La gente tenía una necesidad irrefrenable de creer en algo, y Balaguer ofreció un nuevo régimen político y un nuevo modelo socioeconómico.
(“Nadie es dueño del público, sino cuando es dueño de sí mismo, y nadie es dueño de sí mismo, sino cuando es dueño de su voz” Dale Carnegie).
Balaguer entendió la coyuntura política de 1966. Sin proponérselo se convirtió en el heraldo del optimismo y la determinación de una sociedad casi asfixiada por la inseguridad y el derrotismo.
Tenía las cualidades necesarias para satisfacer el apetito del pueblo. Sabía que la sociedad dominicana vivía un proceso de transformación, y por tanto, la gente tenía necesidad de creer en algo.
La única forma de convertirse en líder nacional y consolidar su liderazgo, era desarrollando los dotes, primero de profeta y luego de estadista. Debía profesar algo, y lo hizo. Sus palabras llenas de histrionismo llegaron al corazón del pueblo. Por eso se convirtió en el centro de la necesidad de cambio dentro del orden establecido, ofreciéndoles a los dominicanos una causa o una nueva convicción a la que adherir.
El escenario nacional requería de postulados políticos nuevos, así como de un pensamiento consagrado a recobrar las esperanzas en el porvenir. La gente tenía una necesidad irrefrenable de creer en algo, y Balaguer ofreció un nuevo régimen político y un nuevo modelo socioeconómico.
Balaguer, como argumentó Federico Henríquez Gratereaux, “construyó su propia visión de la historia nacional, la cual por supuesto no era del agrado de las minorías urbanas educadas”. Le ofertó al país una nueva causa, o más bien, una nueva convicción a la que adherir, que sirvió de muro de contención al avance de los grupos que pregonaban las ideologías comunistas.
En la campaña electoral de 1966, Balaguer logró que los dominicanos prestaran atención a su discurso, puesto que el mismo era una réplica de patriotismo, optimismo y esperanza de un porvenir mejor. Le favoreció la participación tímida de Juan Bosch en la contienda, quien en la campaña electoral de 1962 contribuyó a que amplios sectores populares se interesaran por el discurso de contenido político.
Nadie sigue a los incrédulos. Alcanza el galardón de líder sólo quien cree en algo. Para crear un culto es indispensable lograr la atención. En la estructura de su discurso, Balaguer incluyó dos elementos. Por un lado, ofreció algo grandioso y renovador -revolución sin sangre-, y por otro lado, hizo gala de una vaguedad absoluta, utilizando palabras de gran resonancia, pero de significado indefinido, palabras llenas de ardor y entusiasmo.
Eran palabras que conducían a la interpretación, a la reflexión, cada oyente o lector le buscaba su propio significado. Esa combinación, dice Robert Greene, habrá de generar todo tipo de sueños vagos e indefinidos entre los integrantes de su público, que harán sus propias conexiones y verán lo que deseen ver. Por la misma razón procure que el objeto de su culto sea algo novedoso y reciente, a fin de que muy pocos lo entiendan. Si se la maneja con habilidad, la combinación de promesas vagas, conceptos brumosos pero seductores y un ardiente entusiasmo condicionará el ánimo de la gente y convocará un grupo en torno a usted.
El discurso de Balaguer se fundamentó básicamente en la doctrina política sustentada por el General Juan Domingo Perón en la Argentina, bautizada con el nombre de justicialismo. Tenía a su favor el hecho de haber estudiado y conocido pormenorizadamente los regímenes políticos del continente que habían logrado grandes reformas sociales, políticas y económicas apoyándose en el poder de las masas. Las buenas relaciones que mantenía con el propulsor del justicialismo como doctrina política intermedia entre el marxismo y el capitalismo, fueron factores influyentes en la declaración de principios del Partido Acción Social que posteriormente recibió el nombre de Partido Reformista, el 1ro. de agosto de 1964.
Para comprobar la importancia dada por Balaguer a la doctrina peronista, basta con leer la carta que le envió el líder argentino, el 6 de agosto de 1962, desde su exilio en Madrid, donde se podrá apreciar la relación existente entre el justicialismo de Perón y la declaración de principios de los partidos: Acción Social y Reformista.
En la campaña electoral de 1966, Balaguer estaba sólo en el play, era pitcher y bateador al mismo tiempo. Cuatro años después de su salida al exilio, el pueblo se dio cuenta de que sólo él tenía las condiciones para lograr la transición política. Quienes en el ayer lo acusaron de haber entregado al pueblo los bienes de la familia Trujillo y de haber repartido entre los pobres miles de guaguas, carros, motores y triciclos, cuando asumieron el gobierno, aunque durante días o meses, no repartieron nada a los necesitados, pero sí, fomentaron el contrabando y la corrupción en beneficio de pequeños grupos de poder y en detrimento de la inmensa mayoría.
Joaquín Balaguer era portavoz de un mensaje sano, libre de fanatismos y pasiones sectarias. Ganó las elecciones combinando su filosofía de justicia social con un profundo y duradero patriotismo y un optimismo contagioso sobre el futuro. Eso contribuyó a que pudiera estructurar un partido integrado en su mayoría por hombres y mujeres que lo veneraban. La veneración a su persona era mayor entre los jóvenes funcionarios del gobierno.
Por eso, consciente de que su persona se estaba convirtiendo en un paradigma, optó por auspiciar un Movimiento Nacional de la Juventud, para que en las elecciones de 1970 sirviera de muro de contención a las pretensiones de importantes dirigentes de la organización que no entendían, ni la coyuntura por la que atravesaba la sociedad, ni la dimensión del liderazgo de Balaguer, y abrigaron la tesis de la alternabilidad en el poder.
El hecho de que el Partido Acción Social pasara a llamarse Partido Reformista no fue una casualidad. Ese cambio fue un reflejo del tipo de gobierno que Balaguer pensaba poner en práctica en caso de ser favorecido en el respaldo mayoritario del electorado.
El candidato del Partido Reformista tenía una concepción peculiar de lo que era el reformismo. En sus elocuentes discursos demostraba que creía plenamente en la filosofía política que profesaba, hecho que le ayudó a penetrar en el subconsciente de un electorado que soñaba con encontrar un guía y orientador.
En ningún momento se apoyó en la demagogia para conseguir el respaldo de la población. Dice Quevedo que “nadie ofrece tanto como el que nada piensa cumplir.” En realidad, no necesitaba el recurso de la demagogia, puesto que en los meses que estuvo en el poder después de la muerte de Trujillo dio muestras de poseer vocación de servicios en defensa de los sectores más humildes. Su trabajo ya estaba hecho.
Mientras otros ofertaban violencia, él pedía que se les diera la oportunidad de buscarle solución a los problemas nacionales dentro de un clima de paz, armonía y tranquilidad.
La acusación de trujillista en ese momento no le causó ningún efecto negativo, ya que representantes de los diversos sectores de la nación, después de su salida al exilio, habían estado en el poder, y fracasaron en sus planes de armonizar a la sociedad y contribuir al progreso de la República.
Criticó las barbaridades cometidas en la Era de Trujillo y defendió los aspectos positivos del régimen en que se sentaron las bases para el desarrollo del capitalismo dominicano. Sólo Balaguer podía hacer esa diferenciación, puesto que a pesar de haber servido por 31 años a Trujillo, estaba limpio. Como señala el sociólogo Danilo P. Clime, “Balaguer fue el único en comprender que el trujillismo era un fenómeno real, tangible no una mera abstracción sociológico-política.”
En el discurso balaguerista de la campaña electoral de 1966, sobresalen dos aspectos fundamentales: a) la exposición del alcance de las reformas que se proponía realizar -la esencia del reformismo-; y b) la justificación de que esas reformas serían realizadas en un clima de paz y tranquilidad -la revolución sin sangre-.
Su discurso pretendía recobrar la fe de los dominicanos en el destino de la República, y como dijo Benjamín Disraeli: “El mundo no ha sido conquistado nunca por la intriga, sino por la fe”. Con su verbo, logró construir una especie de magia social, consiguiendo con el lenguaje lo que, sin él, no podría conseguir.
Sabía que en esa coyuntura política, caracterizada por la precaria orientación de la población, pronunciar una palabra era como tocar una tecla en el piano de la imaginación. Administró de forma magistral las expectativas, las esperanzas, los deseos y la necesidad de un guía que tenía el pueblo dominicano.
Sin manejar ningún tipo de encuestas o sondeos, actuó como si en todo momento tuviera en sus manos el perfil del electorado. Era sabedor como señala Ernest Cassirer, de que “cuando la gente siente un deseo intenso, puede ser persuadida fácilmente de que sólo necesita al hombre indicado para satisfacerlo”.
En esa histórica contienda electoral, Balaguer expuso muchas ideas y puntualizó en las fórmulas que a su modo de ver más les convenían al futuro de la nación. No se proclamó aferrado a ninguna idea en particular, puesto que rehuyó al dogmatismo. “Tener ideas -dijo Georges Duhamel- es la manera de no saber nada. Las ideas son peso muerto, equipajes molestos que nos impiden avanzar a prisa. Un hombre con tendencias abiertas se ríe de las ideas. Le basta con saber contemplar y ponderar las cosas. Las ideas atracan el cerebro y privan de pensar”.
Los contendientes de Balaguer en esa campaña electoral, en sus mayorías forjadores de ideas revolucionarias, aspiraban a tomar el poder para implementar un régimen similar al de Fidel Castro en Cuba, y fueron víctimas de esa realidad enfocada por Georges Duhamel. Perdieron el cerebro, la vista, la cabeza y la creatividad. Cometieron el grave error de pretender importar revoluciones e interpretar la realidad dominicana en función de postulados de forjadores del socialismo, que si bien eran tesis importantes para la filosofía política, en el fondo eran ajenas a la realidad sociocultural, política y económica dominicana.
(“Nadie es dueño del público, sino cuando es dueño de sí mismo, y nadie es dueño de sí mismo, sino cuando es dueño de su voz” Dale Carnegie).
Balaguer entendió la coyuntura política de 1966. Sin proponérselo se convirtió en el heraldo del optimismo y la determinación de una sociedad casi asfixiada por la inseguridad y el derrotismo.
Tenía las cualidades necesarias para satisfacer el apetito del pueblo. Sabía que la sociedad dominicana vivía un proceso de transformación, y por tanto, la gente tenía necesidad de creer en algo.
La única forma de convertirse en líder nacional y consolidar su liderazgo, era desarrollando los dotes, primero de profeta y luego de estadista. Debía profesar algo, y lo hizo. Sus palabras llenas de histrionismo llegaron al corazón del pueblo. Por eso se convirtió en el centro de la necesidad de cambio dentro del orden establecido, ofreciéndoles a los dominicanos una causa o una nueva convicción a la que adherir.
El escenario nacional requería de postulados políticos nuevos, así como de un pensamiento consagrado a recobrar las esperanzas en el porvenir. La gente tenía una necesidad irrefrenable de creer en algo, y Balaguer ofreció un nuevo régimen político y un nuevo modelo socioeconómico.
Balaguer, como argumentó Federico Henríquez Gratereaux, “construyó su propia visión de la historia nacional, la cual por supuesto no era del agrado de las minorías urbanas educadas”. Le ofertó al país una nueva causa, o más bien, una nueva convicción a la que adherir, que sirvió de muro de contención al avance de los grupos que pregonaban las ideologías comunistas.
En la campaña electoral de 1966, Balaguer logró que los dominicanos prestaran atención a su discurso, puesto que el mismo era una réplica de patriotismo, optimismo y esperanza de un porvenir mejor. Le favoreció la participación tímida de Juan Bosch en la contienda, quien en la campaña electoral de 1962 contribuyó a que amplios sectores populares se interesaran por el discurso de contenido político.
Nadie sigue a los incrédulos. Alcanza el galardón de líder sólo quien cree en algo. Para crear un culto es indispensable lograr la atención. En la estructura de su discurso, Balaguer incluyó dos elementos. Por un lado, ofreció algo grandioso y renovador -revolución sin sangre-, y por otro lado, hizo gala de una vaguedad absoluta, utilizando palabras de gran resonancia, pero de significado indefinido, palabras llenas de ardor y entusiasmo.
Eran palabras que conducían a la interpretación, a la reflexión, cada oyente o lector le buscaba su propio significado. Esa combinación, dice Robert Greene, habrá de generar todo tipo de sueños vagos e indefinidos entre los integrantes de su público, que harán sus propias conexiones y verán lo que deseen ver. Por la misma razón procure que el objeto de su culto sea algo novedoso y reciente, a fin de que muy pocos lo entiendan. Si se la maneja con habilidad, la combinación de promesas vagas, conceptos brumosos pero seductores y un ardiente entusiasmo condicionará el ánimo de la gente y convocará un grupo en torno a usted.
El discurso de Balaguer se fundamentó básicamente en la doctrina política sustentada por el General Juan Domingo Perón en la Argentina, bautizada con el nombre de justicialismo. Tenía a su favor el hecho de haber estudiado y conocido pormenorizadamente los regímenes políticos del continente que habían logrado grandes reformas sociales, políticas y económicas apoyándose en el poder de las masas. Las buenas relaciones que mantenía con el propulsor del justicialismo como doctrina política intermedia entre el marxismo y el capitalismo, fueron factores influyentes en la declaración de principios del Partido Acción Social que posteriormente recibió el nombre de Partido Reformista, el 1ro. de agosto de 1964.
Para comprobar la importancia dada por Balaguer a la doctrina peronista, basta con leer la carta que le envió el líder argentino, el 6 de agosto de 1962, desde su exilio en Madrid, donde se podrá apreciar la relación existente entre el justicialismo de Perón y la declaración de principios de los partidos: Acción Social y Reformista.
En la campaña electoral de 1966, Balaguer estaba sólo en el play, era pitcher y bateador al mismo tiempo. Cuatro años después de su salida al exilio, el pueblo se dio cuenta de que sólo él tenía las condiciones para lograr la transición política. Quienes en el ayer lo acusaron de haber entregado al pueblo los bienes de la familia Trujillo y de haber repartido entre los pobres miles de guaguas, carros, motores y triciclos, cuando asumieron el gobierno, aunque durante días o meses, no repartieron nada a los necesitados, pero sí, fomentaron el contrabando y la corrupción en beneficio de pequeños grupos de poder y en detrimento de la inmensa mayoría.
Joaquín Balaguer era portavoz de un mensaje sano, libre de fanatismos y pasiones sectarias. Ganó las elecciones combinando su filosofía de justicia social con un profundo y duradero patriotismo y un optimismo contagioso sobre el futuro. Eso contribuyó a que pudiera estructurar un partido integrado en su mayoría por hombres y mujeres que lo veneraban. La veneración a su persona era mayor entre los jóvenes funcionarios del gobierno.
Por eso, consciente de que su persona se estaba convirtiendo en un paradigma, optó por auspiciar un Movimiento Nacional de la Juventud, para que en las elecciones de 1970 sirviera de muro de contención a las pretensiones de importantes dirigentes de la organización que no entendían, ni la coyuntura por la que atravesaba la sociedad, ni la dimensión del liderazgo de Balaguer, y abrigaron la tesis de la alternabilidad en el poder.
El hecho de que el Partido Acción Social pasara a llamarse Partido Reformista no fue una casualidad. Ese cambio fue un reflejo del tipo de gobierno que Balaguer pensaba poner en práctica en caso de ser favorecido en el respaldo mayoritario del electorado.
El candidato del Partido Reformista tenía una concepción peculiar de lo que era el reformismo. En sus elocuentes discursos demostraba que creía plenamente en la filosofía política que profesaba, hecho que le ayudó a penetrar en el subconsciente de un electorado que soñaba con encontrar un guía y orientador.
En ningún momento se apoyó en la demagogia para conseguir el respaldo de la población. Dice Quevedo que “nadie ofrece tanto como el que nada piensa cumplir.” En realidad, no necesitaba el recurso de la demagogia, puesto que en los meses que estuvo en el poder después de la muerte de Trujillo dio muestras de poseer vocación de servicios en defensa de los sectores más humildes. Su trabajo ya estaba hecho.
Mientras otros ofertaban violencia, él pedía que se les diera la oportunidad de buscarle solución a los problemas nacionales dentro de un clima de paz, armonía y tranquilidad.
La acusación de trujillista en ese momento no le causó ningún efecto negativo, ya que representantes de los diversos sectores de la nación, después de su salida al exilio, habían estado en el poder, y fracasaron en sus planes de armonizar a la sociedad y contribuir al progreso de la República.
Criticó las barbaridades cometidas en la Era de Trujillo y defendió los aspectos positivos del régimen en que se sentaron las bases para el desarrollo del capitalismo dominicano. Sólo Balaguer podía hacer esa diferenciación, puesto que a pesar de haber servido por 31 años a Trujillo, estaba limpio. Como señala el sociólogo Danilo P. Clime, “Balaguer fue el único en comprender que el trujillismo era un fenómeno real, tangible no una mera abstracción sociológico-política.”
En el discurso balaguerista de la campaña electoral de 1966, sobresalen dos aspectos fundamentales: a) la exposición del alcance de las reformas que se proponía realizar -la esencia del reformismo-; y b) la justificación de que esas reformas serían realizadas en un clima de paz y tranquilidad -la revolución sin sangre-.
Su discurso pretendía recobrar la fe de los dominicanos en el destino de la República, y como dijo Benjamín Disraeli: “El mundo no ha sido conquistado nunca por la intriga, sino por la fe”. Con su verbo, logró construir una especie de magia social, consiguiendo con el lenguaje lo que, sin él, no podría conseguir.
Sabía que en esa coyuntura política, caracterizada por la precaria orientación de la población, pronunciar una palabra era como tocar una tecla en el piano de la imaginación. Administró de forma magistral las expectativas, las esperanzas, los deseos y la necesidad de un guía que tenía el pueblo dominicano.
Sin manejar ningún tipo de encuestas o sondeos, actuó como si en todo momento tuviera en sus manos el perfil del electorado. Era sabedor como señala Ernest Cassirer, de que “cuando la gente siente un deseo intenso, puede ser persuadida fácilmente de que sólo necesita al hombre indicado para satisfacerlo”.
En esa histórica contienda electoral, Balaguer expuso muchas ideas y puntualizó en las fórmulas que a su modo de ver más les convenían al futuro de la nación. No se proclamó aferrado a ninguna idea en particular, puesto que rehuyó al dogmatismo. “Tener ideas -dijo Georges Duhamel- es la manera de no saber nada. Las ideas son peso muerto, equipajes molestos que nos impiden avanzar a prisa. Un hombre con tendencias abiertas se ríe de las ideas. Le basta con saber contemplar y ponderar las cosas. Las ideas atracan el cerebro y privan de pensar”.
Los contendientes de Balaguer en esa campaña electoral, en sus mayorías forjadores de ideas revolucionarias, aspiraban a tomar el poder para implementar un régimen similar al de Fidel Castro en Cuba, y fueron víctimas de esa realidad enfocada por Georges Duhamel. Perdieron el cerebro, la vista, la cabeza y la creatividad. Cometieron el grave error de pretender importar revoluciones e interpretar la realidad dominicana en función de postulados de forjadores del socialismo, que si bien eran tesis importantes para la filosofía política, en el fondo eran ajenas a la realidad sociocultural, política y económica dominicana.
