La Asamblea se celebró el 3 de octubre de 1961, y en el turno concedido a la República Dominicana, Balaguer pronunció un discurso antológico que por su esencia merece ser estudiado por las presentes y futuras generaciones.
(“Un pueblo no es verdaderamente libre mientras que la libertad no esté arraigada en sus costumbres e identificada con ellas”Mariano José de Larra.)
El 2 de octubre de 1961, Balaguer se dirigió a la ciudad de Nueva York para participar en la Sesión Plenaria de la Organización de las Naciones Unidas. El presidente dominicano se había propuesto un gran reto: “lograr el levantamiento de las sanciones que habían sido impuestas por la ONU”.
La Asamblea se celebró el 3 de octubre de 1961, y en el turno concedido a la República Dominicana, Balaguer pronunció un discurso antológico que por su esencia merece ser estudiado por las presentes y futuras generaciones.
El presidente Balaguer hizo una radiografía de los cambios políticos y económicos escenificados después de la muerte de Trujillo.
Enfatizó sobre la necesidad de establecer un régimen de plenas libertades públicas y los trabajos encaminados a la producción de un marco legal que regulen las actividades económicas según los requerimientos de los nuevos tiempos.
Dijo que el país estaba siendo reestructurado en función de los esquemas liberales: Separación de los poderes del Estado, autonomía para los ayuntamientos y la universidad del Estado, y en fin, el nacimiento pleno de un estado de derecho
Balaguer fue enfático al señalar que el país avanzaba hacia la democracia. “El edificio de la dictadura se ha desplomado totalmente, y sobre sus ruinas hemos empezado a edificar, con paciencia y sin alardes demagógicos, un régimen fundido en los viejos moldes que nos legaron los fundadores de la República”
Pero, no ocultó la realidad política que vivía el país. “El proceso abierto para redimir nuestras costumbres de todo primitivismo político, y para liberalizar nuestras instituciones, no se está cumpliendo, desde luego, ni sin tropiezos ni sin limitaciones.
Hay fuerzas negativas que se oponen a ese proceso de democratización con toda la ferocidad de sus instintos cavernarios. Las corrientes oposicionistas que se reincorporan a la vida civil de la República carecen, por otra parte, de la educación cívica necesaria, y con frecuencia traspasan las fronteras de la ley en un abierto desafío contra el orden y en un desconocimiento antojadizo de los poderes legítimos del Estado”
Esos planteamientos de Balaguer fueron un preámbulo para conmover a los delegados de las Naciones Unidas. Les dijo que si estaban interesados en contribuir a la democratización de la sociedad dominicana, al desarrollo económico y al imperio de un clima de paz y estabilidad, la forma más idónea de hacerlo era levantando las sanciones que mantenían al país excluido del resto del mundo.
Allí no habló el servir de la tiranía. Habló el gobernante interesado en encauzar a la nación por el sendero de la paz y la prosperidad. Era el único dominicano que a pesar de servir durante 31 años a la Era de Trujillo estaba en capacidad para enjuiciarla, porque no fue parte de la maledicencia del régimen.
Actuó con inteligencia, y como escribió Enriquillo Sánchez: ¿fue un trujillista que simuló ser trinitario para ser amado o un trinitario que actuó como trujillista para vencer? Jamás lo sabremos. Tal es su eternidad. Tal es su leyenda”.
La familia dominicana estaba desorientada. El pueblo quería democracia, pero los voceros y representantes de los grupos políticos les estaban guiando por un camino incorrecto para llegar a ella. El escenario era complicado, no había cultura para la democracia.
Los sectores de mayor poder económico se comportaban como activistas y agitadores, en vez de contribuir al orden, provocaban el desorden. El liderazgo político y estudiantil emergente presionaba por cambios que contribuyeran a la democracia, pero ellos mismos desconocían el fundamento de ese sistema político.
En el cuadro presentado por Balaguer en su discurso a los delegados de la ONU, dejó entrever todo cuanto sucedería en el país en los meses venideros. Dijo: “El ambiente está lleno de elementos explosivos y de fenómenos revolucionarios. Se trata de un pueblo que, como todos los pueblos latinoamericanos, se halla arrastrado por una irrefrenable afición política y que aspira a una vida mejor sin tener una noción clara del camino a elegir para realizar su destino.”
Balaguer convenció al auditorio y les movió a obrar para levantar la sanción. Obró con elocuencia y sabiduría, sin cuyo concurso se hubieran agotado los demás esfuerzos. No hay dudas de que sin un árbitro como Balaguer, el país hubiera caído en manos de un militar que implantaría medidas de represión contra las masas. Aconsejó Azorín: “Sepa conservarse el político en el fiel de la balanza. No pierda nunca el sentido del equilibrio. En el arte del gobierno, el equilibrio consiste en ser entero o condescendiente, según los casos.”
El discurso de Balaguer en la ONU cambió el curso de los acontecimientos en la República Dominicana. La pieza oratoria llenó las expectativas y diversos sectores de la vida nacional felicitaron al mandatario. El efecto mayor del discurso fue que además de contribuir a levantar las sanciones dejó claro que el proceso de democratización iniciado con la muerte de Trujillo no tenía retroceso. En lo adelante, tanto Ramfis como los demás miembros de su familia entendieron que no tenían otra opción que no fuera la de abandonar el territorio nacional, y arreciaron sus pasos al respecto.
El 14 de noviembre de 1961, en carta enviada a Balaguer, Ramfis renunció como Jefe de Estado Mayor conjunto de las Fuerzas Armadas. Con ese hecho el escenario político tomó un nuevo giro, ya que Balaguer quedó con libertad para encaminar las reformas demandadas con menos obstáculos, y además, la salida de los Trujillo les dio más credibilidad a las actuaciones del nuevo gobierno.
Balaguer estaba consciente de que con la presencia de los familiares del tirano en el país no era posible realizar los cambios que demandaban las mayorías. Por tanto, de forma astuta creó un escenario para que estos entendieran que por el bien de ellos debían abandonar el territorio nacional, sin la necesidad de que se recurriera a más actos de violencia.
Tras la renuncia de Ramfis se iniciaron las negociaciones para que salieran del país. Ramfis se marchó la noche del 17 de noviembre de 1961, pero antes asesinó al grupo de héroes que ajusticiaron a su padre: Pedro Livio Cedeño, Modesto Eugenio Díaz Quezada, Luís Manuel Cáceres Michel, Huáscar Tejeda Pimentel, Salvador Estrella Sadhalá y Roberto Pastoriza Neret, quienes estaban presos en la cárcel de la Victoria.
Algunos historiadores han querido vincular a Balaguer con el grupo de hombres heroicos que pusieron final a la vida de Trujillo. Balaguer ni traicionó, ni conspiró, pero entendió, como señaló Gregorio Marañón, “cuando a un hombre le traicionan cuantos le rodean, más lógico que vituperar a los traidores, es buscar la causa de que todos coincidan en traicionarle. Casi siempre esta causa está en la falta de generosidad del traicionado.”
Por eso, Balaguer fue comedido y cuidadoso al enjuiciar a Trujillo y a sus justicieros. Admitió las desviaciones y excesos del tirano, pero a la vez, reconoció sus virtudes y aportes al desarrollo de la nación. Con esa misma cautela se manejó con respecto a los ajusticiadores de Trujillo. Nunca aplaudió la acción por estos cometida, pero siempre les distinguió y reconoció sus sacrificios por la democracia, la paz y la tranquilidad de la familia dominicana.
Los demás integrantes de la familia Trujillo salieron del país el 22 de noviembre, según había sido anunciado por Balaguer, pero antes se produjo un incidente entre Balaguer y Petan Trujillo, éste último le exigió cien mil pesos al gobierno, alegando que no tenía dinero ó de lo contrario se negaba a salir del país. Relata el historiador Aliro Paulino, espectador de los hechos que: “En la mañana del 19 de noviembre el Presidente Balaguer estuvo prácticamente prisionero de parte de Petan y sus espalderos remanentes de los llamados “cucuyos de la cordillera”.
Tras la salida de los Trujillo, Balaguer instauró un estado de derecho, y el 31 de diciembre de 1961, promulgó la Ley de Amnistía a todos los encarcelados por delitos políticos ó por vinculación con la muerte de Trujillo. Ese acontecimiento fue el primer gran triunfo para el proceso de democratización que se iniciaba, pero al mismo tiempo, incrementó el peligro para la seguridad personal de Balaguer, quien estaba consciente de que los descendientes del tirano más tarde tratarían de eliminarlo.
Balaguer sabía -como dice Curzio Malaparte- que esa tipología de personas son incapaces de perdonar a un hombre distinto a ellos. Giovanni Di Pietro dice que, “aunque él lo quisiera o no, tuvo que tomar en consideración la inexorable marcha hacia la democracia, y lo hizo”. Más tarde quedaron las puertas de la República abiertas para todos los exiliados y desterrados por el régimen.
(“Un pueblo no es verdaderamente libre mientras que la libertad no esté arraigada en sus costumbres e identificada con ellas”Mariano José de Larra.)
El 2 de octubre de 1961, Balaguer se dirigió a la ciudad de Nueva York para participar en la Sesión Plenaria de la Organización de las Naciones Unidas. El presidente dominicano se había propuesto un gran reto: “lograr el levantamiento de las sanciones que habían sido impuestas por la ONU”.
La Asamblea se celebró el 3 de octubre de 1961, y en el turno concedido a la República Dominicana, Balaguer pronunció un discurso antológico que por su esencia merece ser estudiado por las presentes y futuras generaciones.
El presidente Balaguer hizo una radiografía de los cambios políticos y económicos escenificados después de la muerte de Trujillo.
Enfatizó sobre la necesidad de establecer un régimen de plenas libertades públicas y los trabajos encaminados a la producción de un marco legal que regulen las actividades económicas según los requerimientos de los nuevos tiempos.
Dijo que el país estaba siendo reestructurado en función de los esquemas liberales: Separación de los poderes del Estado, autonomía para los ayuntamientos y la universidad del Estado, y en fin, el nacimiento pleno de un estado de derecho
Balaguer fue enfático al señalar que el país avanzaba hacia la democracia. “El edificio de la dictadura se ha desplomado totalmente, y sobre sus ruinas hemos empezado a edificar, con paciencia y sin alardes demagógicos, un régimen fundido en los viejos moldes que nos legaron los fundadores de la República”
Pero, no ocultó la realidad política que vivía el país. “El proceso abierto para redimir nuestras costumbres de todo primitivismo político, y para liberalizar nuestras instituciones, no se está cumpliendo, desde luego, ni sin tropiezos ni sin limitaciones.
Hay fuerzas negativas que se oponen a ese proceso de democratización con toda la ferocidad de sus instintos cavernarios. Las corrientes oposicionistas que se reincorporan a la vida civil de la República carecen, por otra parte, de la educación cívica necesaria, y con frecuencia traspasan las fronteras de la ley en un abierto desafío contra el orden y en un desconocimiento antojadizo de los poderes legítimos del Estado”
Esos planteamientos de Balaguer fueron un preámbulo para conmover a los delegados de las Naciones Unidas. Les dijo que si estaban interesados en contribuir a la democratización de la sociedad dominicana, al desarrollo económico y al imperio de un clima de paz y estabilidad, la forma más idónea de hacerlo era levantando las sanciones que mantenían al país excluido del resto del mundo.
Allí no habló el servir de la tiranía. Habló el gobernante interesado en encauzar a la nación por el sendero de la paz y la prosperidad. Era el único dominicano que a pesar de servir durante 31 años a la Era de Trujillo estaba en capacidad para enjuiciarla, porque no fue parte de la maledicencia del régimen.
Actuó con inteligencia, y como escribió Enriquillo Sánchez: ¿fue un trujillista que simuló ser trinitario para ser amado o un trinitario que actuó como trujillista para vencer? Jamás lo sabremos. Tal es su eternidad. Tal es su leyenda”.
La familia dominicana estaba desorientada. El pueblo quería democracia, pero los voceros y representantes de los grupos políticos les estaban guiando por un camino incorrecto para llegar a ella. El escenario era complicado, no había cultura para la democracia.
Los sectores de mayor poder económico se comportaban como activistas y agitadores, en vez de contribuir al orden, provocaban el desorden. El liderazgo político y estudiantil emergente presionaba por cambios que contribuyeran a la democracia, pero ellos mismos desconocían el fundamento de ese sistema político.
En el cuadro presentado por Balaguer en su discurso a los delegados de la ONU, dejó entrever todo cuanto sucedería en el país en los meses venideros. Dijo: “El ambiente está lleno de elementos explosivos y de fenómenos revolucionarios. Se trata de un pueblo que, como todos los pueblos latinoamericanos, se halla arrastrado por una irrefrenable afición política y que aspira a una vida mejor sin tener una noción clara del camino a elegir para realizar su destino.”
Balaguer convenció al auditorio y les movió a obrar para levantar la sanción. Obró con elocuencia y sabiduría, sin cuyo concurso se hubieran agotado los demás esfuerzos. No hay dudas de que sin un árbitro como Balaguer, el país hubiera caído en manos de un militar que implantaría medidas de represión contra las masas. Aconsejó Azorín: “Sepa conservarse el político en el fiel de la balanza. No pierda nunca el sentido del equilibrio. En el arte del gobierno, el equilibrio consiste en ser entero o condescendiente, según los casos.”
El discurso de Balaguer en la ONU cambió el curso de los acontecimientos en la República Dominicana. La pieza oratoria llenó las expectativas y diversos sectores de la vida nacional felicitaron al mandatario. El efecto mayor del discurso fue que además de contribuir a levantar las sanciones dejó claro que el proceso de democratización iniciado con la muerte de Trujillo no tenía retroceso. En lo adelante, tanto Ramfis como los demás miembros de su familia entendieron que no tenían otra opción que no fuera la de abandonar el territorio nacional, y arreciaron sus pasos al respecto.
El 14 de noviembre de 1961, en carta enviada a Balaguer, Ramfis renunció como Jefe de Estado Mayor conjunto de las Fuerzas Armadas. Con ese hecho el escenario político tomó un nuevo giro, ya que Balaguer quedó con libertad para encaminar las reformas demandadas con menos obstáculos, y además, la salida de los Trujillo les dio más credibilidad a las actuaciones del nuevo gobierno.
Balaguer estaba consciente de que con la presencia de los familiares del tirano en el país no era posible realizar los cambios que demandaban las mayorías. Por tanto, de forma astuta creó un escenario para que estos entendieran que por el bien de ellos debían abandonar el territorio nacional, sin la necesidad de que se recurriera a más actos de violencia.
Tras la renuncia de Ramfis se iniciaron las negociaciones para que salieran del país. Ramfis se marchó la noche del 17 de noviembre de 1961, pero antes asesinó al grupo de héroes que ajusticiaron a su padre: Pedro Livio Cedeño, Modesto Eugenio Díaz Quezada, Luís Manuel Cáceres Michel, Huáscar Tejeda Pimentel, Salvador Estrella Sadhalá y Roberto Pastoriza Neret, quienes estaban presos en la cárcel de la Victoria.
Algunos historiadores han querido vincular a Balaguer con el grupo de hombres heroicos que pusieron final a la vida de Trujillo. Balaguer ni traicionó, ni conspiró, pero entendió, como señaló Gregorio Marañón, “cuando a un hombre le traicionan cuantos le rodean, más lógico que vituperar a los traidores, es buscar la causa de que todos coincidan en traicionarle. Casi siempre esta causa está en la falta de generosidad del traicionado.”
Por eso, Balaguer fue comedido y cuidadoso al enjuiciar a Trujillo y a sus justicieros. Admitió las desviaciones y excesos del tirano, pero a la vez, reconoció sus virtudes y aportes al desarrollo de la nación. Con esa misma cautela se manejó con respecto a los ajusticiadores de Trujillo. Nunca aplaudió la acción por estos cometida, pero siempre les distinguió y reconoció sus sacrificios por la democracia, la paz y la tranquilidad de la familia dominicana.
Los demás integrantes de la familia Trujillo salieron del país el 22 de noviembre, según había sido anunciado por Balaguer, pero antes se produjo un incidente entre Balaguer y Petan Trujillo, éste último le exigió cien mil pesos al gobierno, alegando que no tenía dinero ó de lo contrario se negaba a salir del país. Relata el historiador Aliro Paulino, espectador de los hechos que: “En la mañana del 19 de noviembre el Presidente Balaguer estuvo prácticamente prisionero de parte de Petan y sus espalderos remanentes de los llamados “cucuyos de la cordillera”.
Tras la salida de los Trujillo, Balaguer instauró un estado de derecho, y el 31 de diciembre de 1961, promulgó la Ley de Amnistía a todos los encarcelados por delitos políticos ó por vinculación con la muerte de Trujillo. Ese acontecimiento fue el primer gran triunfo para el proceso de democratización que se iniciaba, pero al mismo tiempo, incrementó el peligro para la seguridad personal de Balaguer, quien estaba consciente de que los descendientes del tirano más tarde tratarían de eliminarlo.
Balaguer sabía -como dice Curzio Malaparte- que esa tipología de personas son incapaces de perdonar a un hombre distinto a ellos. Giovanni Di Pietro dice que, “aunque él lo quisiera o no, tuvo que tomar en consideración la inexorable marcha hacia la democracia, y lo hizo”. Más tarde quedaron las puertas de la República abiertas para todos los exiliados y desterrados por el régimen.
