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Dr. Belarminio Ramírez Morillo
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miércoles, 26 de octubre de 2005

El peligro inminente de la presencia haitiana

El dominicano que emigró a otro país en busca de progreso y bienestar, por lo regular se siente agradecido del suelo que lo aloja. A finales de los años 70 y durante los años 80 del pasado siglo, en el debate político dominicano estuvo muy presente el tema haitiano.


El proceso sucesivo de crisis sociales, políticas y económicas en que cayó ese país después de la caída de la dictadura de Duvalier, llevó preocupación al liderazgo político y a sectores intelectuales dominicanos, que estaban conscientes de que la crisis que se estaba encubando en Haití conduciría inevitablemente a una migración masiva de los nacionales de ese país hacia territorio dominicano.


Fue mucho lo que se habló y se debatió por años en el patio político, en los medios de comunicación y en círculos académicos, sin que se plasmara una propuesta de nación para detener con tiempo esa ola migratoria, que de la forma como se está llevando a cabo, dentro de unas cuantas décadas pondrá a la población dominicana en minorías dentro del territorio de la República Dominicana.


Mientras el nsueño de una gran parte de los dominicanos es marcharse de este país, decepcionados por el deterioro de sus niveles de vida, arropados por el torbellino de la desesperanza, carentes de confianza y de fe en los políticos y en las instituciones públicas.


Mientras los dominicanos en busca de un mejor porvenir, optan por irse al exterior, preferiblemente a los Estados Unidos de Norteamérica, así como a países de Europa, los nacionales haitianos, en su inmensa mayoría, optan por la única oportunidad fácil que se le presenta para la sobre vivencia y el progreso, y es trasladarse al territorio dominicano.



Existe una diferencia marcada entre el dominicano que vive en el exterior y el haitiano que habíta en el territorio dominicano. El dominicano que emigró a otro país en busca de progreso y bienestar, por lo regular se siente agradecido del suelo que lo aloja. El haitiano que se encuentra en territorio dominicano, que vino por su propia cuenta y vive de forma ilegal en nuestro país, desplazando manos de obras dominicanas, no vacila en señalar su descontento por el trato recibido.


Los haitianos sin importar su nivel social reiteran sus resentimientos y odios hacia los dominicanos, y el día en que se encuentren en condiciones favorables para echar la batalla, se lanzaran en contra de los dominicanos con las mismas energías que lo hicieron en contra de los colonizadores franceses y españoles.


Fue mucho lo que se habló y se debatió por años en el patio político, en los medios de comunicación y en círculos académicos, sin que se plasmara una propuesta de nación para detener con tiempo esa ola migratoria, que de la forma como se está llevando a cabo, dentro de unas cuantas décadas pondrá a la población dominicana en minorías dentro del territorio de la República Dominicana.



Mientras el sueño de una gran parte de los dominicanos es marcharse de este país, decepcionados por el deterioro de sus niveles de vida, arropados por el torbellino de la desesperanza, carentes de confianza y de fe en los políticos y en las instituciones públicas.


Mientras los dominicanos en busca de un mejor porvenir, optan por irse al exterior, preferiblemente a los Estados Unidos de Norteamérica, así como a países de Europa, los nacionales haitianos, en su inmensa mayoría, optan por la única oportunidad fácil que se le presenta para la sobre vivencia y el progreso, y es trasladarse al territorio dominicano.


Existe una diferencia marcada entre el dominicano que vive en el exterior y el haitiano que habita en el territorio dominicano. El dominicano que emigró a otro país en busca de progreso y bienestar, por lo regular se siente agradecido del suelo que lo aloja. El haitiano que se encuentra en territorio dominicano, que vino por su propia cuenta y vive de forma ilegal en nuestro país, desplazando manos de obras dominicanas, no vacila en señalar su descontento por el trato recibido.



Los haitianos sin importar su nivel social reiteran sus resentimientos y odios hacia los dominicanos, y el día en que se encuentren en condiciones favorables para echar la batalla, se lanzaran en contra de los dominicanos con las mismas energías que lo hicieron en contra de los colonizadores franceses y españoles.


El problema es mucho más complejo, y el destino de Haití y Dominicana se une aún más, ante el hecho cierto de que mientras los descendientes de los dominicanos que están en el exterior han perdido el interés de regresar a vivir en su suelo de origen, un comportamiento similar asumen los hijos de haitianos nacidos en territorio dominicano, a quienes no les interesa irse a vivir para Haití.


La gran meta de los hijos de haitianos nacidos en el territorio dominicano es educarse en nuestras escuelas, obtener su acta de nacimiento y posteriormente la cédula de identidad y electoral para disfrutar en pleno de los derechos civiles y políticos.



Mientras los dominicanos pierden la fe en los destinos de su país, los haitianos adoran el territorio dominicano. Este comportamiento de ambas poblaciones conducirá inevitablemente a la unificación definitiva de la isla, en un plazo de tiempo que no se puede calcular, pero que si no hacemos nada, puede ser más corto de lo que pensamos.



El grave problema de la migración haitiana hacia nuestro territorio ha sido manejado con mucha irresponsabilidad por los políticos dominicanos, así como también por otros sectores de la vida nacional, dentro de los cuales se encuentran: empresarios, religiosos y académicos que se han puesto al servicio de intereses foráneos.


Lo que debió ser un tema de nación, con una propuesta de solución que involucrara la participación de todos los sectores de la vida nacional, lo convirtieron en un tema de politiquería barata. Por dos décadas los políticos de nuestro país se entretuvieron asociando el futuro de un líder político nacional –el doctor José Francisco Peña Gómez- con el problema migratorio y la ilusión de poderosos sectores haitianos de unificar la isla bajo un mismo régimen político.



Una parte importante de los dominicanos pretendieron inhabilitar a Peña Gómez por su origen político, y en ciertas medidas lo lograron. Mientras que el líder perredeísta aprovechó las acusaciones que les hacía para convertirse en una víctima, status que al parecer le gustaba, y con el que se sentía cómodo.



Mientras estábamos en esos dimes y diretes de que Peña era o no haitiano, una quinta parte de la población haitiana se trasladó hacia territorio dominicano, y hoy estamos impotentes: No sabemos que hacer con ellos. No es posible hacer lo que hizo Trujillo en 1937 que autorizó el exterminio de todos los ilegales haitianos.


No podemos repatriarlos a todos. Somos incapaces de evitar que crucen las fronteras para que estos sigan en aumento. No podemos evitar que las mujeres haitianas que viven en nuestro suelo tengan tantos hijos como les venga en gana. No podemos negarles los servicios de salud. Y ¿hasta dónde podremos resistir la presión internacional orientada a obligarnos a reconocer como dominicanos a los hijos de haitianos nacidos en nuestro territorio?



El problema es mucho más grave y preocupante aún, debido a que tenemos un gobierno que lo evade. Conociendo al doctor Leonel Fernández y a los funcionarios del peledeismo, estamos seguros de que no tomarán decisiones firmes y contundentes al respecto. Este régimen es muy sensible a la opinión pública. Se quedarán con los brazos cruzados, y dentro de tres años tendremos un millón más de haitianos en nuestro territorio. El gobierno peledeísta asume una actitud de indiferencia similar a la asumida por los regímenes perredeistas.


Por el otro lado, tenemos una clase empresarial que aunque en palabras manifiesta su preocupación por la amenaza a la dominicanidad, en los hechos prefieren emplear a los haitianos para obtener mayores beneficios. Tenemos sectores intelectuales, comunicadores y religiosos que por hacer causa común con organismos internacionales de los que reciben financiamientos, se están erigiendo en defensores y abogados de los derechos de los ilegales haitianos.


Al ritmo que vamos, la unificación de la isla es un hecho inevitable. Los dominicanos hemos sido invadidos por una raza a la que no conocemos. Nosotros no conocemos la psicología de los haitianos. Estamos conviviendo con estas personas, que están en nuestras casas, en nuestras empresas, en nuestras calles. En fin, están en nuestras vidas, y desconocemos de lo que son capaces.


El momento es oportuno para leer el libro del doctor Jean Price-Mars, titulado La República de Haití y la República Dominicana. Esa obra escrita por uno de los intelectuales haitianos más prominentes de todos los tiempos, nos permite conocer mejor la psicología del huésped no invitado que tenemos en nuestro hogar. Inclusive, nuestros políticos del patio, que en sus mayorías sólo piensan en el lucro personal, debieran dedicar parte de su tiempo a leer esta importante obra.


Estoy de acuerdo en que debido al pequeño territorio que compartimos y por la inmensa frontera que nos une estamos condenados histórica y geográficamente a convivir con los haitianos.


Comparto el juicio externado por don Manuel Arturo Peña Batlle, uno de los intelectuales más prominentes que ha tenido nuestro país, quién dedicó un tiempo importante de su vida al estudio de la historia fronteriza dominico-haitiana, cuando escribió que “la historia de nuestro país está estrechamente ligada a sus problemas fronterizos.


Para los dominicanos, la frontera, considerada no como expresión geográfica, sino como un estado social, es elemento integrante de la nacionalidad y envuelve en sí problemas sustanciales de los cuales depende en enorme proporción el porvenir de la República.”


Es necesario que las fuerzas vivas del país, sin importar banderías políticas y credos religiosos, articulemos un plan para evitar la pérdida de nuestra soberanía, de nuestra cultura, de nuestros valores, de nuestro territorio y de nuestra esencia como dominicanos.


Todos los sectores de la vida nacional deben expresar apoyo y respaldo a la Junta Central Electoral para que se mantenga firme en su decisión de no declarar a los hijos de haitianos que viven ilegalmente en nuestro territorio.


Respecto a este grave problema, la población dominicana ha quedado abandonada a su propia suerte. Los enemigos de la Patria están ganando la batalla. Nosotros somos la víctima, y sin embargo, ahora se nos condena como victimarios en la Corte Interamericana de los Derechos Humanos.


No tenemos a la Unión Nacionalista, ni a un Luis Julián Pérez, así como a otros políticos e intelectuales que dedicaron parte de su vida a orientar y educar a la población dominicana, tratando de crear conciencia sobre el peligro inminente que nos acecha.


No tenemos a un Joaquín Balaguer en la presidencia de la República, quién nunca se amilanó, y fue en la medida que las circunstancia se lo permitieron, un muro de contención que detuvo la ejecución del plan macabro que se ejecuta en contra de la Patria.


Esto no se trata de racismo. En la República Dominicana no hay blancos, ni raza pura. Pero debemos reconocer que no es lo mismo el moreno dominicano que el negro haitiano. No debemos ser indiferentes ante el peligro inminente porque atraviesa nuestra Patria.


No debemos ignorar todo el sacrificio de los padres tutelares de la República y de todos aquellos prohombres que dieron sus vidas para dejarnos como herencia un nombre en la historia de la humanidad.


No debemos quedarnos con los brazos cruzados. Los buenos dominicanos, que sin temor a equivocaciones somos las mayorías, por el bienestar de nuestros hijos y nuestros nietos, debemos hacer algo.

martes, 15 de marzo de 2005

La imagen en las ideas de Maquiavelo

“A los hombres se les valora no por lo que son, sino por lo que parecen”. E. Litton.

La opinión pública y la imagen política deben ser estudiadas partiendo de las ideas de Nicolás Maquiavelo. La tesis más analizada con nitidez y profundidad en la teoría política de Maquiavelo es la de que “el príncipe debe cuidar su reputación”. Esa afirmación, razonada y argumentada formidablemente, es de una innegable actualidad. En esta afirmación el escritor florentino reconoció el poder y el valor de la opinión pública.

Cuando el padre de la política moderna escribió que vale más al príncipe “ser amado que ser temido”, trascendió el escenario político de su época y se remontó a la moderna sociedad del marketing y la comunicación política imperante a principios del siglo XXI, donde lo que más importa a los líderes y los partidos es la imagen que sobre ellos tienen los electores. De ahí la importancia que tienen los sondeos de opinión que nos permiten conocer las actitudes, deseos y percepciones de los individuos sobre cada fenómeno o acontecimiento.

La medición de la opinión pública de parte de los actores políticos se hace cada vez más imprescindible, debido a la diversificación y proliferación de las fuerzas políticas que interactúan dentro del cuerpo social con el interés de conquistar el poder o de influir en la toma de decisiones públicas.

A lo largo de su prestigiosa obra -El Príncipe-, Nicolas Maquiavelo enfatizó sobre la necesidad de que el príncipe mantenga contento al pueblo. Aduce que, “un príncipe debe tener poco temor a las conjuras cuando goza del favor del pueblo; pero si éste es enemigo suyo y le odia, debe temer de cualquier cosa y a todos. Los Estados bien ordenados y los príncipes sabios han buscado con toda su diligencia los medios para no reducir a la desesperación a los nobles y para dar satisfacción al pueblo y tenerlo contento, porque ésta es una de las materias y cuestiones más importante para un príncipe.

Es sorprendente también, la forma como Maquiavelo enfocó lo relacionado al comportamiento del gobernante -imagen y apariencia-, así como al poder ilimitado del pueblo. La mejor fortaleza, escribe el escritor florentino, “es no ser odiado por el pueblo, porque por muchas fortalezas que tengas, si el pueblo te odia, no te salvarán”.

No siempre se tiene éxito en la creación de la imagen. Se puede proyectar una imagen determinada sobre la opinión pública y ésta puede recibirla y aceptarla o, por el contrario, hacerse una diferente de la que se pretende crear.

De ahí que, la misión del mercadólogo y publicista no es crear una imagen en la opinión pública, si no, estudiar al conglomerado para que el candidato adopte el comportamiento que la opinión pública desea. Menospreciar la opinión pública o enfrentarse a ella resulta extremadamente peligroso.

Una vez realizada la investigación del mercado político y detectado los requerimientos, el candidato debe plantear solución a cada problema específico. Los hombres, como señala Maquiavelo, “aunque se engañan en los asuntos generales, no se engañan en los particulares”.
Maquiavelo reconoce que el pueblo es tornadizo e influenciable. La naturaleza de los pueblos es cambiante y resulta fácil persuadirles de algo, pero es difícil mantenerles en esta persuasión. El pueblo conserva la inercia de la apariencia y de la costumbre y no cree fácilmente en la novedad, no sabe reconocer este fenómeno político fundamental. El modo de conocimiento perceptivo e inmediato del pueblo limita ese conocimiento a la apariencia, a la imagen que le sea ofrecida, y le impide conocer la motivación y el pensamiento político subyacente

lunes, 31 de enero de 2005

La comunicación política

La democracia es inseparable de la participación, y ésta de la información. La organización política es inseparable del consenso, y éste de la manipulación.


La comunicación y la política son elementos esenciales para la vida del ser humano, puesto que le han ayudado a organizarse, vivir en sociedad y generar el progreso. La comunicación y la política se expresan a través del hombre. El hombre hace política valiéndose de la comunicación, y la utiliza con el propósito de persuadir a sus semejantes para que sigan ciertas normas, principios, valores y sistemas.


La comunicación es un acto de naturaleza política, y sin comunicación la política está limitada en cuanto a su alcance, significado y posibilidades, puesto que como señala un viejo axioma: “Lo que no se comunica, no existe”.


La comunicación, desde la óptica de la política, busca un mejor entendimiento entre los sectores que componen la sociedad, y entre la sociedad y su gobierno, propiciando un equilibrio entre los medios de comunicación, a fin de que cumplan con el cometido de informar la verdad, ayudados por la política en cuanto al mantenimiento de un clima de libertad y equidad.


La comunicación política aborda fenómenos de liderazgo y poder en el ámbito de la función pública y de la influencia social, estableciendo vínculos de comunicación entre gobernantes y gobernados, instituciones y demandantes de servicios, así como entre candidatos y electores. De este modo, los medios de comunicación contribuyen a propiciar un clima de opinión donde todos los sectores puedan expresarse y participar, lo que facilita el logro del consenso.


La comunicación política desempeña un papel importante en el funcionamiento de los sistemas políticos y en el desarrollo de las campañas electorales. Ha sido catalogada como la sustancia que fluye entre sus diferentes componentes. Es el proceso de transmisión y recepción de mensajes, desde y hacia los componentes del sistema político. Como el hombre es político por naturaleza, la comunicación política es inmanente al ser humano. La democracia es inseparable de la participación, y ésta de la información. La organización política es inseparable del consenso, y éste de la manipulación.

La comunicación política es un campo de estudios especializados que se encarga del estudio de la opinión pública, el análisis de contenido de los mensajes políticos, la propaganda política, la conducta político-social, el liderazgo y los grupos de poder. En la medida en que la población crece y la sociedad se vuelve más compleja, la comunicación política gana importancia en las sociedades modernas.