Estos tres líderes por un lado eran alabados y por otro eran criticados. Se les dio el mote de caudillos, pero con una actitud peyorativa, como si fuera algo malo.
La República Dominicana es uno de los pocos países del mundo que ha tenido la oportunidad de conjugar en el mismo tiempo y espacio a tres líderes políticos con la sensibilidad social, apego a los sagrados intereses nacionales y dimensiones humanas de Joaquín Balaguer, Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez.
La estabilidad política y el progreso ininterrumpido alcanzado en República Dominicana en las últimas cuatro décadas del pasado siglo, se debió fundamentalmente a la forma como estos tres prominentes líderes asumieron la responsabilidad de hacer de la República Dominicana una sociedad en la que se pudiera vivir de forma civilizada.
El liderazgo de relevo de Bosch, Balaguer y Peña Gómez, en ciertas medidas, no está asimilando la dimensión de los aportes que estas tres figuras hicieron a la sociedad dominicana. Hemos caído en una fanfarronería barata, en una política de patio sin fundamento y sin sentido. Las luchas políticas se reducen al despilfarro de recursos en una publicidad que por un lado atenta contra el medio ambiente, y por otro lado, debido al pésimo fundamento de sus mensajes, implica un insulto a la inteligencia del dominicano.
Es poco lo que se dice de Balaguer, Bosch y Peña Gómez a lo interno de los partidos: PRSC, PLD y PRD. El legado de estos líderes ha sido lanzado al zafacón de la historia por quienes en el pasado se calificaron como sus discípulos.
Es entendible la actitud de los amos del poder partidario, ya que si comienzan a resaltar las virtudes de grandeza de Balaguer, Bosch y Peña Gómez, entonces ellos quedarían muy mal parados, puesto que son la negación y la antitesis de esos tres gigantes de la política contemporánea.
Balaguer, Bosch y Peña Gómez fueron algo especial, porque en ellos se conjugó liderazgo político con grandeza intelectual y sensibilidad social. El espacio que ocuparon en el escenario nacional e internacional lo consiguieron en base a su propio esfuerzo, fruto de su trabajo, genio y talento.
En el año 1983, mientras estudiaba Ciencias Políticas, pude reflexionar y valorar el privilegio de esta mágica y prosaica isla del Caribe de contar en el mismo tiempo y espacio con tres líderes de tan exquisitas virtudes humanas. A diario leía las noticias sobre las crisis que afectaban la estabilidad y la gobernabilidad en varios países del continente, incluyendo a naciones más desarrolladas y ricas que la nuestra, como fueron los casos de Chile y Argentina, mientras los jóvenes de mi generación teníamos el privilegio de vivir y capacitarnos en un clima de armonía y tranquilidad.
Mientras los jóvenes de otros países del continente, incluyendo a varios de Centro América se alzaban en armas en las montañas, demandando un clima democrático, los jóvenes dominicanos, aunque con nuestros ideales revolucionarios en la cabeza, algo natural en esa época, con una facilidad espectacular teníamos la oportunidad de hacernos profesionales. Inclusive, los jóvenes del interior del país que tenían deseo de progresar, como fue el caso nuestro, encontraron la facilidad de que algún familiar les abriera las puertas de su casa y les diera alojamiento.
En los años 90, debido a las avanzadas edades de Balaguer y Bosch, así como a la enfermedad de Peña Gómez, fue puesta en la agenda del debate nacional la necesidad de forjar un liderazgo de relevo. Estos tres líderes por un lado eran alabados y por otro eran criticados. Se les dio el mote de caudillos, pero con una actitud peyorativa, como si fuera algo malo.
Las mayorías de los intelectuales dominicanos incurrieron en el error de culpar a Balaguer, Bosch y Peña Gómez de la debilidad institucional de sus partidos. Se argumentaba en todos los escenarios de reflexión política, que el carisma y mesianismo de esos líderes impedían el fortalecimiento institucional de las organizaciones partidarias.
Ahora nos damos cuentas que ese fue un juicio erróneo, puesto que la fortaleza de los partidos estaba supeditada a la grandeza de sus lideres. Con la salida física de Balaguer, Bosch y Peña Gómez del escenario, los partidos se han debilitado en el sentido amplio de la palabra. El liderazgo de relevo ni siquiera ha sido capaz de comportarse como liderazgo colegiado.
El nuevo liderazgo partidario, que habrá que hacer un análisis semántica de la palabra líder para determinar si merecen ese calificativo, ni siquiera ha sido capaz de arbitrar procesos internos creíbles de escogencia de candidatos y de directivos.
Mientras el país se cae a pedazos como consecuencia del deterioro de los niveles de vida de los ciudadanos y la población cae en el abismo de la desesperanza, los llamados lideres políticos de este país, han ocupado cuatro meses al cabildeo y maniobras para sostener alianzas de cara al certamen electoral venidero.
En este proceso preelectoral los partidos han quedado al desnudo. No existe discrepancia ideológica ni de ninguna naturaleza entre un partido y otro.
Los actores partidarios protagonistas de los procesos de alianzas políticas sin darse cuenta preparan la misa para el entierro de las organizaciones políticas.
Como los partidos se han igualados, entonces ¿cuál será el discurso de estos después de las elecciones? Cometen un grave error si vuelven de nuevo a la letanía tradicional de culparse uno a otro de los problemas nacionales.
Algún entendido en la materia dirá que en lo adelante las campañas electorales dominicanas serán personalizadas igual que en los Estados Unidos, donde importa más la imagen y el perfil del candidato que el partido que lo postula. Entonces yo me pregunto: ¿Dónde está el liderazgo con las virtudes requeridas para sacar a este país del atolladero en que se encuentra?
Es el momento de volver a las enseñanzas de Balaguer, Bosch y Peña Gómez.
Es el momento de forjar un liderazgo que tenga como meta servirle al país.
La República Dominicana es uno de los pocos países del mundo que ha tenido la oportunidad de conjugar en el mismo tiempo y espacio a tres líderes políticos con la sensibilidad social, apego a los sagrados intereses nacionales y dimensiones humanas de Joaquín Balaguer, Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez.
La estabilidad política y el progreso ininterrumpido alcanzado en República Dominicana en las últimas cuatro décadas del pasado siglo, se debió fundamentalmente a la forma como estos tres prominentes líderes asumieron la responsabilidad de hacer de la República Dominicana una sociedad en la que se pudiera vivir de forma civilizada.
El liderazgo de relevo de Bosch, Balaguer y Peña Gómez, en ciertas medidas, no está asimilando la dimensión de los aportes que estas tres figuras hicieron a la sociedad dominicana. Hemos caído en una fanfarronería barata, en una política de patio sin fundamento y sin sentido. Las luchas políticas se reducen al despilfarro de recursos en una publicidad que por un lado atenta contra el medio ambiente, y por otro lado, debido al pésimo fundamento de sus mensajes, implica un insulto a la inteligencia del dominicano.
Es poco lo que se dice de Balaguer, Bosch y Peña Gómez a lo interno de los partidos: PRSC, PLD y PRD. El legado de estos líderes ha sido lanzado al zafacón de la historia por quienes en el pasado se calificaron como sus discípulos.
Es entendible la actitud de los amos del poder partidario, ya que si comienzan a resaltar las virtudes de grandeza de Balaguer, Bosch y Peña Gómez, entonces ellos quedarían muy mal parados, puesto que son la negación y la antitesis de esos tres gigantes de la política contemporánea.
Balaguer, Bosch y Peña Gómez fueron algo especial, porque en ellos se conjugó liderazgo político con grandeza intelectual y sensibilidad social. El espacio que ocuparon en el escenario nacional e internacional lo consiguieron en base a su propio esfuerzo, fruto de su trabajo, genio y talento.
En el año 1983, mientras estudiaba Ciencias Políticas, pude reflexionar y valorar el privilegio de esta mágica y prosaica isla del Caribe de contar en el mismo tiempo y espacio con tres líderes de tan exquisitas virtudes humanas. A diario leía las noticias sobre las crisis que afectaban la estabilidad y la gobernabilidad en varios países del continente, incluyendo a naciones más desarrolladas y ricas que la nuestra, como fueron los casos de Chile y Argentina, mientras los jóvenes de mi generación teníamos el privilegio de vivir y capacitarnos en un clima de armonía y tranquilidad.
Mientras los jóvenes de otros países del continente, incluyendo a varios de Centro América se alzaban en armas en las montañas, demandando un clima democrático, los jóvenes dominicanos, aunque con nuestros ideales revolucionarios en la cabeza, algo natural en esa época, con una facilidad espectacular teníamos la oportunidad de hacernos profesionales. Inclusive, los jóvenes del interior del país que tenían deseo de progresar, como fue el caso nuestro, encontraron la facilidad de que algún familiar les abriera las puertas de su casa y les diera alojamiento.
En los años 90, debido a las avanzadas edades de Balaguer y Bosch, así como a la enfermedad de Peña Gómez, fue puesta en la agenda del debate nacional la necesidad de forjar un liderazgo de relevo. Estos tres líderes por un lado eran alabados y por otro eran criticados. Se les dio el mote de caudillos, pero con una actitud peyorativa, como si fuera algo malo.
Las mayorías de los intelectuales dominicanos incurrieron en el error de culpar a Balaguer, Bosch y Peña Gómez de la debilidad institucional de sus partidos. Se argumentaba en todos los escenarios de reflexión política, que el carisma y mesianismo de esos líderes impedían el fortalecimiento institucional de las organizaciones partidarias.
Ahora nos damos cuentas que ese fue un juicio erróneo, puesto que la fortaleza de los partidos estaba supeditada a la grandeza de sus lideres. Con la salida física de Balaguer, Bosch y Peña Gómez del escenario, los partidos se han debilitado en el sentido amplio de la palabra. El liderazgo de relevo ni siquiera ha sido capaz de comportarse como liderazgo colegiado.
El nuevo liderazgo partidario, que habrá que hacer un análisis semántica de la palabra líder para determinar si merecen ese calificativo, ni siquiera ha sido capaz de arbitrar procesos internos creíbles de escogencia de candidatos y de directivos.
Mientras el país se cae a pedazos como consecuencia del deterioro de los niveles de vida de los ciudadanos y la población cae en el abismo de la desesperanza, los llamados lideres políticos de este país, han ocupado cuatro meses al cabildeo y maniobras para sostener alianzas de cara al certamen electoral venidero.
En este proceso preelectoral los partidos han quedado al desnudo. No existe discrepancia ideológica ni de ninguna naturaleza entre un partido y otro.
Los actores partidarios protagonistas de los procesos de alianzas políticas sin darse cuenta preparan la misa para el entierro de las organizaciones políticas.
Como los partidos se han igualados, entonces ¿cuál será el discurso de estos después de las elecciones? Cometen un grave error si vuelven de nuevo a la letanía tradicional de culparse uno a otro de los problemas nacionales.
Algún entendido en la materia dirá que en lo adelante las campañas electorales dominicanas serán personalizadas igual que en los Estados Unidos, donde importa más la imagen y el perfil del candidato que el partido que lo postula. Entonces yo me pregunto: ¿Dónde está el liderazgo con las virtudes requeridas para sacar a este país del atolladero en que se encuentra?
Es el momento de volver a las enseñanzas de Balaguer, Bosch y Peña Gómez.
Es el momento de forjar un liderazgo que tenga como meta servirle al país.

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