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Dr. Belarminio Ramírez Morillo
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La enciclopedia del periodismo dominicano


martes, 11 de julio de 2006

El discurso de Balaguer en la campaña de 1966

La gente tenía una necesidad irrefrenable de creer en algo, y Balaguer ofreció un nuevo régimen político y un nuevo modelo socioeconómico.


(“Nadie es dueño del público, sino cuando es dueño de sí mismo, y nadie es dueño de sí mismo, sino cuando es dueño de su voz” Dale Carnegie).


Balaguer entendió la coyuntura política de 1966. Sin proponérselo se convirtió en el heraldo del optimismo y la determinación de una sociedad casi asfixiada por la inseguridad y el derrotismo.


Tenía las cualidades necesarias para satisfacer el apetito del pueblo. Sabía que la sociedad dominicana vivía un proceso de transformación, y por tanto, la gente tenía necesidad de creer en algo.


La única forma de convertirse en líder nacional y consolidar su liderazgo, era desarrollando los dotes, primero de profeta y luego de estadista. Debía profesar algo, y lo hizo. Sus palabras llenas de histrionismo llegaron al corazón del pueblo. Por eso se convirtió en el centro de la necesidad de cambio dentro del orden establecido, ofreciéndoles a los dominicanos una causa o una nueva convicción a la que adherir.


El escenario nacional requería de postulados políticos nuevos, así como de un pensamiento consagrado a recobrar las esperanzas en el porvenir. La gente tenía una necesidad irrefrenable de creer en algo, y Balaguer ofreció un nuevo régimen político y un nuevo modelo socioeconómico.


Balaguer, como argumentó Federico Henríquez Gratereaux, “construyó su propia visión de la historia nacional, la cual por supuesto no era del agrado de las minorías urbanas educadas”. Le ofertó al país una nueva causa, o más bien, una nueva convicción a la que adherir, que sirvió de muro de contención al avance de los grupos que pregonaban las ideologías comunistas.


En la campaña electoral de 1966, Balaguer logró que los dominicanos prestaran atención a su discurso, puesto que el mismo era una réplica de patriotismo, optimismo y esperanza de un porvenir mejor. Le favoreció la participación tímida de Juan Bosch en la contienda, quien en la campaña electoral de 1962 contribuyó a que amplios sectores populares se interesaran por el discurso de contenido político.


Nadie sigue a los incrédulos. Alcanza el galardón de líder sólo quien cree en algo. Para crear un culto es indispensable lograr la atención. En la estructura de su discurso, Balaguer incluyó dos elementos. Por un lado, ofreció algo grandioso y renovador -revolución sin sangre-, y por otro lado, hizo gala de una vaguedad absoluta, utilizando palabras de gran resonancia, pero de significado indefinido, palabras llenas de ardor y entusiasmo.


Eran palabras que conducían a la interpretación, a la reflexión, cada oyente o lector le buscaba su propio significado. Esa combinación, dice Robert Greene, habrá de generar todo tipo de sueños vagos e indefinidos entre los integrantes de su público, que harán sus propias conexiones y verán lo que deseen ver. Por la misma razón procure que el objeto de su culto sea algo novedoso y reciente, a fin de que muy pocos lo entiendan. Si se la maneja con habilidad, la combinación de promesas vagas, conceptos brumosos pero seductores y un ardiente entusiasmo condicionará el ánimo de la gente y convocará un grupo en torno a usted.


El discurso de Balaguer se fundamentó básicamente en la doctrina política sustentada por el General Juan Domingo Perón en la Argentina, bautizada con el nombre de justicialismo. Tenía a su favor el hecho de haber estudiado y conocido pormenorizadamente los regímenes políticos del continente que habían logrado grandes reformas sociales, políticas y económicas apoyándose en el poder de las masas. Las buenas relaciones que mantenía con el propulsor del justicialismo como doctrina política intermedia entre el marxismo y el capitalismo, fueron factores influyentes en la declaración de principios del Partido Acción Social que posteriormente recibió el nombre de Partido Reformista, el 1ro. de agosto de 1964.


Para comprobar la importancia dada por Balaguer a la doctrina peronista, basta con leer la carta que le envió el líder argentino, el 6 de agosto de 1962, desde su exilio en Madrid, donde se podrá apreciar la relación existente entre el justicialismo de Perón y la declaración de principios de los partidos: Acción Social y Reformista.


En la campaña electoral de 1966, Balaguer estaba sólo en el play, era pitcher y bateador al mismo tiempo. Cuatro años después de su salida al exilio, el pueblo se dio cuenta de que sólo él tenía las condiciones para lograr la transición política. Quienes en el ayer lo acusaron de haber entregado al pueblo los bienes de la familia Trujillo y de haber repartido entre los pobres miles de guaguas, carros, motores y triciclos, cuando asumieron el gobierno, aunque durante días o meses, no repartieron nada a los necesitados, pero sí, fomentaron el contrabando y la corrupción en beneficio de pequeños grupos de poder y en detrimento de la inmensa mayoría.


Joaquín Balaguer era portavoz de un mensaje sano, libre de fanatismos y pasiones sectarias. Ganó las elecciones combinando su filosofía de justicia social con un profundo y duradero patriotismo y un optimismo contagioso sobre el futuro. Eso contribuyó a que pudiera estructurar un partido integrado en su mayoría por hombres y mujeres que lo veneraban. La veneración a su persona era mayor entre los jóvenes funcionarios del gobierno.


Por eso, consciente de que su persona se estaba convirtiendo en un paradigma, optó por auspiciar un Movimiento Nacional de la Juventud, para que en las elecciones de 1970 sirviera de muro de contención a las pretensiones de importantes dirigentes de la organización que no entendían, ni la coyuntura por la que atravesaba la sociedad, ni la dimensión del liderazgo de Balaguer, y abrigaron la tesis de la alternabilidad en el poder.


El hecho de que el Partido Acción Social pasara a llamarse Partido Reformista no fue una casualidad. Ese cambio fue un reflejo del tipo de gobierno que Balaguer pensaba poner en práctica en caso de ser favorecido en el respaldo mayoritario del electorado.


El candidato del Partido Reformista tenía una concepción peculiar de lo que era el reformismo. En sus elocuentes discursos demostraba que creía plenamente en la filosofía política que profesaba, hecho que le ayudó a penetrar en el subconsciente de un electorado que soñaba con encontrar un guía y orientador.


En ningún momento se apoyó en la demagogia para conseguir el respaldo de la población. Dice Quevedo que “nadie ofrece tanto como el que nada piensa cumplir.” En realidad, no necesitaba el recurso de la demagogia, puesto que en los meses que estuvo en el poder después de la muerte de Trujillo dio muestras de poseer vocación de servicios en defensa de los sectores más humildes. Su trabajo ya estaba hecho.


Mientras otros ofertaban violencia, él pedía que se les diera la oportunidad de buscarle solución a los problemas nacionales dentro de un clima de paz, armonía y tranquilidad.


La acusación de trujillista en ese momento no le causó ningún efecto negativo, ya que representantes de los diversos sectores de la nación, después de su salida al exilio, habían estado en el poder, y fracasaron en sus planes de armonizar a la sociedad y contribuir al progreso de la República.


Criticó las barbaridades cometidas en la Era de Trujillo y defendió los aspectos positivos del régimen en que se sentaron las bases para el desarrollo del capitalismo dominicano. Sólo Balaguer podía hacer esa diferenciación, puesto que a pesar de haber servido por 31 años a Trujillo, estaba limpio. Como señala el sociólogo Danilo P. Clime, “Balaguer fue el único en comprender que el trujillismo era un fenómeno real, tangible no una mera abstracción sociológico-política.”


En el discurso balaguerista de la campaña electoral de 1966, sobresalen dos aspectos fundamentales: a) la exposición del alcance de las reformas que se proponía realizar -la esencia del reformismo-; y b) la justificación de que esas reformas serían realizadas en un clima de paz y tranquilidad -la revolución sin sangre-.



Su discurso pretendía recobrar la fe de los dominicanos en el destino de la República, y como dijo Benjamín Disraeli: “El mundo no ha sido conquistado nunca por la intriga, sino por la fe”. Con su verbo, logró construir una especie de magia social, consiguiendo con el lenguaje lo que, sin él, no podría conseguir.


Sabía que en esa coyuntura política, caracterizada por la precaria orientación de la población, pronunciar una palabra era como tocar una tecla en el piano de la imaginación. Administró de forma magistral las expectativas, las esperanzas, los deseos y la necesidad de un guía que tenía el pueblo dominicano.


Sin manejar ningún tipo de encuestas o sondeos, actuó como si en todo momento tuviera en sus manos el perfil del electorado. Era sabedor como señala Ernest Cassirer, de que “cuando la gente siente un deseo intenso, puede ser persuadida fácilmente de que sólo necesita al hombre indicado para satisfacerlo”.


En esa histórica contienda electoral, Balaguer expuso muchas ideas y puntualizó en las fórmulas que a su modo de ver más les convenían al futuro de la nación. No se proclamó aferrado a ninguna idea en particular, puesto que rehuyó al dogmatismo. “Tener ideas -dijo Georges Duhamel- es la manera de no saber nada. Las ideas son peso muerto, equipajes molestos que nos impiden avanzar a prisa. Un hombre con tendencias abiertas se ríe de las ideas. Le basta con saber contemplar y ponderar las cosas. Las ideas atracan el cerebro y privan de pensar”.

Los contendientes de Balaguer en esa campaña electoral, en sus mayorías forjadores de ideas revolucionarias, aspiraban a tomar el poder para implementar un régimen similar al de Fidel Castro en Cuba, y fueron víctimas de esa realidad enfocada por Georges Duhamel. Perdieron el cerebro, la vista, la cabeza y la creatividad. Cometieron el grave error de pretender importar revoluciones e interpretar la realidad dominicana en función de postulados de forjadores del socialismo, que si bien eran tesis importantes para la filosofía política, en el fondo eran ajenas a la realidad sociocultural, política y económica dominicana.

martes, 4 de julio de 2006

Balaguer: Un político honesto

Balaguer fue un servidor público honesto, pero a la vez supo crear fama de su seriedad.


(“Yo soy yo y mi circunstancia; y si no la salvo a ella,no me salvo yo” José Ortega y Gasset.)


Siempre que se tratara de defender su reputación y su honestidad personal, Balaguer era enérgico y exigente.


En la campaña electoral de 1994, el candidato del Acuerdo de Santo Domingo, José Francisco Peña Gómez quiso cuestionar la moral de Balaguer y su familia, y su reacción fue espontánea y fuera de su estilo, pero en el lenguaje que utilizaría cualquier dominicano común.


Como se estaba en el cierre de la campaña, y era necesario impactar en el electorado, cuando los periodistas le cuestionaron en torno a las acusaciones de Peña Gómez, Balaguer dijo: “Se hizo pupú fuera del cajón”.


Los perredeistas montaron un spot publicitario repitiendo esta frase y queriendo insinuar en el subconsciente del elector que Balaguer estaba fuera de control, y el resultado fue que la frase se popularizó aún más a lo largo y lo ancho del territorio nacional, e incidió en el crecimiento de la popularidad del caudillo reformista.


Cuando partió al exilio en 1961, sus juicios fueron precisos: “Si en algún momento se deseare investigar imparcialmente cualquiera de mis actos, tanto los que realicé como funcionario civil o como de los que autoricé como comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, estaré presto a comparecer ante el tribunal correspondiente”.


Esa es una reacción poco común en los políticos latinoamericanos. Balaguer era un hombre dispuesto a defender su prestigio y su moral.


Balaguer fue un servidor público honesto, pero a la vez supo crear fama de su seriedad. Desafió a Trujillo cuando pretendió cuestionar su honestidad, y en 1961 retó a las nuevas autoridades a que investigaran actuaciones ilícitas, reiterándole su disposición de recurrir a donde fuere necesario con tal de mantener limpia su hoja de servicios públicos.


El heredero político de Trujillo sabía, como escribió Baltasar Gracián, que “lo que tiene de inconstante la fortuna lo tiene de firme la fama. La primera ayuda a vivir, la segunda a pasar a la posteridad; la fortuna protege contra la envidia, la fama contra el olvido. La fortuna es deseable y uno mismo se ayuda a procurársela una que otra vez. La fama hay que esforzarse por conseguirla. El deseo de renombre nace de la fortaleza y el valor. La fama fue y es hermana de gigantes. Se mueve siempre por los extremos: o monstruo, o prodigio; abominación o aclamación estruendosa.”


Por lo regular, cuando un gobernante es destituido y enviado al exilio, en sus últimas horas de mandato se apodera de la mayor cantidad posible de recursos económicos que les garanticen una vida en un ambiente suntuoso en el exterior.


En el caso de Balaguer, fue todo lo contrario. Cuando partió al exilio llevaba consigo dos mil dólares que les fueron buscados por unos amigos apresuradamente.
A su arribo a San Juan, Puerto Rico, se hospedó en un modesto alojamiento, Hotel Columbus, ubicado en el sector de Miramar, donde una habitación costaba ocho dólares por día. Más tarde se trasladó a Nueva York, donde se alojó en un hotel de igual categoría.


Estando alojado en el modesto hotel en Nueva York, solía llevar sus ropas a la lavandería, comportándose como un huésped común y corriente.


A pesar de la baja tarifa que pagaba en el hotel, sus finanzas no les permitían continuar alojado en ese lugar. Es por eso, que decidió alquilar un pequeño apartamento.


Ese hombre que días atrás era el Primer Ejecutivo de la Nación, ahora no disponía ni siquiera de un automóvil, y para desplazarse utilizaba el tren subterráneo.


Fueron esos los detalles que convirtieron a Balaguer en un líder y en un ser humano de cualidades excepcionales. Y es que como señaló Nicolás Maquiavelo “los hombres grandes son siempre los mismos, en toda situación en que les coloque la fortuna, y si ella cambia, y unas veces los exalta y otras los hunde, ellos no varían, sino que siempre mantienen un ánimo firme, y tan acorde con su modo de vida que cualquiera puede percibir fácilmente que la fortuna no tiene poder sobre ellos.”


Por eso, el 16 de agosto de 1978, cuando traspasó el mando a Don Antonio Guzmán Fernández, al llegar a su residencia de la Máximo Gómez 25, se encontró con un escenario familiar de llanto y desolación, y de una forma natural les pidió a su entrañable amigo, Don Guaroa Liranzo, que les dijera a quienes lloraban: “Que él no había muerto. Que sencillamente el poder se había ido de ese hogar”


Pocos meses después de iniciado su exilio, su madre Doña Carmen Vda. Balaguer fue afectada por una grave enfermedad. Balaguer, conmovido por el dolor que les causó la noticia, solicitó un permiso al Gobierno del Triunvirato para entrar al país y unirse a su madre en ese momento de dolor, pero el permiso les fue rechazado.

Como escribió Giovanni Papini: “Toda la vida del hombre está hecha de sueños, de ideales, de proyectos y de esperas; todo su presente está hecho de pensamientos en torno al futuro. Todo aquello que en el presente le parece oscuro, mezquino, inferior, insuficiente, y nos consolamos pensando que este presente no es más que un largo y enojoso prefacio de la bella novela del porvenir. Todos los hombres pagan su grandeza con muchas pequeñeces, su victoria con muchas derrotas, su riqueza con múltiples quiebras”.

martes, 27 de junio de 2006

El exilio político de Balaguer

Tenía habilidades superiores. Eso engrandecía su poderío y le generaba admiración en su entorno.


(“El veredicto que se pronuncia sobre un líder en el momento de su caída suele cambiarlo más tarde ese tribunal de apelación que es la historia. Una vez abandonan la esfera pública, hay líderes que siguen creciendo mientras que otros se empequeñecen” Richard Nixon).

El republico Ulises Francisco Espaillat, dijo que “hay épocas en las que oímos repetir tantas veces que nos debemos a la patria y que por ella debemos de sacrificarnos, que al fin nos es fuerza comprender que la sociedad presiente un peligro y que, deseando evitarlo, acude a los hombres de buena voluntad a los cuales pide le consagren sus esfuerzos”.


Esos esfuerzos -continúa señalando el tribuno- “los debe a la patria todo hombre que, medianamente siquiera, comprenda sus deberes y aún más le debe: le debe la vida; si la propia existencia fuese preciso sacrificarla para salvar la independencia del país o sostener las instituciones patrias”.


Muchos políticos talentosos, como el caso de Manolo Tavárez Justo, interpretaron estas ideas pensando que con el sacrificio de sus vidas hacían un valioso servicio al país. “Es mucho más fácil, en general -dijo Maeterlinck- morir por los otros que saber vivir para ellos”


La salida del poder no causó a Balaguer ninguna depresión emocional y política. No reaccionó con asombro ante el acontecimiento. En su mundo todo era normal, todo era posible, todo podía suceder. Así se mostró en 1970, cuando el General Enrique Pérez y Pérez le despertó en horas de la madrugaba para informarle que se estaba gestando un golpe de Estado a su gobierno. Su estado emocional en los momentos difíciles era asombroso.


Don Rafael Bello Andino, quien fue su secretario personal por décadas, relata que el 16 de mayo de 1990, día en que se celebró unas reñidas elecciones nacionales en que los últimos sondeos habían dado a su contendor Juan Bosch como posible ganador, Balaguer se acostó más temprano que de costumbre.


A las diez de la noche le preguntó a Bello que le informara del panorama, e inmediatamente entró a su habitación, se acostó, y hasta el día siguiente no conversó con nadie.


Esas fueron unas elecciones reñidas, conflictivas y decisivas, matizadas por ingredientes ideológicos que tenían preocupados a diversos sectores de la vida nacional.


Más de tres millones de dominicanos no durmieron atentos a los boletines de la Junta Central Electoral, y sin embargo, Balaguer durmió como en una de sus mejores noches. Sus acciones siempre estuvieron rodeadas de misterio. Ese aire de misterio realzaba su presencia. Tenía habilidades superiores. Eso engrandecía su poderío y le generaba admiración en su entorno.


Como poeta al fin, temprano de su vida, aprendió que es tal la vida humana que la luna no puede ser siempre redonda, las flores no pueden verse siempre tan hermosas y los buenos amigos no siempre pueden reunirse. Es un hombre consciente de que el talento se educa en la calma y el carácter en la tempestad. El exilio no le quitaba su patriotismo y deseo ferviente de servirle a su país. Por el contrario, dice Giovanni Mosca que: “A la patria se le ama siempre más desde lejos”.


Balaguer estaba preparado mentalmente para esas vicisitudes y turbulencias. Era político las 24 horas, los siete días de la semana, los doce meses y los 365 días de cada año, porque en el juego del poder nunca hay tiempo para descansar. Su mayor tranquilidad radicaba en su creencia inquebrantable de que había actuado apegado al bien común y a la justicia social. A pesar de la forma que lo expulsaron del poder, en ningún momento a su cabeza llegó el síndrome de la confusión que sacude a los seres humanos en los momentos en que no reciben la valoración y el trato merecido.


En su mente siempre estuvo firme la decisión de seguir luchando en favor del pueblo dominicano. Así lo refleja en la carta que envió desde su asilo en la Nunciatura de la Santa Sede al entonces Secretario de Estado de Justicia, licenciado Ángel María Liz, el 11 de marzo de 1962, donde entre otras cosas señala: “Antes de dejar el territorio nacional para establecer por algún tiempo mi residencia en el exterior, cumplo el deber de dirigirme a Ud. para expresarle que en cualquier país adonde me lleven los azares de mi expatriación voluntaria, estaré siempre a disposición de la justicia dominicana”


Balaguer reaccionaba de este modo consciente de que todo iba a salir bien. Conocía su carácter, su inteligencia y su talento. Como señaló Baltasar Gracián, “no podemos ser dueños de nosotros mismos, si primero no nos conocemos. Hay espejos para la cara, pero no para el espíritu; y espejo del espíritu debe ser la prudente reflexión sobre nosotros. Si nos preocupamos de nuestra imagen exterior, no hagamos lo mismo con nuestra imagen interior. De esta manera la enmendamos y mejoramos. Tenemos que conocer la capacidad de nuestra prudencia y de nuestra habilidad para emprender obras, constatar nuestra fuerza para vencer dificultades, y tener medidos el caudal y la profundidad de nuestras cualidades.”


Es que, a diferencia de la inmensa mayoría de sus adversarios, Balaguer actuaba dentro de un guión, su accionar se enmarcaba en un plan que sólo él conocía. Un plan que no se apoyaba en la imaginación, sino en la realidad personal. Nunca soñó con un final feliz, y por eso no se auto engañó en la intensidad de su deseo. Sabía cuando detenerse y cuando reiniciar. Mientras sus adversarios eran gobernados por el corazón y reaccionaban desconcertados ante las crisis y los acontecimientos; él era gobernado por el cerebro y actuaba con frialdad como si estuviera esperando el hecho producido.


Balaguer planificó desde el principio hasta el final. Nunca perdió la cabeza con el sueño vago. Por eso cosechó los beneficios de su trabajo y creó su propia gloria. Heredó a Trujillo por su astucia para ignorar los peligros y el sacrificio de renuncia a los placeres cotidianos del poder. Muchos políticos sueñan con la gloria ante de alcanzarla, pero jamás sueñan y piensan en los peligros que aguardan en el camino.


Cuando el momento ameritaba de coraje y valentía, Balaguer era un león; cuando ameritaba de serenidad y pasividad era una oveja, y cuando ameritaba de astucia era un zorro. La superioridad política de Balaguer, se debió en parte, a que como dice Robert Greene, gran parte del poder tiene que ver, no con lo que uno hace, sino con lo que no hace; las acciones precipitadas y necias que evitamos para no meternos en problemas.


Balaguer parece que sólo se comunicaba con su interior. Sólo él, y nadie más, sabía cuándo tenía felicidad y cuándo padecía sufrimientos. Se adaptó bastante bien a todos los ambientes en que las circunstancias de la vida les habían envuelto. Dondequiera que el destino le enviaba dejaba huellas de su ingenio creador. Nótese que las mayorías de sus obras poéticas y literarias fueron escritas mientras se encontraba en suelos extranjeros.


Este hombre no concibió ningún diario vivir como pobre y perturbador, puesto que siempre fue lo suficientemente poeta para descubrir sus riquezas y gozarlas.

Es que, en definitiva, como señaló Rainer Marie Rilke, para un espíritu creador no hay pobreza, ni hay lugar alguno que le parezca pobre o les sea indiferente. En ese sentido, tiene fundamento lógico el juicio de Robert Greene de que “el mito del liderazgo es el mito del guerrero solitario: individuo cuyo heroísmo y brillantez le permiten señalar el camino. Esta idea refuerza el aislamiento”

martes, 20 de junio de 2006

El día que Balaguer cautivó al mundo

La Asamblea se celebró el 3 de octubre de 1961, y en el turno concedido a la República Dominicana, Balaguer pronunció un discurso antológico que por su esencia merece ser estudiado por las presentes y futuras generaciones.


(“Un pueblo no es verdaderamente libre mientras que la libertad no esté arraigada en sus costumbres e identificada con ellas”Mariano José de Larra.)


El 2 de octubre de 1961, Balaguer se dirigió a la ciudad de Nueva York para participar en la Sesión Plenaria de la Organización de las Naciones Unidas. El presidente dominicano se había propuesto un gran reto: “lograr el levantamiento de las sanciones que habían sido impuestas por la ONU”.


La Asamblea se celebró el 3 de octubre de 1961, y en el turno concedido a la República Dominicana, Balaguer pronunció un discurso antológico que por su esencia merece ser estudiado por las presentes y futuras generaciones.


El presidente Balaguer hizo una radiografía de los cambios políticos y económicos escenificados después de la muerte de Trujillo.


Enfatizó sobre la necesidad de establecer un régimen de plenas libertades públicas y los trabajos encaminados a la producción de un marco legal que regulen las actividades económicas según los requerimientos de los nuevos tiempos.


Dijo que el país estaba siendo reestructurado en función de los esquemas liberales: Separación de los poderes del Estado, autonomía para los ayuntamientos y la universidad del Estado, y en fin, el nacimiento pleno de un estado de derecho


Balaguer fue enfático al señalar que el país avanzaba hacia la democracia. “El edificio de la dictadura se ha desplomado totalmente, y sobre sus ruinas hemos empezado a edificar, con paciencia y sin alardes demagógicos, un régimen fundido en los viejos moldes que nos legaron los fundadores de la República”


Pero, no ocultó la realidad política que vivía el país. “El proceso abierto para redimir nuestras costumbres de todo primitivismo político, y para liberalizar nuestras instituciones, no se está cumpliendo, desde luego, ni sin tropiezos ni sin limitaciones.


Hay fuerzas negativas que se oponen a ese proceso de democratización con toda la ferocidad de sus instintos cavernarios. Las corrientes oposicionistas que se reincorporan a la vida civil de la República carecen, por otra parte, de la educación cívica necesaria, y con frecuencia traspasan las fronteras de la ley en un abierto desafío contra el orden y en un desconocimiento antojadizo de los poderes legítimos del Estado”


Esos planteamientos de Balaguer fueron un preámbulo para conmover a los delegados de las Naciones Unidas. Les dijo que si estaban interesados en contribuir a la democratización de la sociedad dominicana, al desarrollo económico y al imperio de un clima de paz y estabilidad, la forma más idónea de hacerlo era levantando las sanciones que mantenían al país excluido del resto del mundo.


Allí no habló el servir de la tiranía. Habló el gobernante interesado en encauzar a la nación por el sendero de la paz y la prosperidad. Era el único dominicano que a pesar de servir durante 31 años a la Era de Trujillo estaba en capacidad para enjuiciarla, porque no fue parte de la maledicencia del régimen.


Actuó con inteligencia, y como escribió Enriquillo Sánchez: ¿fue un trujillista que simuló ser trinitario para ser amado o un trinitario que actuó como trujillista para vencer? Jamás lo sabremos. Tal es su eternidad. Tal es su leyenda”.


La familia dominicana estaba desorientada. El pueblo quería democracia, pero los voceros y representantes de los grupos políticos les estaban guiando por un camino incorrecto para llegar a ella. El escenario era complicado, no había cultura para la democracia.


Los sectores de mayor poder económico se comportaban como activistas y agitadores, en vez de contribuir al orden, provocaban el desorden. El liderazgo político y estudiantil emergente presionaba por cambios que contribuyeran a la democracia, pero ellos mismos desconocían el fundamento de ese sistema político.


En el cuadro presentado por Balaguer en su discurso a los delegados de la ONU, dejó entrever todo cuanto sucedería en el país en los meses venideros. Dijo: “El ambiente está lleno de elementos explosivos y de fenómenos revolucionarios. Se trata de un pueblo que, como todos los pueblos latinoamericanos, se halla arrastrado por una irrefrenable afición política y que aspira a una vida mejor sin tener una noción clara del camino a elegir para realizar su destino.”


Balaguer convenció al auditorio y les movió a obrar para levantar la sanción. Obró con elocuencia y sabiduría, sin cuyo concurso se hubieran agotado los demás esfuerzos. No hay dudas de que sin un árbitro como Balaguer, el país hubiera caído en manos de un militar que implantaría medidas de represión contra las masas. Aconsejó Azorín: “Sepa conservarse el político en el fiel de la balanza. No pierda nunca el sentido del equilibrio. En el arte del gobierno, el equilibrio consiste en ser entero o condescendiente, según los casos.”


El discurso de Balaguer en la ONU cambió el curso de los acontecimientos en la República Dominicana. La pieza oratoria llenó las expectativas y diversos sectores de la vida nacional felicitaron al mandatario. El efecto mayor del discurso fue que además de contribuir a levantar las sanciones dejó claro que el proceso de democratización iniciado con la muerte de Trujillo no tenía retroceso. En lo adelante, tanto Ramfis como los demás miembros de su familia entendieron que no tenían otra opción que no fuera la de abandonar el territorio nacional, y arreciaron sus pasos al respecto.


El 14 de noviembre de 1961, en carta enviada a Balaguer, Ramfis renunció como Jefe de Estado Mayor conjunto de las Fuerzas Armadas. Con ese hecho el escenario político tomó un nuevo giro, ya que Balaguer quedó con libertad para encaminar las reformas demandadas con menos obstáculos, y además, la salida de los Trujillo les dio más credibilidad a las actuaciones del nuevo gobierno.


Balaguer estaba consciente de que con la presencia de los familiares del tirano en el país no era posible realizar los cambios que demandaban las mayorías. Por tanto, de forma astuta creó un escenario para que estos entendieran que por el bien de ellos debían abandonar el territorio nacional, sin la necesidad de que se recurriera a más actos de violencia.


Tras la renuncia de Ramfis se iniciaron las negociaciones para que salieran del país. Ramfis se marchó la noche del 17 de noviembre de 1961, pero antes asesinó al grupo de héroes que ajusticiaron a su padre: Pedro Livio Cedeño, Modesto Eugenio Díaz Quezada, Luís Manuel Cáceres Michel, Huáscar Tejeda Pimentel, Salvador Estrella Sadhalá y Roberto Pastoriza Neret, quienes estaban presos en la cárcel de la Victoria.


Algunos historiadores han querido vincular a Balaguer con el grupo de hombres heroicos que pusieron final a la vida de Trujillo. Balaguer ni traicionó, ni conspiró, pero entendió, como señaló Gregorio Marañón, “cuando a un hombre le traicionan cuantos le rodean, más lógico que vituperar a los traidores, es buscar la causa de que todos coincidan en traicionarle. Casi siempre esta causa está en la falta de generosidad del traicionado.”


Por eso, Balaguer fue comedido y cuidadoso al enjuiciar a Trujillo y a sus justicieros. Admitió las desviaciones y excesos del tirano, pero a la vez, reconoció sus virtudes y aportes al desarrollo de la nación. Con esa misma cautela se manejó con respecto a los ajusticiadores de Trujillo. Nunca aplaudió la acción por estos cometida, pero siempre les distinguió y reconoció sus sacrificios por la democracia, la paz y la tranquilidad de la familia dominicana.


Los demás integrantes de la familia Trujillo salieron del país el 22 de noviembre, según había sido anunciado por Balaguer, pero antes se produjo un incidente entre Balaguer y Petan Trujillo, éste último le exigió cien mil pesos al gobierno, alegando que no tenía dinero ó de lo contrario se negaba a salir del país. Relata el historiador Aliro Paulino, espectador de los hechos que: “En la mañana del 19 de noviembre el Presidente Balaguer estuvo prácticamente prisionero de parte de Petan y sus espalderos remanentes de los llamados “cucuyos de la cordillera”.


Tras la salida de los Trujillo, Balaguer instauró un estado de derecho, y el 31 de diciembre de 1961, promulgó la Ley de Amnistía a todos los encarcelados por delitos políticos ó por vinculación con la muerte de Trujillo. Ese acontecimiento fue el primer gran triunfo para el proceso de democratización que se iniciaba, pero al mismo tiempo, incrementó el peligro para la seguridad personal de Balaguer, quien estaba consciente de que los descendientes del tirano más tarde tratarían de eliminarlo.

Balaguer sabía -como dice Curzio Malaparte- que esa tipología de personas son incapaces de perdonar a un hombre distinto a ellos. Giovanni Di Pietro dice que, “aunque él lo quisiera o no, tuvo que tomar en consideración la inexorable marcha hacia la democracia, y lo hizo”. Más tarde quedaron las puertas de la República abiertas para todos los exiliados y desterrados por el régimen.

martes, 6 de junio de 2006

Ejecutorias del gobierno de Balaguer en 1961

A Balaguer no se le debe regatear el rol de principal actor de la pacificación y democratización de la sociedad dominicana.


Muchos intelectuales e historiadores movidos por el sectarismo y la pasión propia de la política y de la conducta humana han tratado de tergiversar los aportes hechos por Balaguer a los más sanos y sagrados intereses de la nación durante la crisis que desencadenó la muerte de Trujillo.


Como escribió Richard Níxon, “por lo común, ponemos a los líderes de tiempo de guerra por encima de los tiempos de paz. Esto se debe, en parte a lo dramático de la guerra y en parte a que la historia trata con gran detenimiento las guerras.


Pero es también porque sólo podemos medir la verdadera grandeza de un hombre de estado cuando ha de hacer frente a desafíos que les fuerzan a dar medida máxima de sus capacidades. En los dirigentes, el desafío de la guerra pone de relieve cualidades que podemos medir con facilidad. Los desafíos de la paz pueden ser igualmente trascendentales, pero el triunfo de un líder frente a ellos no es tan dramático ni tan visible”.


A Balaguer no se le debe regatear el rol de principal actor de la pacificación y democratización de la sociedad dominicana. Como señala Ellen Bos, “las democracias no necesariamente se dan como consecuencia de ciertas condiciones económicas y sociales, sino que son literalmente producidas o causadas por los actores políticos”.


En medio del torbellino de crisis y anarquía que vivía el país, la meta de Balaguer era lograr la transición de la tiranía a la democracia, pero sin convertirse en un tirano. Siguió en consejo sabio de George Washington de que “la dominación alternativa de las pasiones políticas, agitadas entre sí por el espíritu de venganza y las disensiones de partido es causa del espantoso despotismo que ha cometido los más horribles excesos durante muchos siglos en diferentes países. Esa dominación conduce a otro despotismo más visible y permanente, pues los desórdenes y miserias de aquél predisponen el espíritu a buscar seguridad y descanso en el poder absoluto de un individuo; y, tarde o temprano, el jefe de algún sector dominante, más hábil o más afortunado que sus rivales, acaba por aprovechar esa inclinación de los ánimos para elevar su poderío sobre las ruinas de la libertad pública”.


La acción de Balaguer fue mucho más allá de una simple maniobra para mantener la paz y la estabilidad. Promulgó la ley que rebajaba el pago de los impuestos de patente en un cincuenta por ciento; repartió entre los campesinos pobres de Bonao las tierras propiedad de José Arismendy Trujillo Molina; pasó al Estado quince empresas que eran propiedad de la familia Trujillo; pagó a los contratistas de obras del Estado las deudas pendientes del régimen anterior; creó la Dirección de Control y Recuperación de Bienes; regaló 227 vehículos de motor a chóferes de la capital y Santiago; distribuyó 2,000 tareas de tierras que pertenecían al ex-mayor Danilo Trujillo Tejada en el Municipio de Guayubin; repartió 10,000 tareas de tierra en Bayaguana y Cojobal que pertenecían al ex-general César Oliva García; ordenó el depósito en el Banco de Reservas de RD$4,560,937.00 incautados a la familia Trujillo en varias maletas del yate “Angelita”; pensionó las viudas de los asesinos de Trujillo; ordenó el arresto de los asesinos de las hermanas Mirabal; liberó los impuestos que gravaban a los productos de consumo navideño; entregó cientos de motonetas y triciclos a personas de escasos recursos; rebajó los artículos de consumo diario; ordenó la devolución de propiedades que habían sido usurpadas por los Trujillo; creó un fondo para ayudar a los billeteros y quinieleros; sometió un proyecto de ley para liberar de impuestos al café y al cacao; pagó las deudas de hipotecas así como un sinnúmero de medidas que constituyen la prueba más fehaciente del humanismo y la justicia social practicada por este hombre público.


Mientras otros políticos luchaban por tomar el poder para satisfacer ambiciones personales y grupales, Balaguer durante su estada en el mando, encabezando un gobierno de facto, actuó en socorro de los más necesitados. Como era de esperarse, más tarde cosechó los frutos de sus actuaciones. Esos sectores pobres que favoreció en 1961 fueron decisivos para sus triunfos en los futuros torneos electorales, debido a que como dijo Maquiavelo, “muchas veces pesa más en el ánimo de los hombres un acto humano y caritativo que otro feroz y violento.”


Esa acción de Balaguer fue meditada. Los repartos que hizo eran con el propósito de darse a querer en los sectores más pobres de la población, que de hecho constituían la inmensa mayoría. “Es preciso darse a querer -dijo Joubert- porque los hombres sólo son justos con aquellos a quienes aman.” Sabía que si no repartía estos bienes en beneficio de los pobres, pronto terminarían en manos de sectores poderosos que históricamente se han dado a la tarea de hacer fortuna privada desfalcando al erario público. Con esta actitud aplicó la frase de Gabriel Alomar: “Hay que acomodar la acción a la palabra y la palabra a la idea”.


La muerte de Trujillo no sorprendió a Balaguer. La forma cómo manejó los asuntos públicos en medio de ese torbellino es una muestra de que estaba preparado para el acontecimiento. Actuó con coraje y con cautela, dependiendo del momento. Sabía que la esencia del poder es la capacidad de mantener la iniciativa, de lograr que los demás reaccionen frente a sus acciones. Con ese estilo puso a sus adversarios a la defensiva. Salió bien porque vio con claridad todos los pasos que tenía por delante y planeó su accionar hasta el desenlace final. No se vio tentado por emociones ni por los deseos de improvisar. Su claridad lo liberó de la angustia y de la vaguedad, situaciones que impiden que muchos lleven exitosamente a término su accionar. Tenía en vista el desenlace final.


La actitud de Balaguer de acudir en respaldo de los más desposeídos causó preocupación en los partidos Unión Cívica Nacional y Movimiento 14 de Junio. La UCN que anteriormente había rechazado integrarse a un gobierno de coalición, al ver la forma como Balaguer iba enfrentando los problemas nacionales, cambió de parecer y propuso la integración de un Consejo de Estado, el cual fue creado el 30 de diciembre de 1961, integrado por el Dr. Joaquín Balaguer, quien lo presidía; Lic. Rafael F. Bonelly, Lic. Eduardo Read Barrera, Monseñor Eliseo Pérez, Don Luís Amiama Tío, Dr. Nicolás Pichardo y General Antonio Imbert Barrera.


Los dirigentes de la UCN se dieron cuenta que Balaguer tenía habilidad y capacidad para concretizar el proyecto de transición democrática. A pesar de las acusaciones de trujillista, Balaguer se había mantenido en el poder y estaba realizando los cambios que ellos ofertaban como entidad de oposición. Balaguer no se perdió en la sombra de Trujillo, encontró su propia identidad y la reafirmó con un estilo de accionar diferente. Comenzó a ganar poder a través de sus propios méritos. Estaba llenando un vacío. Estaba sentando las bases para crear su propio reino. Se formó en el trujillismo, pero actuaba de forma distinta, y esto llenó de confusión a sus adversarios.


El 4 de enero de 1962, la OEA levantó las sanciones que gravitaban sobre el país, hecho muy significativo para el pueblo dominicano, ya que creó nuevas expectativas económicas, y al mismo tiempo, quedaron restablecidas las relaciones entre los Estados Unidos y la República Dominicana. El levantamiento de las sanciones impuestas por la ONU, el inicio de una gran cantidad de obras públicas, el reparto de millares de carros, guaguas, motores y triciclos, el reparto de cientos de miles de tareas de tierras, entre otras acciones, no fueron suficientes para detener la ola de agitadores que no les interesaba el progreso y la estabilidad de la República.


Mientras Balaguer se entregaba en cuerpo y alma a una causa noble y justa, recibió la desconsideración de ser destituido como Profesor de la Universidad de Santo Domingo, el 10 de enero de 1962. Para ese entonces, ya el tribuno de Navarrete estaba consciente de su estada en el poder llegaba a su final.


El autor de La Isla al Revés, estaba consciente de que estaba rodeado de la sinrazón, y por tanto, su entrega a la solución de los problemas nacionales no sería valorada por los grupos interesados en la toma del poder.


Dijo Mon Taigne que, “al principio somos nosotros quienes guiamos los acontecimientos y lo mantenemos bajo nuestro poder, pero a menudo, una vez encaminados, son los hechos los que nos guían a nosotros y nos arrastran”. El 16 de enero del mismo año, Balaguer fue obligado a renunciar como Presidente de la República y del Consejo de Estado. El 19 de enero solicitó asilo en la Nunciatura Apostólica de la Santa Sede, y el 8 de marzo fue enviado al exilio.

Tal como escribió Azorín, “la inconsecuencia y la contradicción son la misma esencia de la vida. El político habrá de conocer el tiempo y el país en que vive; con arreglo a ellos arreglará y ajustará sus actos. Y si él tiene tales o cuales ideas o doctrinas en pugna con las que dominan, bien está que, discreta y cautamente, las haga prevalecer en el gobierno; pero no se olvide de navegar de cuando en cuando con la corriente, de ir con el pueblo adonde el pueblo quiere ir, de pensar y sentir con los demás.”

martes, 30 de mayo de 2006

Balaguer heredero por necesidad

Trujillo concebía que con la juramentación de Balaguer podía neutralizar en parte el cúmulo de presiones internacionales.


A pesar de las insinuaciones que le hicieron a Trujillo para poner en desgracia a Balaguer, el tirano cada día se acercaba más a este hombre de comportamiento tan diferente a los demás colaboradores. El tirano estaba consciente de que su régimen se acercaba al final, y dentro de sus hijos no había ninguno con capacidad para darle continuidad a su obra.


El historiador Rodríguez de León hace un paréntesis histórico interesante cuando señala que, "a diferencia de aquellos que buscan la caída del gobierno por vía de conspiraciones públicas o encubiertas, desde fuera del aparato estatal, los tres políticos mencionados (Heureaux, Trujillo y Balaguer) conspiraron desde dentro del poder mismo, en virtud de sus posiciones oficiales, para lograr fines idénticos.


En tal sentido, los tres han sido, en la historia dominicana, el más acabado ejemplo de conspiraciones de estado. Existe una diferencia, sin embargo, entre Balaguer y los otros dos, pues mientras estos habían escalado dentro del estado a través de la carrera militar, logrando el poder supremo como coronación a sus designios conspirativos, Balaguer en cambio, lo hizo desde la actividad burocrática intelectual, usando el verbo como arma”.


La forma como Balaguer fue escogido candidato Vicepresidencial refleja que no Trujillo no tenia dentro de sus planes convertirlo en su sucesor. Es importante el hecho de que ocupando Balaguer esa función pública, el tirano no sabía cual era su residencia. Trujillo sabía que Balaguer no tenía esposa ni hijos, y estaba muy bien enterado de su pasión por la lectura. Sabía que Balaguer era un hombre humilde y sencillo, sin ambición a las riquezas materiales. Pero no se imaginaba hasta donde llegaba esa humildad.


Una noche de 1957, Trujillo visitó a Balaguer para expresarle su incomodidad por una noticia aparecida en los periódicos que informaba de que el Secretario de Estado de Trabajo, Ramón Marrero Aristy les había conseguido empleos a unas personas, sin en ningún párrafo acreditarle los méritos de esa misión al Excelentísimo Rafael L. Trujillo.


Relata Rafael Vidal Martínez, cercano colaborador de Balaguer, quien ocupó el cargo de Director de Prensa de la Presidencia durante varios de sus mandatos, que Trujillo le pidió a su chofer Zacarías de la Cruz que lo llevara a la residencia del doctor Balaguer, y se presentó al lugar acompañado únicamente del jefe de su seguridad, General Guarionex Estrella. Balaguer vivía en una casa alquilada en los alrededores del Palacio Nacional.


Cuando el vehículo se detuvo frente al lugar, -relata Vidal Martínez-, Trujillo le dijo al general que cuidado si él se había equivocado de dirección. El general Estrella le respondió que esa era la residencia del doctor Balaguer. El general Estrella tocó la puerta de la casa, y cuando un sirviente le abrió las puertas, entró a la casa y le comunicó que informara a Balaguer que el Jefe estaba esperándole afuera. Balaguer se estaba bañando, y salió a informarle a Trujillo la razón de la espera. Trujillo decidió desmontarse del carro y entrar a la casa, “y cuando observó la modestia de esa casa, inclusive la pobreza de los muebles de la misma, llegó a preguntar al general Estrella si no era quizás que él se había equivocado y estaban en la casa de otra persona”.


Al salir de la casa, Trujillo comentó que no era apropiado que el Vicepresidente de la República viviera en un ambiente tan modesto. Al día siguiente Trujillo llamó a su despacho al ingeniero Humberto Ruiz Castillo, y le instruyó a que le construyera una vivienda apropiada al doctor Balaguer en un solar que ya él tenía. Así se construyó la casa ubicada en la Máximo Gómez 25 del Distrito Nacional, residencia del líder reformista hasta el momento de su fallecimiento el 14 de julio del año 2002.


La presión internacional en contra del régimen se incrementaba. De nada le valió a Trujillo el simulacro de poner en la presidencia a su hermano Héctor Trujillo. Una salida para dar la impresión de que disminuía su influencia y la de su familia en el gobierno era designando a una persona sin vínculos familiares con él.


El día 3 de agosto de 1960, Joaquín Balaguer tomó juramento como Presidente de la República ante la Asamblea Nacional, en condiciones que cualquiera mejor preferiría la muerte ante que tener que lidiar en las turbulentas aguas de entonces. Pero como dijo Thomas Mann: Combate mejor y con más ahínco quien más se arriesga.


Sólo un hombre de la frialdad y astucia de Balaguer, quien poseía sangre de liebre, podía peldaño a peldaño ascender a la cima en medio de un torbellino, donde el caliesaje, la humillación y la persecución eran las reglas del juego.


Balaguer estaba consciente de los momentos difíciles que tendría que lidiar. Sería un presidente protocolar, y en el fondo atado de manos. Sería acechado por el tirano quien se encontraba en estado de desquiciamiento, y por Jhonny Abbes y sus esbirros que tratarían de enfrentarlo con el Jefe para materializar su deseo de eliminarlo físicamente. Pocos días después de su juramentación, Radio Caribe empezó a transmitir consignas pidiendo la renuncia de Balaguer. Mientras que el bloqueo internacional conducía al país a un estado de ahogamiento lento, desesperante e insalvable.


Era un momento en que importantes sectores internos y externos estaban decididos a luchar en contra del régimen. Los aliados nacionales que les habían legitimado por décadas ahora se levantaban en rebeldía y cuestionaban el estado crítico en que estaba el país. La situación era mucho más compleja, vista desde la óptica del proceso de cambios políticos en que estaba inmerso el continente. El propio Balaguer en su discurso de juramentación señaló: “Nuestro país se halla hoy amenazado por una confabulación internacional en que participan, en una insólita aglutinación de factores contradictorios, dos clases de tendencias, unas procedente del campo comunista y otras de ideología conservadora”.


Acertó Hitller cuando dijo que “La mayoría no sólo representa la ignorancia, sino también la cobardía. Y del mismo modo que de cien cabezas huecas no se hace un sabio, de cien cobardes no surge nunca una decisión heroica”. En el primer párrafo de su discurso, Balaguer dejó claro que el régimen estaba casi liquidado, y que el desenlace se aproximaba. Pero, lo más extraño es que iniciara su alocución planteando la necesaria democratización del país.


Veamos: “Los autores de esta conjura internacional alegan, como fundamento de sus planes de agresión contra el Gobierno legítimo de la República Dominicana, que ha llegado ya la hora de democratizar totalmente las instituciones nacionales. Estoy de acuerdo con ese punto de vista; pero disiento, en cambio, en cuanto a la forma de realizarlo, porque es evidente que un régimen que tiene ya treinta años y que en ese largo lapso ha creado en la vida nacional intereses profundos y ha adquirido con la casi totalidad de los habitantes de la República vinculaciones abrumadoras, no puede desaparecer de la noche a la mañana por un cambio violento y sorpresivo, sin crear graves perturbaciones y sin producir trastornos de incalculable magnitud en la vida dominicana.”


Trujillo concebía que con la juramentación de Balaguer podía neutralizar en parte el cúmulo de presiones internacionales. Parece que en ese momento de crisis aguda, el tirano estaba decidido a permitir cierta apertura política, o quizás, era una maraña más de la que había practicado anteriormente, porque a nadie se le ocurre pensar que el siguiente anuncio lo haría Balaguer por su propia cuenta.


Con la firmeza característica de su verbo, Balaguer dijo: “En estos mismos momentos, se halla empeñado el régimen en fomentar en el país un clima de completa libertad política, y en favorecer la creación de partidos que tercien efectivamente en la vida nacional y que hagan oposición al gobierno legalmente y al margen de toda actividad subversiva. El proceso de democratización de nuestras instituciones está, pues, en marcha. La democracia hacia la cual nos encaminamos no es, desde luego, la que consiste en el derecho de asaltar la plaza pública para llenarla de vociferaciones y de puños en alto, ni la de armar el brazo para promover en cada calle un tumulto y para organizar en cada esquina una barricada contra los poderes legítimamente constituidos, ni la de estimular, en una palabra, el instinto de las multitudes con la perspectiva del botín y la promesa del reparto de la fortuna pública o la confiscación de la hacienda privada.”


Balaguer conocía a cabalidad las dimensiones de la crisis, y por eso, sin perder tiempo planteó la necesidad de que el país se adentrara a un proceso de democratización sin recurrir a prácticas violentas y anárquicas.


El siguiente planteamiento es un indicador del conocimiento cabal del enfermo y de la enfermedad: “El problema de la democracia nacional no es, pues, solucionable con un cambio de hombres. Los fines que perseguimos sólo podrían ser alcanzados por medio de la educación, de la disciplina, de la elevación del nivel social y económico de las masas y de la estructuración de una nueva conciencia dominicana.”


Ese discurso parecía un sueño, puesto que chocaba con la cruel realidad de que Trujillo, Jhonny Abbes y sus esbirros no perdían tiempos en intimidar a la población, sin incluir a los funcionarios del régimen, incluyendo al propio Balaguer.

Dice Jean Anouilh: “Es necesario que la gente del pueblo tenga miedo; cuando dejan de tenerlo, son ellos los que lo causan”. Por eso, mientras más se acrecentaban los problemas económicos y las presiones internacionales a la tiranía, mayor era el estado de terror a que sometían a la población civil.

martes, 23 de mayo de 2006

Balaguer heredero por necesidad

Hubo colaboradores de Trujillo con un prestigio intelectual superior al de Balaguer, ahí estaba el caso de don Manuel Arturo Peña Batlle.


(“Todo lo que acontece está escrito, nuestra hora está fijada y nadie puede demorarla... Nadie puede escapar a su destino” Napoleón Bonaparte).


Trujillo tenía un equipo de colaboradores dentro de los cuales habían reputados intelectuales. Balaguer no era el único. Era sólo uno de ellos.


Balaguer se convirtió en el heredero del régimen por dos razones. Por un lado devinieron a su favor una serie de situaciones y acontecimientos, y por el otro lado, él fue el más político, astuto y hábil de los funcionarios del trujillismo.


Inclusive, hubo colaboradores de Trujillo con un prestigio intelectual superior al de Balaguer, ahí estaba el caso de don Manuel Arturo Peña Batlle.


A pesar de su alto prestigio y de su extraordinaria capacidad, Peña Batlle, fue menos hábil que el autor de la Tebaida Lírica. Un ejemplo lo constituyó el hecho de que Trujillo, valiéndose de algunos adulones preparó un proyecto para cambiarle el nombre a la ciudad de Santo Domingo por el de Ciudad Trujillo, y Peña Batlle escribió un artículo en el que señalaba que, “nada agrega a la gloria del Presidente Trujillo el que su nombre designe a la ciudad de Santo Domingo, porque, quien ha hecho de la República el objetivo de sus desvelos administrativos no necesita sino de su propia actuación para perpetuarse en el agradecimiento de sus conciudadanos”.


Peña Batlle pudo evitar ese comentario, pero no lo hizo.


Peña Batlle, quien en el primer gobierno de Trujillo se había rehusado a colaborar con el régimen, ya en 1935 estaba inscrito en el Partido Dominicano, y con esas apreciaciones cometió un error que le mantuvo en el anonimato hasta 1941. No asimiló que la propuesta del senador de la provincia de Santiago, Mario Fermín Cabral, de que se le cambiara el nombre a la ciudad de Santo Domingo por el de Ciudad Trujillo, era una treta del propio dictador.


En el año 1957 debían celebrarse elecciones para elegir al Presidente y Vicepresidente de la República. Trujillo como una maniobra para desarticular presiones externas optó por no presentarse como candidato, y en un memorable discurso, el 16 de mayo de 1956, propuso que fuera postulado su hermano Héctor B. Trujillo para la presidencia y su hijo Rafael Trujillo (Ramfis) para la vicepresidencia.


Se produjo un desenlace inesperado, debido a que Ramfis rechazó la candidatura vicepresidencial alegando que desde su niñez había sido un hombre de armas y prefería seguir dentro de la carrera militar. Trujillo aceptó de buen modo la renuncia de su hijo, y allí entró Balaguer como el ave fénix.


Hay que resaltar que en ningún momento existió en Trujillo el interés de convertir a Balaguer en su heredero político. Fueron las circunstancias que lo obligaron a recurrir al más eficiente de sus servidores.


En el año 1952, Trujillo le manifestó a Laureano Vallenilla Lanz, prestigioso político Venezolano: “No tengo sucesores, ni pienso formarlo”.“Ya se encargarán de eso las circunstancias, porque en países como en el nuestro, el mando supremo no se hereda.”


El tirano consideró que el colaborador más idóneo para ocupar la vicepresidencia era Balaguer, y en carta enviada al licenciado J. Furcy Pichardo, Presidente del Partido Dominicano, en fecha 4 de julio de 1956, señaló: “Entre las diversas personalidades aptas por sus merecimientos para inspirar la confianza de nuestro partido, que no es otra que la misma confianza de todo el conglomerado nacional, como genuino intérprete que es de los intereses y la voluntad de la Nación -que para serlo lo fundé el año de haberme iniciado en la dirección de los destinos públicos-; entre esas diversas personalidades, repito, se halla una que responde cabalmente a los fines por los cuales se ha hecho acreedora en alto grado al aprecio y a la fe depositada en ella para ser escogido como digna por todos conceptos de la recomendación que voy hacer de la misma al Partido Dominicano: el doctor Joaquín Balaguer”.


Baltasar Gracián lo dijo, “saber esperar es una virtud que demuestra gran temple y grandes reservas de paciencia. Si uno es dueño de sí, lo será de los otros. Hay que ir caminando mientras llega la oportunidad que nos reserva el destino. La espera prudente culmina en éxito y hace que maduren los planes. Las muletas de dar tiempo a las cosas son más efectivas que una macana.”


En este momento, Balaguer recibió de Trujillo el reconocimiento que había buscado incesantemente durante 25 años de servicios públicos. En su carta de recomendación, el Jefe continúa diciendo: “Le conozco suficientemente y tengo señaladas pruebas de sus aptitudes, de su sinceridad y de su lealtad a mi persona y a los principios que son el fundamento de nuestra organización política y la base de su estabilidad. Se premia en él a la juventud dominicana formada al calor de esta Era de reconstrucción nacional que el pueblo quiso bautizar con mi nombre, y en general, a todos los dominicanos, celosos guardianes de esos principios con que luchamos decididamente y con viva fe en Dios y en la Patria, por el mayor afianzamiento de ésta y por la seguridad y la paz del mundo libre.”


Así llegó Balaguer a la vicepresidencia de la República. Es posible que de no producirse la renuncia de Ramfis su destino hubiera sido otro, y quizás no se hubiese coronado siete veces Presidente de la República. Este ascenso de Balaguer se produjo en una coyuntura en que la tiranía entraba en la etapa de su crisis final.


Así entró Balaguer en el peligroso juego que significó la carrera presidencial en la Era de Trujillo. Estaba dispuesto a jugársela, y como destinista confeso no se detuvo a meditar sobre las posibles consecuencias. Cargó con su destino, asumió siempre las consecuencias de sus actuaciones sin buscar aplausos y sin esperar ningún reconocimiento del régimen.


Era un hombre creador, y al mismo tiempo, un mundo aparte e independiente. Lo había encontrado todo dentro de si mismo y en la naturaleza a la que había permanecido unido.


Era un hombre solitario, pero no por frustración. Amaba a la soledad y soportaba de buen modo el sufrimiento que esta le causaba, porque únicamente el hombre solitario se encuentra sometido a las leyes profundas de la naturaleza.


La escogencia de Balaguer como Vicepresidente de la República pudo ser considerada como un premio a la excelencia.


Balaguer había sobresalido en todas las tareas que les habían sido encomendadas por Trujillo, y como dice Baltasar Gracián, “sobresalir en una posición relevante va desde un nivel normal hasta el más alto grado. Sobresalir en tareas sencillas es insignificante. Proporciona alguna satisfacción, pero efímera. Sobresalir en lo grande es propio de soberanos: genera admiración y gana voluntades.” Joaquín Balaguer sobresalió en las grandes tareas y misiones, por tanto, el tirano no tenía otra alternativa que no fuera la de reconocer sus ganados méritos.


Desde la Secretaría de la Presidencia Balaguer despertó celos, pero desde la vicepresidencia despertó muchos más.


Dice el historiador Aliro Paulino, que una vez conversando con el entonces hombre fuerte de la seguridad nacional, el coronel Jhonny Abbes García, este me dijo en un pasillo del Palacio: “A Balaguer lo voy a sentar en la silla eléctrica alguna vez. Ese no es amigo de Trujillo, sino de Balaguer...”

La posteridad se encargó de demostrar que el sanguinario Jefe del Servicio de Inteligencia Militar no estaba del todo equivocado. Balaguer era un estadista y su lealtad era al poder de donde podía hacer realidades sus ilusiones. Como dijo Paracelso: “Que no sea de otro quien puede ser dueño de sí mismo”