Era lunes 1 de septiembre del 2008. Eran las diez de la noche. En uno de los noticiarios de televisión estaban pasando el reportaje noticioso de la misa que hizo la Fundación en homenaje al 102 aniversario del nacimiento de Joaquín Balaguer. Mi hija Indhira se acercó y me dijo: ¿Cómo quedó la misa? No lo vi en la noticia. Le tomé las manos y le dije: Yo no estuve en la misa, me preguntó: ¿Y por qué Papi? Le contesté: Por que ahí estaban personas de las cuáles Balaguer donde quiera que esté debe estar arrepentido de haberle servido y ayudado.
A pesar de ser una niña de 13 años, parece que la respuesta la convenció, y eso me hizo sentir bien.
De inmediato Balaguer volvió y tomó posesión de mi mente. Me cuestioné en silencio. Quizás debí ir a la misa, y saludar a viejos amigos que de seguro ahí estarían, aunque tratara de evadir a farsantes que en vida le deseaban la muerte a Balaguer, pero que eran recurrentes en ocupar el primer banco de la iglesia simulando sentimiento y dolor, aunque sabemos que lo hacen para salir en los medios de comunicación. O quizás debí ir bien temprano al Cementerio Cristo Redentor y encontrarme con mi amigo Guaroa Liranzo, que de seguro estaría ahí a la siete de la mañana encendiendo velas y buscando una conexión espiritual con Balaguer, pero tampoco lo hice.
El tiempo avanzaba, ya eran las once de la noche, aunque tenía la televisión a menos de dos metros de mis ojos, ni veía ni escuchaba nada. Me levanté y caminé hasta la cocina, abrí la nevera y tomé un baso de agua. Tomé la decisión de acostarme y tratar de encontrar el sueño.
La noche era oscura. Los demás integrantes de la familia dormían intensamente. La lluvia era copiosa. Me acosté y como de costumbre me arropé desde los pies hasta la cabeza.
Mi pensamiento obstinado le buscaba explicación a una serie de interrogantes de la vida. Entre relámpagos y truenos el sueño pudo vencer mi resistencia por mantenerme despierto. De inmediato vi a Balaguer, no al Balaguer anciano postrado en una cama que hablaba despacio y a penas podía levantar las manos. Vi a un Balaguer joven y enérgico, pero triste.
Al ver a ese ser que admiro tanto, sentí mucha alegría y felicidad. Le saludé con la deferencia y el respeto de siempre. Como está Su Excelencia, y me contestó: Prefiero estar ciego y acostado en una cama, y no estar viendo todas las bellaquerías y vagamunderías que cometen a diario las personas que decían ser mis amigos, mis discípulos y mis herederos.
Y le pregunté: ¿Con cuáles personas es que usted se siente decepcionado? Inclinó la mirada hacia el cielo estrellado, y con la parsimonia que le caracteriza bajó la cabeza, y me dijo: Casi todos me han deshonrado. Le dejé un partido fuerte, una organización que debió ser un patrimonio de la Nación en procura de que garantizara la continuidad de mi obra de gobierno, y lo han destruido, lo han llevado a la nada.
Cómo decirle a mi líder que él era el principal culpable de lo que le había sucedido al PRSC, por que con el manejo centralista que le dio, cortó las alas a los seguidores con cualidades y grandeza, y puso el partido bajo el control de su entorno personal, de las personas que lo vestían, lo peinaban y lo bañaban, quienes aparentemente eran sus amigos personales, pero carecían de las virtudes, la entereza, las agallas, el conocimiento, la voluntad y una serie de atributos necesarios para guiar una organización que alimenta tantos conflictos y contradicciones como lo es el PRSC.
Para mi sorpresa, Balaguer estaba muy conversador, lucía muy enfadado. Cuando quise hablar para explicarle mi punto de vista del por qué el PRSC estaba descalabrado, me interrumpió, y en un tono enérgico dijo: A ese Bello, lo dejé como Presidente del partido, y de inmediato dejó que Quique se lo arrebatara. Pensé que Luís Toral, Eduardo Estrella, Joaquín Ricardo, Aníbal Páez, Licelot, Genao, Yoni y otros que fueron como mis hijos, iban a evitarlo. Las personas que yo protegí y ayudé solo esperaron mi partida para actuar con indiferencia y entregarle el partido a mi adversario.
Quise decirle que él era el culpable, y que se había equivocado con muchas de esas personas, unas eran buenas y trabajadoras, pero otras no eran sus amigos y estaban a su lado por los negocios que hacían y las ventajas que obtenían, y además tampoco tenían el carácter, ni eran los adecuados para relanzar al PRSC y convertirlo en un instrumento de poder más allá de la partida de su líder. Opté por cambiar de tema para que ese diálogo con mi maestro fuera más rico y ameno, ahora sin la presencia de ese círculo que lo rodeó y que eran capaces hasta de cobrar peaje para permitirle a ciertas personas que pudieran conversar con él.
Le pregunté: Excelencia y como usted está al tanto de todo eso. Y Me contestó: Tú recuerda la frase de don Gregorio Marañón, de que “los hombres grandes no mueren, de que simplemente se ausentan de la carne para vivir dentro del corazón de cada uno de los vivos.” Si Excelencia, recuerdo muy bien esa frase, y cuando se produjo su partida física dije que se aplicaría a su caso, que usted se había marchado de la Máximo Gómez 25 para habitar dentro del corazón de cada uno de los reformistas y de los buenos dominicanos, que somos los más, pero no ha sido así, Excelencia.
Se puso de pié, su rostro reflejó una decepción que jamás pude percibirla durante su vida, y me contestó: No ha sido así por que han salido unos malos agradecidos, unos ingratos y traidores. Han puesto mi honra y mi honor por el suelo. Una y mil veces le repetí la frase de Juan Pablo Duarte de que la política era la ciencia más pura y más noble después de la filosofía. Pensé que había dejado un grupo de hombres y mujeres con experiencia de Estado para servirle al país, dijo.
Tomé sus manos, quise decirle que no todo estaba perdido, pero no me atreví, no pude. Lo miré a los ojos y me di cuenta que estaba llorando, y compungido me dijo: Lo que más me duele es que muchas personas que consideré mis amigos, se hayan convertido en unos avariciosos que por dinero venden el alma hasta al diablo, y para colmo siguen diciendo que son mis discípulos. Cuando se reúnen en la Tiradentes a esquina San Cristóbal, en un local que debiera ser un santuario y lo han convertido en un centro para planificar negocios y perversidades, quisiera echarlo a latigazos; cuando escucho a personas como Amable, Quique, Lila, Genao y otros decir que son mis discípulos, quisiera tener manos para arrancarle las lenguas.
De repente escuché un ruido estremecedor, y fue una de las muchas descargas eléctricas que se desprendieron del cielo durante la tormenta Gustav.
sábado, 13 de septiembre de 2008
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