A los catorce años comenzó a publicar poemas y versos en periódicos de la época. La poesía era parte de su vida cotidiana.
Rubén Darío fue un periodista y poeta de trascendencia universal. Es el gran renovador de la poesía en la lengua española. Su verdadero nombre es Félix Rubén García Sarmiento. Nació el 18 de enero de 1867 en la aldea de Metapa, departamento de Nueva Segovia, en la República de Nicaragua.
Estudió en una escuela pública y a temprana edad entró en contacto con los clásicos castellanos –Cervantes y Quevedo-, lecturas que mezcló con obras de otras literatur
as, tales como: Las mil y una noches, La Biblia, los Oficios de Cicerón y la Corina de Madame Stael.
Rubén Darío tenía un carácter imaginativo y tuvo el privilegio de crecer en El Managua, un lugar maravilloso, con un lago encantado lleno de islas floridas con pájaros de colores, y sobre todo, el cono imponente del volcán Motobomba. A ese ambiente esplendoroso de la naturaleza que consagra lo diminuto del hombre ante el ser creador, se debió la impronta de su creación literaria.
De la escuela primaria pasó al colegio de los jesuitas, y de inmediato orientó su poesía hacia lo religioso, hasta tal punto que sus décimas, epitafios y coplas volanderas estaban presentes en todos los actos litúrgicos y festivales religiosos. A temprana edad adquirió fama, se le conocía como el poeta-niño.
A los catorce años comenzó a publicar poemas y versos en periódicos de la época. La poesía era parte de su vida cotidiana. Escribía a sus enamoradas.
El pequeño pueblo en que vivía no llenaba sus expectativas, sueños y ambiciones. Se dirigió a Managua la capital de Nicaragua, donde un grupo de diputados solicitaron para el una beca que le permitiera seguir sus estudios en Europa. El apoyo oficial no fue posible debido a que el joven se había mostrado en sus escritos revolucionario, anticatólico e ideológicamente incendiario.
Consiguió un empleo en la Biblioteca Nacional de Managua, lugar perfecto para un adolescente con su espíritu imaginativo. Amplió su cultura. Leyó con avidez a Góngora y a Berceo; frecuentó las páginas de la mitología, y desde su perspectiva americana descubrió el romanticismo, el parnasianismo y la escuela romana de Moreas.
Con a penas quince años de edad se hizo amigo de literatos, historiadores, pedagogos y periodistas. Asistía a tertulias literarias y escribía versos para álbumes. Conoció a Elena, una jovenzuela de ojos verdes y tez canela, de la que se enamoró con su apasionamiento característico.
Cuando hizo público su deseo de casarse con Elena sus amigos consideraron la decisión como una locura, y para evitar el matrimonio reunieron fondos y lo enviaron a El Salvador.
La estrella de Rubén Darío estaba brillando tan alto que en El Salvador fue recibido por el presidente Zaldivar, quien más tarde le encargó la tarea de escribir y recitar una oda para celebrar el centenario del nacimiento del Libertador Simón Bolívar. Fue su primer contacto con el público salvadoreño y obtuvo un éxito esplendoroso.
Regresó a Nicaragua, volvió con sus amigos de antes y reanudó sus amoríos con Elena, a quien bautizó en un poema como “La Garza Morena”. Fue nombrado secretario del Presidente Zabala. En esos tiempos –1885- publicó su libro Primeras Notas, y que es una incipiente de la revolución poética que se gesta en su inquieta inteligencia.
En 1886 se marchó a Valparaíso de Chile. A pocos días de estar en esa ciudad publicó un artículo sobre la muerte del escritor y político chileno Benjamín Vicuña Mackenna, que le abrió las puertas de la prensa chilena.
Comenzó a trabajar en el periódico El Mercurio, y luego se trasladó a Santiago, la capital de Chile.
Era famoso. Allí le esperaba el director del prestigioso periódico La Época, y en ese encuentro Rubén Darío recibe la más grande humillación de su vida.
En una estación le esperaba el petulante director del periódico, quien le había reservado habitación en un elegante hotel, con la impresión de que se trataba de un aparente señorío.
Cuando vio a Darío, el director lo miró desdeñosamente. El propio Darío describe el encuentro del modo siguiente: “En aquella mirada abarcaba mi pobre cuerpo de muchacho flaco, mi cabellera larga, unos pantalones estrechos que yo creía elegantísimos, mis problemáticos zapatos y sobre todo mi valija, una valija indescriptible…”
El director le dijo: “Tengo mucho placer en conocerle. Le había hecho preparar una habitación en un hotel de que le hable a su amigo Poirier. No le conviene” “Nunca como en aquella hora –escribió amargamente Darío- sentí la humillación del favor indispensable, de la incomprensión adinerada.”
Estuvo también en España, Argentina, Cuba, Francia y Estados Unidos. En Nueva York conoció a José Martí, con quien estableció una estrecha amistad.
En todos estos países dejo huellas imborrables. Era un poeta de alto vuelo. Era codiciado por los más prestigiosos periódicos. Su talento, su humildad, su sencillez, su creatividad, su estilo era único en la poesía de su tiempo.
Rubén Darío es el inspirador del Modernismo, movimiento poético que nació en Buenos Aires e influyó en todos los ámbitos hispanoamericanos. Es la primera manifestación apreciable universalmente de la existencia del espíritu, donde los hombres de todas las latitudes se encuentran y se funden para hacer posible esa concreción heterogénea que es el alma de la raza hispanoamericana.
Rubén Darío es una de las grandes voces de América y su influencia en la poesía española ha sido relevante. Su obra se caracteriza por la renovación del lenguaje poético y de la métrica, por las innovaciones temáticas, el esteticismo y el exotismo.
Dentro de sus obras se encuentran: Azul; Primeras Notas; Los Raros; Prosas Profanas; España Contemporánea; Cantos de vida y esperanza; Canto errante; Canto a la Argentina; Todo al vuelo; El oro de Mallorca, entre otras.
Falleció en Nicaragua, el 6 de febrero de 1916. Minutos después de que su amigo el doctor Debayle le hiciera una operación de hígado que no dio buenos resultados. Se declaró luto nacional, y diez días después su cadáver fue inhumado en la catedral de León.
Rubén Darío fue un periodista y poeta de trascendencia universal. Es el gran renovador de la poesía en la lengua española. Su verdadero nombre es Félix Rubén García Sarmiento. Nació el 18 de enero de 1867 en la aldea de Metapa, departamento de Nueva Segovia, en la República de Nicaragua.
Estudió en una escuela pública y a temprana edad entró en contacto con los clásicos castellanos –Cervantes y Quevedo-, lecturas que mezcló con obras de otras literatur
as, tales como: Las mil y una noches, La Biblia, los Oficios de Cicerón y la Corina de Madame Stael.Rubén Darío tenía un carácter imaginativo y tuvo el privilegio de crecer en El Managua, un lugar maravilloso, con un lago encantado lleno de islas floridas con pájaros de colores, y sobre todo, el cono imponente del volcán Motobomba. A ese ambiente esplendoroso de la naturaleza que consagra lo diminuto del hombre ante el ser creador, se debió la impronta de su creación literaria.
De la escuela primaria pasó al colegio de los jesuitas, y de inmediato orientó su poesía hacia lo religioso, hasta tal punto que sus décimas, epitafios y coplas volanderas estaban presentes en todos los actos litúrgicos y festivales religiosos. A temprana edad adquirió fama, se le conocía como el poeta-niño.
A los catorce años comenzó a publicar poemas y versos en periódicos de la época. La poesía era parte de su vida cotidiana. Escribía a sus enamoradas.
El pequeño pueblo en que vivía no llenaba sus expectativas, sueños y ambiciones. Se dirigió a Managua la capital de Nicaragua, donde un grupo de diputados solicitaron para el una beca que le permitiera seguir sus estudios en Europa. El apoyo oficial no fue posible debido a que el joven se había mostrado en sus escritos revolucionario, anticatólico e ideológicamente incendiario.
Consiguió un empleo en la Biblioteca Nacional de Managua, lugar perfecto para un adolescente con su espíritu imaginativo. Amplió su cultura. Leyó con avidez a Góngora y a Berceo; frecuentó las páginas de la mitología, y desde su perspectiva americana descubrió el romanticismo, el parnasianismo y la escuela romana de Moreas.
Con a penas quince años de edad se hizo amigo de literatos, historiadores, pedagogos y periodistas. Asistía a tertulias literarias y escribía versos para álbumes. Conoció a Elena, una jovenzuela de ojos verdes y tez canela, de la que se enamoró con su apasionamiento característico.
Cuando hizo público su deseo de casarse con Elena sus amigos consideraron la decisión como una locura, y para evitar el matrimonio reunieron fondos y lo enviaron a El Salvador.
La estrella de Rubén Darío estaba brillando tan alto que en El Salvador fue recibido por el presidente Zaldivar, quien más tarde le encargó la tarea de escribir y recitar una oda para celebrar el centenario del nacimiento del Libertador Simón Bolívar. Fue su primer contacto con el público salvadoreño y obtuvo un éxito esplendoroso.
Regresó a Nicaragua, volvió con sus amigos de antes y reanudó sus amoríos con Elena, a quien bautizó en un poema como “La Garza Morena”. Fue nombrado secretario del Presidente Zabala. En esos tiempos –1885- publicó su libro Primeras Notas, y que es una incipiente de la revolución poética que se gesta en su inquieta inteligencia.
En 1886 se marchó a Valparaíso de Chile. A pocos días de estar en esa ciudad publicó un artículo sobre la muerte del escritor y político chileno Benjamín Vicuña Mackenna, que le abrió las puertas de la prensa chilena.
Comenzó a trabajar en el periódico El Mercurio, y luego se trasladó a Santiago, la capital de Chile.
Era famoso. Allí le esperaba el director del prestigioso periódico La Época, y en ese encuentro Rubén Darío recibe la más grande humillación de su vida.
En una estación le esperaba el petulante director del periódico, quien le había reservado habitación en un elegante hotel, con la impresión de que se trataba de un aparente señorío.
Cuando vio a Darío, el director lo miró desdeñosamente. El propio Darío describe el encuentro del modo siguiente: “En aquella mirada abarcaba mi pobre cuerpo de muchacho flaco, mi cabellera larga, unos pantalones estrechos que yo creía elegantísimos, mis problemáticos zapatos y sobre todo mi valija, una valija indescriptible…”
El director le dijo: “Tengo mucho placer en conocerle. Le había hecho preparar una habitación en un hotel de que le hable a su amigo Poirier. No le conviene” “Nunca como en aquella hora –escribió amargamente Darío- sentí la humillación del favor indispensable, de la incomprensión adinerada.”
Estuvo también en España, Argentina, Cuba, Francia y Estados Unidos. En Nueva York conoció a José Martí, con quien estableció una estrecha amistad.
En todos estos países dejo huellas imborrables. Era un poeta de alto vuelo. Era codiciado por los más prestigiosos periódicos. Su talento, su humildad, su sencillez, su creatividad, su estilo era único en la poesía de su tiempo.
Rubén Darío es el inspirador del Modernismo, movimiento poético que nació en Buenos Aires e influyó en todos los ámbitos hispanoamericanos. Es la primera manifestación apreciable universalmente de la existencia del espíritu, donde los hombres de todas las latitudes se encuentran y se funden para hacer posible esa concreción heterogénea que es el alma de la raza hispanoamericana.
Rubén Darío es una de las grandes voces de América y su influencia en la poesía española ha sido relevante. Su obra se caracteriza por la renovación del lenguaje poético y de la métrica, por las innovaciones temáticas, el esteticismo y el exotismo.
Dentro de sus obras se encuentran: Azul; Primeras Notas; Los Raros; Prosas Profanas; España Contemporánea; Cantos de vida y esperanza; Canto errante; Canto a la Argentina; Todo al vuelo; El oro de Mallorca, entre otras.
Falleció en Nicaragua, el 6 de febrero de 1916. Minutos después de que su amigo el doctor Debayle le hiciera una operación de hígado que no dio buenos resultados. Se declaró luto nacional, y diez días después su cadáver fue inhumado en la catedral de León.
