"Es la estrategia, no la táctica, lo que gana elecciones".-- Dick Morris
El mensaje es el elemento básico para alcanzar el triunfo en las modernas campañas electorales. Hoy día, los electores no votan por los candidatos. Más bien, votan por ellos mismos. Votan por aquel que entienden que le mejorará la vida.
El consultor político norteamericano Dick Morris hace la acotación de que el mensaje es más importante que el dinero. Los temas son más centrales que la imagen. La estrategia importa más que la táctica. Los avisos positivos funcionan mejor que los negativos. La sustancia es más relevante que el escándalo. Los temas son más poderosos que la imagen y la estrategia más importante que el prejuicio.
El triunfo en una campaña electoral depende más del mensaje que del dinero. El mensaje es mucho más importante que el dinero. Los hechos han demostrado que un candidato más rico con un mensaje más pobre, por lo regular pierde de un candidato más pobre con un mensaje más fuerte, siempre y cuando el candidato con menos dinero tenga los recursos necesarios para comunicar su mensaje.
El mensaje es mucho más importante que el carácter y la personalidad. Cuesta menos proyectar el mensaje que el carácter y la personalidad del candidato. Es más fácil y cuesta menos esfuerzo lograr coincidir con alguien que conseguir gustarle.
Entender esto, no solo hace que la campaña sea más efectiva, sino que también, hace que sea menos costosa. Los típicos candidatos adinerados contratan creadores de imagen de primer nivel para diseñar avisos como especie de telenovelas donde muestran sus raíces, historia y valores familiares, mientras que el candidato con menos dinero, hace avisos publicitarios sobre temas que preocupan o interesan a la inmensa mayoría de la población.
De este modo, el candidato con menos dinero, no sólo supera la desventaja económica, sino también, puede hacer que su campaña sea más efectiva.
Con la autoridad que le confiere la experiencia y el conocimiento, Dick Morris dice que para ganar, un candidato no necesita la cantidad de dinero que la mayoría de los políticos, los medios de comunicación masiva, los recaudadores de fondos y los donantes piensan que es necesario.
Aduce el consultor estadounidense que la clave para llevar adelante una campaña barata es evitar gastar dinero en cualquier cosa que no sea proyectar un mensaje. Los candidatos ricos despilfarran millones en cuarteles generales, equipo, consultores duplicados y cosas por el estilo. Un candidato o candidata necesita suficiente dinero para lograr que su mensaje llegue. Un candidato exitoso necesita proyectar entre ocho y diez mensajes por campaña.
Los candidatos, muchas veces, bajo las presiones y quejas de sus colaboradores de que necesitan más dinero, se dedican casi por completo a la búsqueda de plata, y no emplean las horas necesarias en pensar en el mensaje en que deberá gastar ese dinero.
Algunas veces los integrantes del equipo de campaña piensan más en el dinero para cubrir los gastos operativos de la misma -alquiler de locales, renta de vehículos, combustibles, sueldos, dietas y gastos administrativos- que en el dinero que se necesita para comunicar el mensaje.
Por eso, se ha dado el caso de muchas campañas en las que mientras más dinero busca el candidato más se gasta, y sin embargo, esto no se traduce en incremento de su popularidad. Es lo que se conoce en el lenguaje popular con el dicho de que "la campaña no llega".
Los candidatos deben cuidarse de caer bajo la influencia y el control de dirigentes que conciben la política como un proceso mecánico. La política está dominada por ideas. El dinero es importante, pero no habla. Sin un mensaje, el dinero pierde su importancia.
Ante la madurez que expresa el electorado como consecuencia del auge de la comunicación y de los avances en los niveles educativos, el mensaje adquiere mayor importancia que la imagen.
Los votantes son más receptivos a la sustancia que a la ostentación como mensaje de campaña. Los candidatos que subrayan la imagen más que el mensaje persiguen convencer por manipulación más que por persuasión.
Las modernas campañas electorales más que una guerra de papeletas son una guerra de mensajes, en las que triunfa el que logra mayor convencimiento.
El mensaje sobre los temas que defiende el candidato es la sustancia del producto -candidato-, y tiene una importancia mayor que la imagen, el dinero, los prejuicios culturales y los avisos negativos.
Dos o tres décadas atrás, los electores subordinaban sus propias ideas a las de los hombres más preparados -líderes ideológicos-. Buscaban o construían líderes para que pensaran por todo el conglomerado social.
Ahora, por el contrario, los votantes se consideran dueños de sus propias ideas, y se sienten capaces de analizar temas de políticas públicas. Este proceso conduce a un cambio de actitud de los electores con respecto a los partidos y los políticos.
Los electores cada día son más independientes y más confiados en sí mismo, mientras incrementan su desconfianza hacia los partidos y los políticos.
En las campañas electorales realizadas a comienzos del siglo XXI el mensaje, o más bien, los temas se están imponiendo a la imagen, y así seguirá sucediendo, debido a que las campañas se están convirtiendo en el momento de ayudar al electorado a crecer intelectualmente.
Las campañas apoyadas en temas ayudan a los electores a entender las razones de las crisis, y a percibir al candidato que posee los mejores atributos para enfrentar la solución de los males. No basta con un candidato bien presentado y maquillado.
No es suficiente con un actor para persuadir al votante. El votante tiene la capacidad para darse cuenta cuando le están mintiendo en la televisión.
Los electores están aprendiendo a no creer en sus propios ojos. Los avisos de imagen son atractivos a la vista y recrean la mente del televidente. Entretienen durante un momento, pero no funcionan bien a lo largo de una campaña.
Los votantes demandan planteamiento de solución a problemas específicos. Dos o tres décadas atrás las elecciones se ganaban con imagen. Ahora las elecciones se ganan con verbos o propuestas de acción, y no con adjetivos de halagos al candidato.
Esto no significa que las campañas de imagen desaparecerán, o que las imágenes no serán utilizadas en las campañas electores. Lo que queremos enfocar es la supremacía del mensaje -contenido- sobre la imagen. Inclusive, los mensajes de temas permiten explicar el verdadero carácter y personalidad del candidato.
Morris argumenta que los votantes aprenden quiénes son sus candidatos a través de los temas. Los temas después sugieren adjetivos y atributos. Estas ideas sobre su personalidad y su carácter se fijan en nuestra mente. Entonces nos olvidamos de los temas y recordamos sólo las características. Pero la clave es usar los temas para disparar los adjetivos.
En la exposición de los temas, las mujeres y los niños van primero que los hombres. En la agenda temática del candidato, las necesidades de los niños deben ser las más urgentes seguidas por las preocupaciones sociales de las mujeres, y en último renglón, se encuentran las necesidades de los hombres. Los electores quieren políticos que hablen por los niños, las madres solteras y los hombres con bajos ingresos.
Los votantes se han dado cuenta que los grandes problemas de su vida son más sociales que económicos, y por tanto, su propio interés individual puede ser mejor atendido ayudando a los demás. Por eso, temas como el medio ambiente y la educación adquieren tanta importancia. Es inevitable que en el siglo XXI las personas se preocupen más por el interés común que por el individual.
Los políticos deben buscar esquemas que orienten las intenciones sociales positivas de los consumidores, orientadas a mejorar su mundo. Deben hacerse campañas para pedirles a las personas que consuman los productos de aquellas industrias que preservan el medio ambiente, que brinden un trato adecuado a sus empleados, que promueven el deporte, la educación y la cultura. Esto haría que las demás industrias adopten el mismo comportamiento lo que nos conduciría a un mejor mundo, a una mejor sociedad.
El mensaje es el elemento básico para alcanzar el triunfo en las modernas campañas electorales. Hoy día, los electores no votan por los candidatos. Más bien, votan por ellos mismos. Votan por aquel que entienden que le mejorará la vida.
El consultor político norteamericano Dick Morris hace la acotación de que el mensaje es más importante que el dinero. Los temas son más centrales que la imagen. La estrategia importa más que la táctica. Los avisos positivos funcionan mejor que los negativos. La sustancia es más relevante que el escándalo. Los temas son más poderosos que la imagen y la estrategia más importante que el prejuicio.
El triunfo en una campaña electoral depende más del mensaje que del dinero. El mensaje es mucho más importante que el dinero. Los hechos han demostrado que un candidato más rico con un mensaje más pobre, por lo regular pierde de un candidato más pobre con un mensaje más fuerte, siempre y cuando el candidato con menos dinero tenga los recursos necesarios para comunicar su mensaje.
El mensaje es mucho más importante que el carácter y la personalidad. Cuesta menos proyectar el mensaje que el carácter y la personalidad del candidato. Es más fácil y cuesta menos esfuerzo lograr coincidir con alguien que conseguir gustarle.
Entender esto, no solo hace que la campaña sea más efectiva, sino que también, hace que sea menos costosa. Los típicos candidatos adinerados contratan creadores de imagen de primer nivel para diseñar avisos como especie de telenovelas donde muestran sus raíces, historia y valores familiares, mientras que el candidato con menos dinero, hace avisos publicitarios sobre temas que preocupan o interesan a la inmensa mayoría de la población.
De este modo, el candidato con menos dinero, no sólo supera la desventaja económica, sino también, puede hacer que su campaña sea más efectiva.
Con la autoridad que le confiere la experiencia y el conocimiento, Dick Morris dice que para ganar, un candidato no necesita la cantidad de dinero que la mayoría de los políticos, los medios de comunicación masiva, los recaudadores de fondos y los donantes piensan que es necesario.
Aduce el consultor estadounidense que la clave para llevar adelante una campaña barata es evitar gastar dinero en cualquier cosa que no sea proyectar un mensaje. Los candidatos ricos despilfarran millones en cuarteles generales, equipo, consultores duplicados y cosas por el estilo. Un candidato o candidata necesita suficiente dinero para lograr que su mensaje llegue. Un candidato exitoso necesita proyectar entre ocho y diez mensajes por campaña.
Los candidatos, muchas veces, bajo las presiones y quejas de sus colaboradores de que necesitan más dinero, se dedican casi por completo a la búsqueda de plata, y no emplean las horas necesarias en pensar en el mensaje en que deberá gastar ese dinero.
Algunas veces los integrantes del equipo de campaña piensan más en el dinero para cubrir los gastos operativos de la misma -alquiler de locales, renta de vehículos, combustibles, sueldos, dietas y gastos administrativos- que en el dinero que se necesita para comunicar el mensaje.
Por eso, se ha dado el caso de muchas campañas en las que mientras más dinero busca el candidato más se gasta, y sin embargo, esto no se traduce en incremento de su popularidad. Es lo que se conoce en el lenguaje popular con el dicho de que "la campaña no llega".
Los candidatos deben cuidarse de caer bajo la influencia y el control de dirigentes que conciben la política como un proceso mecánico. La política está dominada por ideas. El dinero es importante, pero no habla. Sin un mensaje, el dinero pierde su importancia.
Ante la madurez que expresa el electorado como consecuencia del auge de la comunicación y de los avances en los niveles educativos, el mensaje adquiere mayor importancia que la imagen.
Los votantes son más receptivos a la sustancia que a la ostentación como mensaje de campaña. Los candidatos que subrayan la imagen más que el mensaje persiguen convencer por manipulación más que por persuasión.
Las modernas campañas electorales más que una guerra de papeletas son una guerra de mensajes, en las que triunfa el que logra mayor convencimiento.
El mensaje sobre los temas que defiende el candidato es la sustancia del producto -candidato-, y tiene una importancia mayor que la imagen, el dinero, los prejuicios culturales y los avisos negativos.
Dos o tres décadas atrás, los electores subordinaban sus propias ideas a las de los hombres más preparados -líderes ideológicos-. Buscaban o construían líderes para que pensaran por todo el conglomerado social.
Ahora, por el contrario, los votantes se consideran dueños de sus propias ideas, y se sienten capaces de analizar temas de políticas públicas. Este proceso conduce a un cambio de actitud de los electores con respecto a los partidos y los políticos.
Los electores cada día son más independientes y más confiados en sí mismo, mientras incrementan su desconfianza hacia los partidos y los políticos.
En las campañas electorales realizadas a comienzos del siglo XXI el mensaje, o más bien, los temas se están imponiendo a la imagen, y así seguirá sucediendo, debido a que las campañas se están convirtiendo en el momento de ayudar al electorado a crecer intelectualmente.
Las campañas apoyadas en temas ayudan a los electores a entender las razones de las crisis, y a percibir al candidato que posee los mejores atributos para enfrentar la solución de los males. No basta con un candidato bien presentado y maquillado.
No es suficiente con un actor para persuadir al votante. El votante tiene la capacidad para darse cuenta cuando le están mintiendo en la televisión.
Los electores están aprendiendo a no creer en sus propios ojos. Los avisos de imagen son atractivos a la vista y recrean la mente del televidente. Entretienen durante un momento, pero no funcionan bien a lo largo de una campaña.
Los votantes demandan planteamiento de solución a problemas específicos. Dos o tres décadas atrás las elecciones se ganaban con imagen. Ahora las elecciones se ganan con verbos o propuestas de acción, y no con adjetivos de halagos al candidato.
Esto no significa que las campañas de imagen desaparecerán, o que las imágenes no serán utilizadas en las campañas electores. Lo que queremos enfocar es la supremacía del mensaje -contenido- sobre la imagen. Inclusive, los mensajes de temas permiten explicar el verdadero carácter y personalidad del candidato.
Morris argumenta que los votantes aprenden quiénes son sus candidatos a través de los temas. Los temas después sugieren adjetivos y atributos. Estas ideas sobre su personalidad y su carácter se fijan en nuestra mente. Entonces nos olvidamos de los temas y recordamos sólo las características. Pero la clave es usar los temas para disparar los adjetivos.
En la exposición de los temas, las mujeres y los niños van primero que los hombres. En la agenda temática del candidato, las necesidades de los niños deben ser las más urgentes seguidas por las preocupaciones sociales de las mujeres, y en último renglón, se encuentran las necesidades de los hombres. Los electores quieren políticos que hablen por los niños, las madres solteras y los hombres con bajos ingresos.
Los votantes se han dado cuenta que los grandes problemas de su vida son más sociales que económicos, y por tanto, su propio interés individual puede ser mejor atendido ayudando a los demás. Por eso, temas como el medio ambiente y la educación adquieren tanta importancia. Es inevitable que en el siglo XXI las personas se preocupen más por el interés común que por el individual.
Los políticos deben buscar esquemas que orienten las intenciones sociales positivas de los consumidores, orientadas a mejorar su mundo. Deben hacerse campañas para pedirles a las personas que consuman los productos de aquellas industrias que preservan el medio ambiente, que brinden un trato adecuado a sus empleados, que promueven el deporte, la educación y la cultura. Esto haría que las demás industrias adopten el mismo comportamiento lo que nos conduciría a un mejor mundo, a una mejor sociedad.
