto liberal.
En ese mismo discurso, Balaguer dijo: “Lo que la República Dominicana requiere, Señores, son reformas. Estas reformas, para que den plena satisfacción a los anhelos legítimos de las mayorías nacionales, tienen que recaer sobre los tres órdenes en que descansa la sociedad dominicana: el político, el social y el económico. Necesitamos en otros términos, reformas de todos los tipos: agrarias, educacionales, tributarias, administrativas, constitucionales. Paralelamente con estos cambios básicos, el país necesita otros de menor importancia: reformas de crédito, del régimen de trabajo, de las leyes que rigen nuestras instituciones de seguridad social, etc. Pero estas reformas, para que sean efectivas, para que sean verdaderas, tienen que ser estructurales. Importa, en consecuencia, tener presente la naturaleza, la esencia del elemento sobre el cual está llamado a recaer el cambio”.
El autor de La Palabra Encadenada, hizo énfasis en que la vida institucional de la República había sido organizada sobre bases jurídicas verdaderamente liberales, pero, hasta 1966 esas instituciones eran infuncionales, sólo existían en textos, ya que el nivel de desarrollo material no se correspondía con todo ese andamiaje conceptual prohijado de naciones mucho más desarrolladas que la nuestra.
El discurso de Balaguer en la campaña electoral de 1966 no ha sido estudiado en una dimensión profunda. Ni antes ni después, político alguno, ha dado una cátedra de teoría política en un contexto tan objetivo y certero.
La transformación sociopolítica y económica que alcanzó la República Dominicana se debió a que las riendas de la nación estaban en manos de un hombre que actuaba amparado en una visión política clara y definida, y no en mera improvisación que ha caracterizado a la inmensa mayoría de los gobernantes criollos.
Con frecuencia escucho a políticos y comunicadores decir, que Balaguer no creía en planes de gobiernos, por que nunca preparó un documento de esa naturaleza en las campañas electorales.
Balaguer no escribía el documento, por que no lo necesitaba. El tenía claramente concebido las acciones que iba a ejecutar desde el poder. Si las escribía en un Plan de Gobierno, de seguro que iba a encontrar la oposición tenaz de los sectores afectados por las medidas.
A caso ¿ustedes se imaginan, qué hubiera pasado, si en la campaña electoral de 1966, Balaguer presentaba un Programa de Gobierno donde estuviera planteada la reforma agraria que ejecutó años después, en las que entregó a los campesinos sin tierra parte importante del latifundio que estaba en mano de los oligarcas?
El siguiente pronunciamiento constituye la prueba más fehaciente de su astucia política, y de la cautela con que se manejó para evitar que los sectores de poder cayeran en el pánico, y se volcaran en su contra, igual que como lo hicieron con Juan Bosch en 1963. Veamos:
“Pero el Reformismo, Señores, como doctrina política y como filosofía de una comunidad pensante, carecería de significación si se limitara a formular, como es costumbre ya generalizada en nuestro medio, promesas baldías y planes de desarrollo que pequen por su excesivo grado de teorización. Las reformas llamadas a incorporarse a este cuerpo doctrinario tienen que ser, además de estructurales -condición sin la cual carecerían de valor transformativo-, viables y revolucionarias. El entusiasmo por la novedad y el cambio pueden inducirnos a promover reformas innecesarias que sustituyan las estructuras actuales por otras impracticables o excesivas. La demagogia política o el fervor por una justicia mal entendida puede llevarnos a su vez a fomentar reformas que entorpezcan nuestro desarrollo económico o que empeoren en vez de favorecer la situación de nuestras masas desposeídas”.
A diferencia de otros políticos de su época, Balaguer se caracterizó por tener sus ideas en orden y los pies sobre la tierra. Ese es uno de los atributos de su personalidad, ya que como dijo Dale Carnegie, “cuando un hombre no tiene sus ideas en orden, cuantas más tenga, mayor será su confusión.”
Balaguer estaba consciente de que el nivel de educación y formación política del pueblo dominicano hasta ese entonces era muy limitado. Se cuidó de no caer en el error en que incurrió Bosch, de ofrecerle al pueblo reformas que estaban muy por encima de su nivel de asimilación. Veamos:
“Por eso el verdadero Reformismo es el que no teme al cambio radical y profundo cuando es necesario y en la medida que es necesario, pero que permanece al propio tiempo en guardia contra los demagogos irresponsables y contra los falsos innovadores. Los cambios estructurales que el país necesita, tienen que ser también revolucionarios, en el sentido de que deben ser rápidos, además de integrales. Revolución, en este caso, es sinónimo de celeridad. Hay quienes sostienen que lo que debería acelerarse es el desarrollo económico general, para proceder luego al cambio de las estructuras que necesiten ser suprimidas o modificadas.”
Reitero una vez más, que en ninguna campaña electoral, ni antes ni después de 1966, candidato alguno, ni siquiera el propio Balaguer, llevó al electorado un discurso de tan amplio contenido social, político y económico.
A diferencia de los izquierdistas y revolucionarios entre comillas de la época, Balaguer era el único de los candidatos que tenía los pies sobre la tierra y que ofertaba el modelo de gobierno que la sociedad requería para salir del desastre. Con humildad, pero con firmeza de carácter, dijo: “No creemos en la posibilidad de que se puedan llevar a cabo grandes reformas que beneficien a nuestras masas, sin antes impulsar el desarrollo económico del país con la ampliación y la intensificación de sus fuentes productivas”.
“El dilema es, por tanto, sencillo: crear primero las condiciones necesarias para la promoción de nuestra economía, y emprender luego las reformas sociales indispensables para que la prosperidad se reparta equitativamente entre las clases pudientes y las clases desamparadas. Alterar ese orden, dando prioridad a las reformas sociales de gran alcance, equivale a perder el tiempo girando en torno a un círculo vicioso. Las leyes sociales son tan inflexibles como las leyes físicas: el día tiene que preceder a la noche como la siembra tiene que preceder a la cosecha”.
Analizar sin odio, sin rencores y sin apasionamientos el verdadero significado del paso de Joaquín Balaguer por la historia dominicana, es una tarea que compete a los estudiosos del porvenir. Pero desde ahora puedo avanzar, que todo aquel que profundice en el estudio de los procesos históricos en que Balaguer fue protagonista, se encontrará con la siguiente confusión: “Balaguer fue conservador y revolucionario al mismo tiempo”.
Sin profesar el socialismo, Balaguer hizo más por los desamparados, que la inmensa mayoría de los regímenes comunistas que ha tenido la historia.
El 26 de enero de 1966, día del nacimiento del Natalicio Juan Pablo Duarte, en una concentración realizada en la ciudad de Santo Domingo, Balaguer pronunció un discurso antológico en el que reafirmó su apego a la democracia, y su convicción de que ese sistema sólo podía ser alcanzado a través del trabajo y la convivencia pacífica de todos los dominicanos.
En esta pieza oratoria quedó claro que Balaguer era la antítesis de Juan Bosch y de los demás políticos que no se habían dado cuentas de que la familia dominicana estaba cansada de tanta violencia y agitación. No cayó en el error de postular doctrinas que estimularan el conflicto social. Fue partidario de Lin Yutang, en el sentido de que “la meta de las buenas teorías políticas ha de ser que todas las personas sean capaces de gozar ocios o que el goce del ocio sea general.” Por eso, Balaguer hizo un llamado al trabajo armónico para enfrentar la pobreza, sin cuestionar los privilegios de las clases dominantes. Esto no implica en ningún modo que él se sintiera a gusto con el estado de injusticia social imperante.
En la campaña electoral de 1966, en una coyuntura en la que no tenía la persecución de Johnny Abbes, ni de la manipulación del contenido de las palabras que hacían los calieses del tirano, el tribuno de Navarrete expuso sus ideales, y estos calaron en el sentimiento de los sectores más poderosos de la nación.
Con estilo firme y tono de voz vibrante, manifestó: “Si alguna doctrina ha podido surgir de la convulsa situación dominicana de los últimos años, con suficiente vigor para recoger fielmente la imagen de esa realidad tormentosa, es la del Reformismo, que no patrocina ni la revolución social violenta como la que postulan los partidos de extrema izquierda, ni la transformación pacífica resultante de la simple continuidad progresiva de las instituciones, como lo desean a la vez los grupos de ideología conservadora, sino que aspira a llevar a cabo los cambios que el país necesita con la celeridad que requieren las circunstancias pero sin destruir las bases en que fueron originalmente asentadas nuestras estructuras sustantivas.”
Se observa el convencimiento y la creencia del exponente en sus promesas. Y como dijo el escritor y sociólogo británico, John Ruskin, “el que está en posesión de la verdad encuentra en sus palabras el máximo poder de persuasión.”
En 1966, Balaguer no llegó al gobierno a inventar, ni a molestar a sectores de la sociedad. No cometió los errores de Juan Bosch. Puesto que como dijo Nicolás Maquiavelo, “cualquiera que desee o necesite reformar el modo de gobierno de una ciudad, si quiere que el cambio sea aceptado y mantenido con satisfacción general, precisa conservar al menos la sombra de los usos antiguos, de modo que al pueblo no le parezca que ha cambiado el orden político, aunque de hecho los nuevos ordenamientos sean totalmente distintos de los pasados, porque la mayoría de los hombres se sienten tan satisfechos con lo que parece como con lo que es, y muchas veces se mueven más por las cosas aparentes que por las que realmente existen.”
Cuando Balaguer habló de cambios sin destruir las estructuras sustantivas de la sociedad, les estaba diciendo a la oligarquía, militares e iglesia, que en un régimen suyo no se atentaría contra sus intereses y privilegios. La confianza de estos sectores era determinante no sólo para llegar al poder, sino también para gobernar, puesto que fueron estos quienes impidieron que Bosch implementara su proyecto liberal.
En ese mismo discurso, Balaguer dijo: “Lo que la República Dominicana requiere, Señores, son reformas. Estas reformas, para que den plena satisfacción a los anhelos legítimos de las mayorías nacionales, tienen que recaer sobre los tres órdenes en que descansa la sociedad dominicana: el político, el social y el económico. Necesitamos en otros términos, reformas de todos los tipos: agrarias, educacionales, tributarias, administrativas, constitucionales. Paralelamente con estos cambios básicos, el país necesita otros de menor importancia: reformas de crédito, del régimen de trabajo, de las leyes que rigen nuestras instituciones de seguridad social, etc. Pero estas reformas, para que sean efectivas, para que sean verdaderas, tienen que ser estructurales. Importa, en consecuencia, tener presente la naturaleza, la esencia del elemento sobre el cual está llamado a recaer el cambio”.
El autor de La Palabra Encadenada, hizo énfasis en que la vida institucional de la República había sido organizada sobre bases jurídicas verdaderamente liberales, pero, hasta 1966 esas instituciones eran infuncionales, sólo existían en textos, ya que el nivel de desarrollo material no se correspondía con todo ese andamiaje conceptual prohijado de naciones mucho más desarrolladas que la nuestra.
El discurso de Balaguer en la campaña electoral de 1966 no ha sido estudiado en una dimensión profunda. Ni antes ni después, político alguno, ha dado una cátedra de teoría política en un contexto tan objetivo y certero.
La transformación sociopolítica y económica que alcanzó la República Dominicana se debió a que las riendas de la nación estaban en manos de un hombre que actuaba amparado en una visión política clara y definida, y no en mera improvisación que ha caracterizado a la inmensa mayoría de los gobernantes criollos.
Con frecuencia escucho a políticos y comunicadores decir, que Balaguer no creía en planes de gobiernos, por que nunca preparó un documento de esa naturaleza en las campañas electorales.
Balaguer no escribía el documento, por que no lo necesitaba. El tenía claramente concebido las acciones que iba a ejecutar desde el poder. Si las escribía en un Plan de Gobierno, de seguro que iba a encontrar la oposición tenaz de los sectores afectados por las medidas.
A caso ¿ustedes se imaginan, qué hubiera pasado, si en la campaña electoral de 1966, Balaguer presentaba un Programa de Gobierno donde estuviera planteada la reforma agraria que ejecutó años después, en las que entregó a los campesinos sin tierra parte importante del latifundio que estaba en mano de los oligarcas?
El siguiente pronunciamiento constituye la prueba más fehaciente de su astucia política, y de la cautela con que se manejó para evitar que los sectores de poder cayeran en el pánico, y se volcaran en su contra, igual que como lo hicieron con Juan Bosch en 1963. Veamos:
“Pero el Reformismo, Señores, como doctrina política y como filosofía de una comunidad pensante, carecería de significación si se limitara a formular, como es costumbre ya generalizada en nuestro medio, promesas baldías y planes de desarrollo que pequen por su excesivo grado de teorización. Las reformas llamadas a incorporarse a este cuerpo doctrinario tienen que ser, además de estructurales -condición sin la cual carecerían de valor transformativo-, viables y revolucionarias. El entusiasmo por la novedad y el cambio pueden inducirnos a promover reformas innecesarias que sustituyan las estructuras actuales por otras impracticables o excesivas. La demagogia política o el fervor por una justicia mal entendida puede llevarnos a su vez a fomentar reformas que entorpezcan nuestro desarrollo económico o que empeoren en vez de favorecer la situación de nuestras masas desposeídas”.
A diferencia de otros políticos de su época, Balaguer se caracterizó por tener sus ideas en orden y los pies sobre la tierra. Ese es uno de los atributos de su personalidad, ya que como dijo Dale Carnegie, “cuando un hombre no tiene sus ideas en orden, cuantas más tenga, mayor será su confusión.”
Balaguer estaba consciente de que el nivel de educación y formación política del pueblo dominicano hasta ese entonces era muy limitado. Se cuidó de no caer en el error en que incurrió Bosch, de ofrecerle al pueblo reformas que estaban muy por encima de su nivel de asimilación. Veamos:
“Por eso el verdadero Reformismo es el que no teme al cambio radical y profundo cuando es necesario y en la medida que es necesario, pero que permanece al propio tiempo en guardia contra los demagogos irresponsables y contra los falsos innovadores. Los cambios estructurales que el país necesita, tienen que ser también revolucionarios, en el sentido de que deben ser rápidos, además de integrales. Revolución, en este caso, es sinónimo de celeridad. Hay quienes sostienen que lo que debería acelerarse es el desarrollo económico general, para proceder luego al cambio de las estructuras que necesiten ser suprimidas o modificadas.”
Reitero una vez más, que en ninguna campaña electoral, ni antes ni después de 1966, candidato alguno, ni siquiera el propio Balaguer, llevó al electorado un discurso de tan amplio contenido social, político y económico.
A diferencia de los izquierdistas y revolucionarios entre comillas de la época, Balaguer era el único de los candidatos que tenía los pies sobre la tierra y que ofertaba el modelo de gobierno que la sociedad requería para salir del desastre. Con humildad, pero con firmeza de carácter, dijo: “No creemos en la posibilidad de que se puedan llevar a cabo grandes reformas que beneficien a nuestras masas, sin antes impulsar el desarrollo económico del país con la ampliación y la intensificación de sus fuentes productivas”.
“El dilema es, por tanto, sencillo: crear primero las condiciones necesarias para la promoción de nuestra economía, y emprender luego las reformas sociales indispensables para que la prosperidad se reparta equitativamente entre las clases pudientes y las clases desamparadas. Alterar ese orden, dando prioridad a las reformas sociales de gran alcance, equivale a perder el tiempo girando en torno a un círculo vicioso. Las leyes sociales son tan inflexibles como las leyes físicas: el día tiene que preceder a la noche como la siembra tiene que preceder a la cosecha”.
Analizar sin odio, sin rencores y sin apasionamientos el verdadero significado del paso de Joaquín Balaguer por la historia dominicana, es una tarea que compete a los estudiosos del porvenir. Pero desde ahora puedo avanzar, que todo aquel que profundice en el estudio de los procesos históricos en que Balaguer fue protagonista, se encontrará con la siguiente confusión: “Balaguer fue conservador y revolucionario al mismo tiempo”.
Sin profesar el socialismo, Balaguer hizo más por los desamparados, que la inmensa mayoría de los regímenes comunistas que ha tenido la historia.

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