El dominicano que emigró a otro país en busca de progreso y bienestar, por lo regular se siente agradecido del suelo que lo aloja. A finales de los años 70 y durante los años 80 del pasado siglo, en el debate político dominicano estuvo muy presente el tema haitiano.
El proceso sucesivo de crisis sociales, políticas y económicas en que cayó ese país después de la caída de la dictadura de Duvalier, llevó preocupación al liderazgo político y a sectores intelectuales dominicanos, que estaban conscientes de que la crisis que se estaba encubando en Haití conduciría inevitablemente a una migración masiva de los nacionales de ese país hacia territorio dominicano.
Fue mucho lo que se habló y se debatió por años en el patio político, en los medios de comunicación y en círculos académicos, sin que se plasmara una propuesta de nación para detener con tiempo esa ola migratoria, que de la forma como se está llevando a cabo, dentro de unas cuantas décadas pondrá a la población dominicana en minorías dentro del territorio de la República Dominicana.
Mientras el nsueño de una gran parte de los dominicanos es marcharse de este país, decepcionados por el deterioro de sus niveles de vida, arropados por el torbellino de la desesperanza, carentes de confianza y de fe en los políticos y en las instituciones públicas.
Mientras los dominicanos en busca de un mejor porvenir, optan por irse al exterior, preferiblemente a los Estados Unidos de Norteamérica, así como a países de Europa, los nacionales haitianos, en su inmensa mayoría, optan por la única oportunidad fácil que se le presenta para la sobre vivencia y el progreso, y es trasladarse al territorio dominicano.
Existe una diferencia marcada entre el dominicano que vive en el exterior y el haitiano que habíta en el territorio dominicano. El dominicano que emigró a otro país en busca de progreso y bienestar, por lo regular se siente agradecido del suelo que lo aloja. El haitiano que se encuentra en territorio dominicano, que vino por su propia cuenta y vive de forma ilegal en nuestro país, desplazando manos de obras dominicanas, no vacila en señalar su descontento por el trato recibido.
Los haitianos sin importar su nivel social reiteran sus resentimientos y odios hacia los dominicanos, y el día en que se encuentren en condiciones favorables para echar la batalla, se lanzaran en contra de los dominicanos con las mismas energías que lo hicieron en contra de los colonizadores franceses y españoles.
Fue mucho lo que se habló y se debatió por años en el patio político, en los medios de comunicación y en círculos académicos, sin que se plasmara una propuesta de nación para detener con tiempo esa ola migratoria, que de la forma como se está llevando a cabo, dentro de unas cuantas décadas pondrá a la población dominicana en minorías dentro del territorio de la República Dominicana.
Mientras el sueño de una gran parte de los dominicanos es marcharse de este país, decepcionados por el deterioro de sus niveles de vida, arropados por el torbellino de la desesperanza, carentes de confianza y de fe en los políticos y en las instituciones públicas.
Mientras los dominicanos en busca de un mejor porvenir, optan por irse al exterior, preferiblemente a los Estados Unidos de Norteamérica, así como a países de Europa, los nacionales haitianos, en su inmensa mayoría, optan por la única oportunidad fácil que se le presenta para la sobre vivencia y el progreso, y es trasladarse al territorio dominicano.
Existe una diferencia marcada entre el dominicano que vive en el exterior y el haitiano que habita en el territorio dominicano. El dominicano que emigró a otro país en busca de progreso y bienestar, por lo regular se siente agradecido del suelo que lo aloja. El haitiano que se encuentra en territorio dominicano, que vino por su propia cuenta y vive de forma ilegal en nuestro país, desplazando manos de obras dominicanas, no vacila en señalar su descontento por el trato recibido.
Los haitianos sin importar su nivel social reiteran sus resentimientos y odios hacia los dominicanos, y el día en que se encuentren en condiciones favorables para echar la batalla, se lanzaran en contra de los dominicanos con las mismas energías que lo hicieron en contra de los colonizadores franceses y españoles.
El problema es mucho más complejo, y el destino de Haití y Dominicana se une aún más, ante el hecho cierto de que mientras los descendientes de los dominicanos que están en el exterior han perdido el interés de regresar a vivir en su suelo de origen, un comportamiento similar asumen los hijos de haitianos nacidos en territorio dominicano, a quienes no les interesa irse a vivir para Haití.
La gran meta de los hijos de haitianos nacidos en el territorio dominicano es educarse en nuestras escuelas, obtener su acta de nacimiento y posteriormente la cédula de identidad y electoral para disfrutar en pleno de los derechos civiles y políticos.
Mientras los dominicanos pierden la fe en los destinos de su país, los haitianos adoran el territorio dominicano. Este comportamiento de ambas poblaciones conducirá inevitablemente a la unificación definitiva de la isla, en un plazo de tiempo que no se puede calcular, pero que si no hacemos nada, puede ser más corto de lo que pensamos.
El grave problema de la migración haitiana hacia nuestro territorio ha sido manejado con mucha irresponsabilidad por los políticos dominicanos, así como también por otros sectores de la vida nacional, dentro de los cuales se encuentran: empresarios, religiosos y académicos que se han puesto al servicio de intereses foráneos.
Lo que debió ser un tema de nación, con una propuesta de solución que involucrara la participación de todos los sectores de la vida nacional, lo convirtieron en un tema de politiquería barata. Por dos décadas los políticos de nuestro país se entretuvieron asociando el futuro de un líder político nacional –el doctor José Francisco Peña Gómez- con el problema migratorio y la ilusión de poderosos sectores haitianos de unificar la isla bajo un mismo régimen político.
Una parte importante de los dominicanos pretendieron inhabilitar a Peña Gómez por su origen político, y en ciertas medidas lo lograron. Mientras que el líder perredeísta aprovechó las acusaciones que les hacía para convertirse en una víctima, status que al parecer le gustaba, y con el que se sentía cómodo.
Mientras estábamos en esos dimes y diretes de que Peña era o no haitiano, una quinta parte de la población haitiana se trasladó hacia territorio dominicano, y hoy estamos impotentes: No sabemos que hacer con ellos. No es posible hacer lo que hizo Trujillo en 1937 que autorizó el exterminio de todos los ilegales haitianos.
No podemos repatriarlos a todos. Somos incapaces de evitar que crucen las fronteras para que estos sigan en aumento. No podemos evitar que las mujeres haitianas que viven en nuestro suelo tengan tantos hijos como les venga en gana. No podemos negarles los servicios de salud. Y ¿hasta dónde podremos resistir la presión internacional orientada a obligarnos a reconocer como dominicanos a los hijos de haitianos nacidos en nuestro territorio?
El problema es mucho más grave y preocupante aún, debido a que tenemos un gobierno que lo evade. Conociendo al doctor Leonel Fernández y a los funcionarios del peledeismo, estamos seguros de que no tomarán decisiones firmes y contundentes al respecto. Este régimen es muy sensible a la opinión pública. Se quedarán con los brazos cruzados, y dentro de tres años tendremos un millón más de haitianos en nuestro territorio. El gobierno peledeísta asume una actitud de indiferencia similar a la asumida por los regímenes perredeistas.
Por el otro lado, tenemos una clase empresarial que aunque en palabras manifiesta su preocupación por la amenaza a la dominicanidad, en los hechos prefieren emplear a los haitianos para obtener mayores beneficios. Tenemos sectores intelectuales, comunicadores y religiosos que por hacer causa común con organismos internacionales de los que reciben financiamientos, se están erigiendo en defensores y abogados de los derechos de los ilegales haitianos.
Al ritmo que vamos, la unificación de la isla es un hecho inevitable. Los dominicanos hemos sido invadidos por una raza a la que no conocemos. Nosotros no conocemos la psicología de los haitianos. Estamos conviviendo con estas personas, que están en nuestras casas, en nuestras empresas, en nuestras calles. En fin, están en nuestras vidas, y desconocemos de lo que son capaces.
El momento es oportuno para leer el libro del doctor Jean Price-Mars, titulado La República de Haití y la República Dominicana. Esa obra escrita por uno de los intelectuales haitianos más prominentes de todos los tiempos, nos permite conocer mejor la psicología del huésped no invitado que tenemos en nuestro hogar. Inclusive, nuestros políticos del patio, que en sus mayorías sólo piensan en el lucro personal, debieran dedicar parte de su tiempo a leer esta importante obra.
Estoy de acuerdo en que debido al pequeño territorio que compartimos y por la inmensa frontera que nos une estamos condenados histórica y geográficamente a convivir con los haitianos.
Comparto el juicio externado por don Manuel Arturo Peña Batlle, uno de los intelectuales más prominentes que ha tenido nuestro país, quién dedicó un tiempo importante de su vida al estudio de la historia fronteriza dominico-haitiana, cuando escribió que “la historia de nuestro país está estrechamente ligada a sus problemas fronterizos.
Para los dominicanos, la frontera, considerada no como expresión geográfica, sino como un estado social, es elemento integrante de la nacionalidad y envuelve en sí problemas sustanciales de los cuales depende en enorme proporción el porvenir de la República.”
Es necesario que las fuerzas vivas del país, sin importar banderías políticas y credos religiosos, articulemos un plan para evitar la pérdida de nuestra soberanía, de nuestra cultura, de nuestros valores, de nuestro territorio y de nuestra esencia como dominicanos.
Todos los sectores de la vida nacional deben expresar apoyo y respaldo a la Junta Central Electoral para que se mantenga firme en su decisión de no declarar a los hijos de haitianos que viven ilegalmente en nuestro territorio.
Respecto a este grave problema, la población dominicana ha quedado abandonada a su propia suerte. Los enemigos de la Patria están ganando la batalla. Nosotros somos la víctima, y sin embargo, ahora se nos condena como victimarios en la Corte Interamericana de los Derechos Humanos.
No tenemos a la Unión Nacionalista, ni a un Luis Julián Pérez, así como a otros políticos e intelectuales que dedicaron parte de su vida a orientar y educar a la población dominicana, tratando de crear conciencia sobre el peligro inminente que nos acecha.
No tenemos a un Joaquín Balaguer en la presidencia de la República, quién nunca se amilanó, y fue en la medida que las circunstancia se lo permitieron, un muro de contención que detuvo la ejecución del plan macabro que se ejecuta en contra de la Patria.
Esto no se trata de racismo. En la República Dominicana no hay blancos, ni raza pura. Pero debemos reconocer que no es lo mismo el moreno dominicano que el negro haitiano. No debemos ser indiferentes ante el peligro inminente porque atraviesa nuestra Patria.
No debemos ignorar todo el sacrificio de los padres tutelares de la República y de todos aquellos prohombres que dieron sus vidas para dejarnos como herencia un nombre en la historia de la humanidad.
No debemos quedarnos con los brazos cruzados. Los buenos dominicanos, que sin temor a equivocaciones somos las mayorías, por el bienestar de nuestros hijos y nuestros nietos, debemos hacer algo.
miércoles, 26 de octubre de 2005
El peligro inminente de la presencia haitiana
martes, 18 de octubre de 2005
Balaguer: ¿Antihaitiano o patriota?
El problema de la inmigración haitiana, aunque quisiéramos ignorarlo es como una piedra en el zapato.
Ahora cuando la República Dominicana ha sido condenada en la Corte Interamericana de los Derechos Humanos, el tema haitiano ha sido puesto una vez más en la agenda del debate nacional.
El problema de la inmigración haitiana, aunque quisiéramos ignorarlo es como una piedra en el zapato.
No hay forma de ocultarlo ni de ignorarlo. Es una realidad con la que tenemos que convivir y a la que debemos buscar alternativas para enfrentar de forma pacífica y civilizada.
El momento es oportuno para enfocar el tema desde una retrospectiva histórica, a fin de que la juventud conozca importantes acontecimientos acaecidos en el pasado. Los sucesos acaecidos en 1937 cuando por órdenes del dictador Rafael L. Trujillo fueron asesinados varios miles de haitianos, y la República Dominicana fue sancionada por la Organización de los Estados Americanos, pusieron al régimen de entonces en una situación vulnerable en el contexto de las relaciones internacionales.
Esa matanza fue un acto de brutalidad y barbarie que no tiene justificación alguna en un mundo moderno y civilizado. Aunque hay que reconocer, que ese acontecimiento detuvo por décadas la migración de los nacionales haitianos hacia el territorio dominicano.
Todo acontecimiento histórico, por muy negativo que sea, tiene algo de positivo, y la parte positiva de esa tragedia injustificada fue que sirvió de muro de contención para detener por unas cuantas décadas la ola migratoria de la población haitiana hacia territorio dominicano.
Ese acontecimiento ha gravitado desde entonces en la conciencia colectiva de la sociedad haitiana. Pero, si la migración haitiana hacia territorio dominicano hubiera mantenido un curso normal al experimentado hasta 1937, al día de hoy, la República Dominicana hubiera perdido su base de sustentación cultural, debido a una serie de elementos que esbozó Balaguer en 1945, y que es apropiado su mención en la actual coyuntura, debido a que estamos inmersos en un escenario similar.
En la carta informe enviada por Balaguer al comité de colombianos interesados en evaluar la situación política de la República Dominicana, ofreció una ilustración que siete décadas después no pierde vigencia.
El doctor Balaguer sostuvo que: “En los últimos años ese problema ha adquirido proporciones catastróficas. Haití ocupa, en el territorio de la isla que es de poco más de 70,000 kilómetros cuadrados, una porción que asciende a 28,000 kilómetros. Su población alcanza ya a más de cuatro millones de almas, casi todas de raza puramente africana. El suelo, eminentemente montañoso, ha perdido gran parte de su capa vegetal por efecto del cultivo realizado en forma rudimentaria y a causa de las erosiones. La tierra es insuficiente, por todos conceptos para alimentar esa población que es exageradamente prolífica tanto porque el haitiano se reproduce con enorme facilidad como porque el nivel de vida de las grandes masas de ese país es esencialmente primitivo.”
Continua su enfoque del modo siguiente: “Las poblaciones haitianas, por una razón biológica, tienden fatalmente a desplazarse sobre el territorio dominicano que es mucho más rico, mucho más llano, mucho más extenso que el suyo. La falta de un tratado de fronteras, instrumento que el Presidente Trujillo logró hacer firmar por Haití en 1935, facilitó grandemente esa penetración indeseable. En el momento en que se suscribió ese acuerdo, fruto de largas y penosas negociaciones, había en el territorio dominicano más de 400,000 (cuatrocientos mil) haitianos, masa cuya densidad iba creciendo de manera alarmante”.
Si en 1935 la sociedad dominicana estaba amenazada por la presencia en su territorio de 40,000 haitianos, ahora, a principios del siglo XXI, cuando la población haitiana en territorio dominicano sobrepasa los dos millones de personas, sin tomar en consideración a los miles de haitianos nacidos en nuestro territorio. Es necesario reconocer que una parte de los descendientes haitianos se han mezclado con nuestra raza y nuestras costumbres, y por tanto, no se le considera como tales.
De ahí que la situación que en 1937 fue catalogada como preocupante, en la actualidad merece ser calificada como grave y alarmante.
Debemos reconocer, como señala Manuel Núñez, que, “ser dominicano no es, pues, un asunto jurídico sino cultural. Legalizar toda esa inmigración sería desmembrar la soberanía nacional. Sería, en otras palabras, repartir nuestros derechos a gobernarnos, a vivir en nuestra geografía, a fomentar nuestras riquezas entre una población que no comparte nuestra lengua, ni nuestra cultura, ni nuestra memoria, ni nuestras aspiraciones. Dicho en pocas palabras: se estaría cometiendo una traición al ideal que decidió la fundación de la República en 1844, precisamente para liberarnos de la presencia haitiana. Esta es una, entre otras, de las manifestaciones de la traición de los intelectuales”.
Balaguer después de exponer el problema de la densidad poblacional en el vecino país, señaló las consecuencias negativas que reviste la migración para la sociedad dominicana. ¿Cuáles eran las consecuencias de ese estado de cosas? La República Dominicana se estaba rápidamente haitianizando y el sentimiento de la solidaridad nacional se iba corrompiendo entre los habitantes de la antigua parte española de la isla. El voudou, la religión nacional haitiana, especie de animismo africano de la peor extracción, era ya también el culto preferido de toda la población dominicana radicada en las zonas fronterizas. La moneda haitiana, el gourde, había reemplazado la moneda nacional aun en los mercados del centro del país”.
La población campesina, continua exponiendo Balaguer, por efecto del contacto con lo peor del pueblo haitiano, iba adquiriendo costumbres tan anticristianas como la de las uniones incestuosas.
Las poblaciones dominicanas, radicadas en la proximidad de Haití, las más expuestas a las influencias desnacionalizantes de nuestros vecinos, habían perdido la conciencia de la nacionalidad hasta el extremo de que aún hoy día muchas de nuestras familias mantienen en el fondo de sus corazones un increíble sentimiento de adhesión hacia la patria de Desalinees”.
Balaguer expuso sin rodeo el peligro que representa la migración haitiana para la permanencia de la sociedad dominicana. “La República Dominicana estaba, pues, condenada a desaparecer absorbida por Haití, raza más prolífica y homogénea que la nuestra. Varios lustros más y el país se hubiera haitianizado irremediablemente. En ese momento, Balaguer concibió el problema como resuelto, al entender que los estragos causados por los acontecimientos de 1937 frenarían las migraciones.
Después de esas elucubraciones orientadas a ilustrar a los intelectuales colombianos que clamaban por la destitución de Trujillo ante el crimen cometido contra miles de haitianos, Balaguer asumió su misión del momento, y justificó una acción que desde todos los ámbitos de la convivencia humana, era injustificable.
Pero hechos similares, desgraciadamente han sucedido y continúan sucediendo setenta años después en países europeos, y sobre todo en naciones del Medio Oriente que entraron en la civilización desde antes del nacimiento de Cristo.
En su informe Balaguer reiteró: “Trujillo tuvo la energía necesaria para encararse al problema. Después de haber logrado que se definiera, en un tratado internacional, la línea divisoria entre los dos países, acometió una gigantesca labor de nacionalización en toda la zona fronteriza. Esa obra, eminentemente patriótica, tiende a incorporar de nuevo al patrimonio de la República, la tercera parte por lo menos de su población, espiritualmente desvinculada desde hacía más de un siglo de la heredad nacional”.
El análisis de Balaguer sobre el problema no significa que él fuera un despiadado o malvado, que en realidad no lo era, pero dejó claramente establecida su visión certera, objetiva y real, sobre un problema que en ese momento era incipiente, y posteriormente se ha convertido en el desafío más grande para la dominicanidad.
Balaguer dijo: Para realizar esa hazaña, propia sólo de un verdadero hombre de Estado, ha sido preciso crear entre la población de las zonas fronterizas y la del resto del país la comunidad de aspiraciones, y despertar en esas comarcas el sentimiento del papel que los hombres de una misma nación están llamados a desempeñar en el mundo, la conciencia de que la patria es un patrimonio sagrado, en que los sufrimientos y las esperanzas comunes se alteran con los vínculos del suelo y con las riquezas materiales. Esa empresa equivale a fijar definitivamente la constitución histórica de la República y puede compararse, guardadas desde luego las distancias, con la que realizó Isabel la Católica para extirpar de España a la morisma y para mantener la pureza de la religión con el memorable edicto de 1492”.
Es importante que ahora, cuando el problema es mucho mayor, puesto que la presencia haitiana en territorio dominicano es muchas veces superior, y el estado de hambruna, miseria y desnutrición que padecen los nacionales de ese hermano país, es mucho más catastrófico, se le preste el cuidado necesario a la definición de un marco de relaciones entre ambas naciones, en donde se prevea la necesidad de preservar nuestros valores y costumbres.
Debemos estar conscientes de que las autoridades haitianas en todo momento continuarán presionando a la República Dominicana por ante los organismos internacionales para que no ponga controles en la frontera, de modo que se fomente el libre tránsito y ambos pueblos queden entrelazados de manera indisoluble.
Balaguer fue el único gobernante dominicano, después de Trujillo, que siempre fue coherente en torno al peligro que implica para la República Dominicana la invasión pacífica de que ha sido objeto durante casi un siglo. En todo momento, el presidente Balaguer defendió el derecho que asiste a las autoridades dominicanas de repatriar a los ilegales haitianos y establecer los controles de lugar para preservar la identidad nacional.
Ese derecho les asiste a todos los Estados Soberanos y no está supeditado a diferencias raciales y culturales, sino más bien, a facultades plenas e irrenunciables de defensa de su territorio.
De ahí que, la política de la República Dominicana frente a Haití no obedece ni puede obedecer a consideraciones raciales. Por tanto, el aporte intelectual hecho por Balaguer sobre ese tema, tal como señala Alba Josefina Zaiter Mejía, “adquiere significado en el pensamiento social dominicano, no sólo por haber participado en los principales acontecimientos de la historia reciente del país, sino por sustentar posiciones reflexivas en torno a la realidad dominicana y a la nacionalidad.”
Es interesante la acotación que hace la prestigiosa investigadora social petromacorisana, de que: “así como para el pensamiento nacionalista de los años veinte un elemento fundamental será el sentimiento antinorteamericano, durante la dictadura de Trujillo lo será el antihaitianismo.” Pero, en ambos casos, es cuestión de patriotismo.
Ahora cuando la República Dominicana ha sido condenada en la Corte Interamericana de los Derechos Humanos, el tema haitiano ha sido puesto una vez más en la agenda del debate nacional.
El problema de la inmigración haitiana, aunque quisiéramos ignorarlo es como una piedra en el zapato.
No hay forma de ocultarlo ni de ignorarlo. Es una realidad con la que tenemos que convivir y a la que debemos buscar alternativas para enfrentar de forma pacífica y civilizada.
El momento es oportuno para enfocar el tema desde una retrospectiva histórica, a fin de que la juventud conozca importantes acontecimientos acaecidos en el pasado. Los sucesos acaecidos en 1937 cuando por órdenes del dictador Rafael L. Trujillo fueron asesinados varios miles de haitianos, y la República Dominicana fue sancionada por la Organización de los Estados Americanos, pusieron al régimen de entonces en una situación vulnerable en el contexto de las relaciones internacionales.
Esa matanza fue un acto de brutalidad y barbarie que no tiene justificación alguna en un mundo moderno y civilizado. Aunque hay que reconocer, que ese acontecimiento detuvo por décadas la migración de los nacionales haitianos hacia el territorio dominicano.
Todo acontecimiento histórico, por muy negativo que sea, tiene algo de positivo, y la parte positiva de esa tragedia injustificada fue que sirvió de muro de contención para detener por unas cuantas décadas la ola migratoria de la población haitiana hacia territorio dominicano.
Ese acontecimiento ha gravitado desde entonces en la conciencia colectiva de la sociedad haitiana. Pero, si la migración haitiana hacia territorio dominicano hubiera mantenido un curso normal al experimentado hasta 1937, al día de hoy, la República Dominicana hubiera perdido su base de sustentación cultural, debido a una serie de elementos que esbozó Balaguer en 1945, y que es apropiado su mención en la actual coyuntura, debido a que estamos inmersos en un escenario similar.
En la carta informe enviada por Balaguer al comité de colombianos interesados en evaluar la situación política de la República Dominicana, ofreció una ilustración que siete décadas después no pierde vigencia.
El doctor Balaguer sostuvo que: “En los últimos años ese problema ha adquirido proporciones catastróficas. Haití ocupa, en el territorio de la isla que es de poco más de 70,000 kilómetros cuadrados, una porción que asciende a 28,000 kilómetros. Su población alcanza ya a más de cuatro millones de almas, casi todas de raza puramente africana. El suelo, eminentemente montañoso, ha perdido gran parte de su capa vegetal por efecto del cultivo realizado en forma rudimentaria y a causa de las erosiones. La tierra es insuficiente, por todos conceptos para alimentar esa población que es exageradamente prolífica tanto porque el haitiano se reproduce con enorme facilidad como porque el nivel de vida de las grandes masas de ese país es esencialmente primitivo.”
Continua su enfoque del modo siguiente: “Las poblaciones haitianas, por una razón biológica, tienden fatalmente a desplazarse sobre el territorio dominicano que es mucho más rico, mucho más llano, mucho más extenso que el suyo. La falta de un tratado de fronteras, instrumento que el Presidente Trujillo logró hacer firmar por Haití en 1935, facilitó grandemente esa penetración indeseable. En el momento en que se suscribió ese acuerdo, fruto de largas y penosas negociaciones, había en el territorio dominicano más de 400,000 (cuatrocientos mil) haitianos, masa cuya densidad iba creciendo de manera alarmante”.
Si en 1935 la sociedad dominicana estaba amenazada por la presencia en su territorio de 40,000 haitianos, ahora, a principios del siglo XXI, cuando la población haitiana en territorio dominicano sobrepasa los dos millones de personas, sin tomar en consideración a los miles de haitianos nacidos en nuestro territorio. Es necesario reconocer que una parte de los descendientes haitianos se han mezclado con nuestra raza y nuestras costumbres, y por tanto, no se le considera como tales.
De ahí que la situación que en 1937 fue catalogada como preocupante, en la actualidad merece ser calificada como grave y alarmante.
Debemos reconocer, como señala Manuel Núñez, que, “ser dominicano no es, pues, un asunto jurídico sino cultural. Legalizar toda esa inmigración sería desmembrar la soberanía nacional. Sería, en otras palabras, repartir nuestros derechos a gobernarnos, a vivir en nuestra geografía, a fomentar nuestras riquezas entre una población que no comparte nuestra lengua, ni nuestra cultura, ni nuestra memoria, ni nuestras aspiraciones. Dicho en pocas palabras: se estaría cometiendo una traición al ideal que decidió la fundación de la República en 1844, precisamente para liberarnos de la presencia haitiana. Esta es una, entre otras, de las manifestaciones de la traición de los intelectuales”.
Balaguer después de exponer el problema de la densidad poblacional en el vecino país, señaló las consecuencias negativas que reviste la migración para la sociedad dominicana. ¿Cuáles eran las consecuencias de ese estado de cosas? La República Dominicana se estaba rápidamente haitianizando y el sentimiento de la solidaridad nacional se iba corrompiendo entre los habitantes de la antigua parte española de la isla. El voudou, la religión nacional haitiana, especie de animismo africano de la peor extracción, era ya también el culto preferido de toda la población dominicana radicada en las zonas fronterizas. La moneda haitiana, el gourde, había reemplazado la moneda nacional aun en los mercados del centro del país”.
La población campesina, continua exponiendo Balaguer, por efecto del contacto con lo peor del pueblo haitiano, iba adquiriendo costumbres tan anticristianas como la de las uniones incestuosas.
Las poblaciones dominicanas, radicadas en la proximidad de Haití, las más expuestas a las influencias desnacionalizantes de nuestros vecinos, habían perdido la conciencia de la nacionalidad hasta el extremo de que aún hoy día muchas de nuestras familias mantienen en el fondo de sus corazones un increíble sentimiento de adhesión hacia la patria de Desalinees”.
Balaguer expuso sin rodeo el peligro que representa la migración haitiana para la permanencia de la sociedad dominicana. “La República Dominicana estaba, pues, condenada a desaparecer absorbida por Haití, raza más prolífica y homogénea que la nuestra. Varios lustros más y el país se hubiera haitianizado irremediablemente. En ese momento, Balaguer concibió el problema como resuelto, al entender que los estragos causados por los acontecimientos de 1937 frenarían las migraciones.
Después de esas elucubraciones orientadas a ilustrar a los intelectuales colombianos que clamaban por la destitución de Trujillo ante el crimen cometido contra miles de haitianos, Balaguer asumió su misión del momento, y justificó una acción que desde todos los ámbitos de la convivencia humana, era injustificable.
Pero hechos similares, desgraciadamente han sucedido y continúan sucediendo setenta años después en países europeos, y sobre todo en naciones del Medio Oriente que entraron en la civilización desde antes del nacimiento de Cristo.
En su informe Balaguer reiteró: “Trujillo tuvo la energía necesaria para encararse al problema. Después de haber logrado que se definiera, en un tratado internacional, la línea divisoria entre los dos países, acometió una gigantesca labor de nacionalización en toda la zona fronteriza. Esa obra, eminentemente patriótica, tiende a incorporar de nuevo al patrimonio de la República, la tercera parte por lo menos de su población, espiritualmente desvinculada desde hacía más de un siglo de la heredad nacional”.
El análisis de Balaguer sobre el problema no significa que él fuera un despiadado o malvado, que en realidad no lo era, pero dejó claramente establecida su visión certera, objetiva y real, sobre un problema que en ese momento era incipiente, y posteriormente se ha convertido en el desafío más grande para la dominicanidad.
Balaguer dijo: Para realizar esa hazaña, propia sólo de un verdadero hombre de Estado, ha sido preciso crear entre la población de las zonas fronterizas y la del resto del país la comunidad de aspiraciones, y despertar en esas comarcas el sentimiento del papel que los hombres de una misma nación están llamados a desempeñar en el mundo, la conciencia de que la patria es un patrimonio sagrado, en que los sufrimientos y las esperanzas comunes se alteran con los vínculos del suelo y con las riquezas materiales. Esa empresa equivale a fijar definitivamente la constitución histórica de la República y puede compararse, guardadas desde luego las distancias, con la que realizó Isabel la Católica para extirpar de España a la morisma y para mantener la pureza de la religión con el memorable edicto de 1492”.
Es importante que ahora, cuando el problema es mucho mayor, puesto que la presencia haitiana en territorio dominicano es muchas veces superior, y el estado de hambruna, miseria y desnutrición que padecen los nacionales de ese hermano país, es mucho más catastrófico, se le preste el cuidado necesario a la definición de un marco de relaciones entre ambas naciones, en donde se prevea la necesidad de preservar nuestros valores y costumbres.
Debemos estar conscientes de que las autoridades haitianas en todo momento continuarán presionando a la República Dominicana por ante los organismos internacionales para que no ponga controles en la frontera, de modo que se fomente el libre tránsito y ambos pueblos queden entrelazados de manera indisoluble.
Balaguer fue el único gobernante dominicano, después de Trujillo, que siempre fue coherente en torno al peligro que implica para la República Dominicana la invasión pacífica de que ha sido objeto durante casi un siglo. En todo momento, el presidente Balaguer defendió el derecho que asiste a las autoridades dominicanas de repatriar a los ilegales haitianos y establecer los controles de lugar para preservar la identidad nacional.
Ese derecho les asiste a todos los Estados Soberanos y no está supeditado a diferencias raciales y culturales, sino más bien, a facultades plenas e irrenunciables de defensa de su territorio.
De ahí que, la política de la República Dominicana frente a Haití no obedece ni puede obedecer a consideraciones raciales. Por tanto, el aporte intelectual hecho por Balaguer sobre ese tema, tal como señala Alba Josefina Zaiter Mejía, “adquiere significado en el pensamiento social dominicano, no sólo por haber participado en los principales acontecimientos de la historia reciente del país, sino por sustentar posiciones reflexivas en torno a la realidad dominicana y a la nacionalidad.”
Es interesante la acotación que hace la prestigiosa investigadora social petromacorisana, de que: “así como para el pensamiento nacionalista de los años veinte un elemento fundamental será el sentimiento antinorteamericano, durante la dictadura de Trujillo lo será el antihaitianismo.” Pero, en ambos casos, es cuestión de patriotismo.
martes, 11 de octubre de 2005
Mensajes positivos y negativos: ¿Cuándo y cómo usarlos?
Debemos apoyarnos en los resultados del sondeo para tomar esta decisión. No debemos apoyarnos en los caprichos del candidato o de cualquier otro miembro influyente de la campaña.
Existen dos tipos de avisos -mensajes- a utilizar en una campaña electoral, y son: Mensajes positivos y mensajes negativos.
Determinar el tipo de mensaje que se utilizará es una de las decisiones más delicadas de la campaña electoral. Esta decisión no se debe tomar al azar. Es necesario hacer una encuesta cuyos resultados nos permitan determinar las ventajas o desventajas de utilizar avisos positivos o negativos.
Debemos apoyarnos en los resultados del sondeo para tomar esta decisión. No debemos apoyarnos en los caprichos del candidato o de cualquier otro miembro influyente de la campaña.
La investigación realizada debe arrojarnos luces que nos permitan determinar qué más nos conviene: Si utilizar mensajes positivos ofertando solución a los problemas de las personas; ó por el contrario, utilizar mensajes negativos acusando al candidato adversario de ser el responsable de esos problemas.
Desde luego que la utilización de mensajes positivos o negativos dependerá de su ubicación en la contienda electoral. Si usted es el candidato del partido de poder que opta por la reelección, no podrá acusar al candidato opositor de ser el culpable de los problemas. En este caso su mensaje deberá estar enfocado a presentar sus logros.
En cuanto al candidato de oposición, por lo regular tiene elementos para focalizar una campaña negativa, presentando los problemas y culpando al candidato oficialista o al partido de gobierno de los mismos.
Los votantes prefieren los mensajes positivos. Los mensajes negativos muchas veces afectan a quienes los usan. Los consultores y estrategas políticos prefieren alternar avisos positivos y negativos en las batallas políticas.
Los votantes reciben la información negativa con suspicacia. Son cautos. Consideran que los mensajes negativos sólo persiguen dañar al adversario. Por eso, en muchos casos, los electores perciben que el mensaje negativo enfoca la verdad, pero sin embargo no cambian de preferencias, prefieren votar por su candidato independientemente de lo que digan.
Los mensajes negativos pocas veces le quitan adeptos a un candidato. Estos se utilizan más bien para dañar su imagen o afectar su credibilidad, y así tratar de evitar que otros que no se han declarados simpatizantes del candidato lo hagan.
No es posible ganar unas elecciones si la campaña está basada en un mensaje negativo. A veces estos deben ser utilizados, puesto que tienen su importancia, pero jamás debemos pensar que constituyen la estructura esencial de una campaña ganadora. Los mensajes negativos sólo se justifican si la razón de ser de la propia candidatura -sus promesas y ofertas- han sido planteados en mensajes positivos. De lo contrario, usarlos es como escupir para arriba.
Antes de optar por lanzar avisos negativos sobre un candidato hay que pensarlo muy bien. Si los avisos negativos no funcionan, como señala Dick Morris, tienen un creciente potencial de estallarle en la cara al candidato que los auspició. En la actualidad, la regla es: Aquel que afirma algo, debe probarlo.
Cuando un aviso negativo fracasa en estar a la altura de su peso sustancial, o es destruido por un aviso que lo desautoriza, la campaña que lanzó el aviso negativo pone en peligro su propia credibilidad. Si se desautoriza el aviso negativo, la campaña opositora no sólo ha perdido una escaramuza sino que ha sufrido un daño casi irreparable. Una desautorización eficiente hace difícil que se le vuelva a creer algo a la campaña cuyo aviso negativo ha quedado destruido.
Es aconsejable responder los mensajes negativos. Quién calla otorga. Si no se les responde, los avisos negativos funcionan.
Las campañas electorales, a veces, se ganan y se pierden en el arranque, o sea al comienzo de las mismas. Todas las campañas se inician con un enfrentamiento de mensajes. En las mayorías de los casos gana el candidato que se presenta con un mensaje afirmativo que le saca ventaja al adversario.
No entender lo anterior, implica una gran pérdida de tiempo y de dinero, que muchas veces se traduce en perder unas elecciones en las que se pudo triunfar. La clave del éxito en una campaña electoral radica en presentar el mensaje afirmativo apropiado en el comienzo de la contienda.
Las campañas se inician con una guerra entre mensajes positivos. Cuando el mensaje positivo de una campaña supera a la otra, al candidato en desventaja no le queda otra alternativa que utilizar mensajes negativos. La suerte se decide en ese momento, y no necesariamente el día de las elecciones.
Mientras el candidato en desventaja lanza mensajes negativos, el candidato que está a la cabeza sólo tiene que limitarse a refutarle los ataques, propinándole un golpe de gracia que destruya la credibilidad de la campaña. En estos casos se utiliza el siguiente argumento: Cómo el candidato X no tiene nada que ofrecerles a la población, recurre a la mentira.
Existen dos tipos de avisos -mensajes- a utilizar en una campaña electoral, y son: Mensajes positivos y mensajes negativos.
Determinar el tipo de mensaje que se utilizará es una de las decisiones más delicadas de la campaña electoral. Esta decisión no se debe tomar al azar. Es necesario hacer una encuesta cuyos resultados nos permitan determinar las ventajas o desventajas de utilizar avisos positivos o negativos.
Debemos apoyarnos en los resultados del sondeo para tomar esta decisión. No debemos apoyarnos en los caprichos del candidato o de cualquier otro miembro influyente de la campaña.
La investigación realizada debe arrojarnos luces que nos permitan determinar qué más nos conviene: Si utilizar mensajes positivos ofertando solución a los problemas de las personas; ó por el contrario, utilizar mensajes negativos acusando al candidato adversario de ser el responsable de esos problemas.
Desde luego que la utilización de mensajes positivos o negativos dependerá de su ubicación en la contienda electoral. Si usted es el candidato del partido de poder que opta por la reelección, no podrá acusar al candidato opositor de ser el culpable de los problemas. En este caso su mensaje deberá estar enfocado a presentar sus logros.
En cuanto al candidato de oposición, por lo regular tiene elementos para focalizar una campaña negativa, presentando los problemas y culpando al candidato oficialista o al partido de gobierno de los mismos.
Los votantes prefieren los mensajes positivos. Los mensajes negativos muchas veces afectan a quienes los usan. Los consultores y estrategas políticos prefieren alternar avisos positivos y negativos en las batallas políticas.
Los votantes reciben la información negativa con suspicacia. Son cautos. Consideran que los mensajes negativos sólo persiguen dañar al adversario. Por eso, en muchos casos, los electores perciben que el mensaje negativo enfoca la verdad, pero sin embargo no cambian de preferencias, prefieren votar por su candidato independientemente de lo que digan.
Los mensajes negativos pocas veces le quitan adeptos a un candidato. Estos se utilizan más bien para dañar su imagen o afectar su credibilidad, y así tratar de evitar que otros que no se han declarados simpatizantes del candidato lo hagan.
No es posible ganar unas elecciones si la campaña está basada en un mensaje negativo. A veces estos deben ser utilizados, puesto que tienen su importancia, pero jamás debemos pensar que constituyen la estructura esencial de una campaña ganadora. Los mensajes negativos sólo se justifican si la razón de ser de la propia candidatura -sus promesas y ofertas- han sido planteados en mensajes positivos. De lo contrario, usarlos es como escupir para arriba.
Antes de optar por lanzar avisos negativos sobre un candidato hay que pensarlo muy bien. Si los avisos negativos no funcionan, como señala Dick Morris, tienen un creciente potencial de estallarle en la cara al candidato que los auspició. En la actualidad, la regla es: Aquel que afirma algo, debe probarlo.
Cuando un aviso negativo fracasa en estar a la altura de su peso sustancial, o es destruido por un aviso que lo desautoriza, la campaña que lanzó el aviso negativo pone en peligro su propia credibilidad. Si se desautoriza el aviso negativo, la campaña opositora no sólo ha perdido una escaramuza sino que ha sufrido un daño casi irreparable. Una desautorización eficiente hace difícil que se le vuelva a creer algo a la campaña cuyo aviso negativo ha quedado destruido.
Es aconsejable responder los mensajes negativos. Quién calla otorga. Si no se les responde, los avisos negativos funcionan.
Las campañas electorales, a veces, se ganan y se pierden en el arranque, o sea al comienzo de las mismas. Todas las campañas se inician con un enfrentamiento de mensajes. En las mayorías de los casos gana el candidato que se presenta con un mensaje afirmativo que le saca ventaja al adversario.
No entender lo anterior, implica una gran pérdida de tiempo y de dinero, que muchas veces se traduce en perder unas elecciones en las que se pudo triunfar. La clave del éxito en una campaña electoral radica en presentar el mensaje afirmativo apropiado en el comienzo de la contienda.
Las campañas se inician con una guerra entre mensajes positivos. Cuando el mensaje positivo de una campaña supera a la otra, al candidato en desventaja no le queda otra alternativa que utilizar mensajes negativos. La suerte se decide en ese momento, y no necesariamente el día de las elecciones.
Mientras el candidato en desventaja lanza mensajes negativos, el candidato que está a la cabeza sólo tiene que limitarse a refutarle los ataques, propinándole un golpe de gracia que destruya la credibilidad de la campaña. En estos casos se utiliza el siguiente argumento: Cómo el candidato X no tiene nada que ofrecerles a la población, recurre a la mentira.
martes, 20 de septiembre de 2005
El nuevo paradigma de la persuasión: temas más que imagen
"Es la estrategia, no la táctica, lo que gana elecciones".-- Dick Morris
El mensaje es el elemento básico para alcanzar el triunfo en las modernas campañas electorales. Hoy día, los electores no votan por los candidatos. Más bien, votan por ellos mismos. Votan por aquel que entienden que le mejorará la vida.
El consultor político norteamericano Dick Morris hace la acotación de que el mensaje es más importante que el dinero. Los temas son más centrales que la imagen. La estrategia importa más que la táctica. Los avisos positivos funcionan mejor que los negativos. La sustancia es más relevante que el escándalo. Los temas son más poderosos que la imagen y la estrategia más importante que el prejuicio.
El triunfo en una campaña electoral depende más del mensaje que del dinero. El mensaje es mucho más importante que el dinero. Los hechos han demostrado que un candidato más rico con un mensaje más pobre, por lo regular pierde de un candidato más pobre con un mensaje más fuerte, siempre y cuando el candidato con menos dinero tenga los recursos necesarios para comunicar su mensaje.
El mensaje es mucho más importante que el carácter y la personalidad. Cuesta menos proyectar el mensaje que el carácter y la personalidad del candidato. Es más fácil y cuesta menos esfuerzo lograr coincidir con alguien que conseguir gustarle.
Entender esto, no solo hace que la campaña sea más efectiva, sino que también, hace que sea menos costosa. Los típicos candidatos adinerados contratan creadores de imagen de primer nivel para diseñar avisos como especie de telenovelas donde muestran sus raíces, historia y valores familiares, mientras que el candidato con menos dinero, hace avisos publicitarios sobre temas que preocupan o interesan a la inmensa mayoría de la población.
De este modo, el candidato con menos dinero, no sólo supera la desventaja económica, sino también, puede hacer que su campaña sea más efectiva.
Con la autoridad que le confiere la experiencia y el conocimiento, Dick Morris dice que para ganar, un candidato no necesita la cantidad de dinero que la mayoría de los políticos, los medios de comunicación masiva, los recaudadores de fondos y los donantes piensan que es necesario.
Aduce el consultor estadounidense que la clave para llevar adelante una campaña barata es evitar gastar dinero en cualquier cosa que no sea proyectar un mensaje. Los candidatos ricos despilfarran millones en cuarteles generales, equipo, consultores duplicados y cosas por el estilo. Un candidato o candidata necesita suficiente dinero para lograr que su mensaje llegue. Un candidato exitoso necesita proyectar entre ocho y diez mensajes por campaña.
Los candidatos, muchas veces, bajo las presiones y quejas de sus colaboradores de que necesitan más dinero, se dedican casi por completo a la búsqueda de plata, y no emplean las horas necesarias en pensar en el mensaje en que deberá gastar ese dinero.
Algunas veces los integrantes del equipo de campaña piensan más en el dinero para cubrir los gastos operativos de la misma -alquiler de locales, renta de vehículos, combustibles, sueldos, dietas y gastos administrativos- que en el dinero que se necesita para comunicar el mensaje.
Por eso, se ha dado el caso de muchas campañas en las que mientras más dinero busca el candidato más se gasta, y sin embargo, esto no se traduce en incremento de su popularidad. Es lo que se conoce en el lenguaje popular con el dicho de que "la campaña no llega".
Los candidatos deben cuidarse de caer bajo la influencia y el control de dirigentes que conciben la política como un proceso mecánico. La política está dominada por ideas. El dinero es importante, pero no habla. Sin un mensaje, el dinero pierde su importancia.
Ante la madurez que expresa el electorado como consecuencia del auge de la comunicación y de los avances en los niveles educativos, el mensaje adquiere mayor importancia que la imagen.
Los votantes son más receptivos a la sustancia que a la ostentación como mensaje de campaña. Los candidatos que subrayan la imagen más que el mensaje persiguen convencer por manipulación más que por persuasión.
Las modernas campañas electorales más que una guerra de papeletas son una guerra de mensajes, en las que triunfa el que logra mayor convencimiento.
El mensaje sobre los temas que defiende el candidato es la sustancia del producto -candidato-, y tiene una importancia mayor que la imagen, el dinero, los prejuicios culturales y los avisos negativos.
Dos o tres décadas atrás, los electores subordinaban sus propias ideas a las de los hombres más preparados -líderes ideológicos-. Buscaban o construían líderes para que pensaran por todo el conglomerado social.
Ahora, por el contrario, los votantes se consideran dueños de sus propias ideas, y se sienten capaces de analizar temas de políticas públicas. Este proceso conduce a un cambio de actitud de los electores con respecto a los partidos y los políticos.
Los electores cada día son más independientes y más confiados en sí mismo, mientras incrementan su desconfianza hacia los partidos y los políticos.
En las campañas electorales realizadas a comienzos del siglo XXI el mensaje, o más bien, los temas se están imponiendo a la imagen, y así seguirá sucediendo, debido a que las campañas se están convirtiendo en el momento de ayudar al electorado a crecer intelectualmente.
Las campañas apoyadas en temas ayudan a los electores a entender las razones de las crisis, y a percibir al candidato que posee los mejores atributos para enfrentar la solución de los males. No basta con un candidato bien presentado y maquillado.
No es suficiente con un actor para persuadir al votante. El votante tiene la capacidad para darse cuenta cuando le están mintiendo en la televisión.
Los electores están aprendiendo a no creer en sus propios ojos. Los avisos de imagen son atractivos a la vista y recrean la mente del televidente. Entretienen durante un momento, pero no funcionan bien a lo largo de una campaña.
Los votantes demandan planteamiento de solución a problemas específicos. Dos o tres décadas atrás las elecciones se ganaban con imagen. Ahora las elecciones se ganan con verbos o propuestas de acción, y no con adjetivos de halagos al candidato.
Esto no significa que las campañas de imagen desaparecerán, o que las imágenes no serán utilizadas en las campañas electores. Lo que queremos enfocar es la supremacía del mensaje -contenido- sobre la imagen. Inclusive, los mensajes de temas permiten explicar el verdadero carácter y personalidad del candidato.
Morris argumenta que los votantes aprenden quiénes son sus candidatos a través de los temas. Los temas después sugieren adjetivos y atributos. Estas ideas sobre su personalidad y su carácter se fijan en nuestra mente. Entonces nos olvidamos de los temas y recordamos sólo las características. Pero la clave es usar los temas para disparar los adjetivos.
En la exposición de los temas, las mujeres y los niños van primero que los hombres. En la agenda temática del candidato, las necesidades de los niños deben ser las más urgentes seguidas por las preocupaciones sociales de las mujeres, y en último renglón, se encuentran las necesidades de los hombres. Los electores quieren políticos que hablen por los niños, las madres solteras y los hombres con bajos ingresos.
Los votantes se han dado cuenta que los grandes problemas de su vida son más sociales que económicos, y por tanto, su propio interés individual puede ser mejor atendido ayudando a los demás. Por eso, temas como el medio ambiente y la educación adquieren tanta importancia. Es inevitable que en el siglo XXI las personas se preocupen más por el interés común que por el individual.
Los políticos deben buscar esquemas que orienten las intenciones sociales positivas de los consumidores, orientadas a mejorar su mundo. Deben hacerse campañas para pedirles a las personas que consuman los productos de aquellas industrias que preservan el medio ambiente, que brinden un trato adecuado a sus empleados, que promueven el deporte, la educación y la cultura. Esto haría que las demás industrias adopten el mismo comportamiento lo que nos conduciría a un mejor mundo, a una mejor sociedad.
El mensaje es el elemento básico para alcanzar el triunfo en las modernas campañas electorales. Hoy día, los electores no votan por los candidatos. Más bien, votan por ellos mismos. Votan por aquel que entienden que le mejorará la vida.
El consultor político norteamericano Dick Morris hace la acotación de que el mensaje es más importante que el dinero. Los temas son más centrales que la imagen. La estrategia importa más que la táctica. Los avisos positivos funcionan mejor que los negativos. La sustancia es más relevante que el escándalo. Los temas son más poderosos que la imagen y la estrategia más importante que el prejuicio.
El triunfo en una campaña electoral depende más del mensaje que del dinero. El mensaje es mucho más importante que el dinero. Los hechos han demostrado que un candidato más rico con un mensaje más pobre, por lo regular pierde de un candidato más pobre con un mensaje más fuerte, siempre y cuando el candidato con menos dinero tenga los recursos necesarios para comunicar su mensaje.
El mensaje es mucho más importante que el carácter y la personalidad. Cuesta menos proyectar el mensaje que el carácter y la personalidad del candidato. Es más fácil y cuesta menos esfuerzo lograr coincidir con alguien que conseguir gustarle.
Entender esto, no solo hace que la campaña sea más efectiva, sino que también, hace que sea menos costosa. Los típicos candidatos adinerados contratan creadores de imagen de primer nivel para diseñar avisos como especie de telenovelas donde muestran sus raíces, historia y valores familiares, mientras que el candidato con menos dinero, hace avisos publicitarios sobre temas que preocupan o interesan a la inmensa mayoría de la población.
De este modo, el candidato con menos dinero, no sólo supera la desventaja económica, sino también, puede hacer que su campaña sea más efectiva.
Con la autoridad que le confiere la experiencia y el conocimiento, Dick Morris dice que para ganar, un candidato no necesita la cantidad de dinero que la mayoría de los políticos, los medios de comunicación masiva, los recaudadores de fondos y los donantes piensan que es necesario.
Aduce el consultor estadounidense que la clave para llevar adelante una campaña barata es evitar gastar dinero en cualquier cosa que no sea proyectar un mensaje. Los candidatos ricos despilfarran millones en cuarteles generales, equipo, consultores duplicados y cosas por el estilo. Un candidato o candidata necesita suficiente dinero para lograr que su mensaje llegue. Un candidato exitoso necesita proyectar entre ocho y diez mensajes por campaña.
Los candidatos, muchas veces, bajo las presiones y quejas de sus colaboradores de que necesitan más dinero, se dedican casi por completo a la búsqueda de plata, y no emplean las horas necesarias en pensar en el mensaje en que deberá gastar ese dinero.
Algunas veces los integrantes del equipo de campaña piensan más en el dinero para cubrir los gastos operativos de la misma -alquiler de locales, renta de vehículos, combustibles, sueldos, dietas y gastos administrativos- que en el dinero que se necesita para comunicar el mensaje.
Por eso, se ha dado el caso de muchas campañas en las que mientras más dinero busca el candidato más se gasta, y sin embargo, esto no se traduce en incremento de su popularidad. Es lo que se conoce en el lenguaje popular con el dicho de que "la campaña no llega".
Los candidatos deben cuidarse de caer bajo la influencia y el control de dirigentes que conciben la política como un proceso mecánico. La política está dominada por ideas. El dinero es importante, pero no habla. Sin un mensaje, el dinero pierde su importancia.
Ante la madurez que expresa el electorado como consecuencia del auge de la comunicación y de los avances en los niveles educativos, el mensaje adquiere mayor importancia que la imagen.
Los votantes son más receptivos a la sustancia que a la ostentación como mensaje de campaña. Los candidatos que subrayan la imagen más que el mensaje persiguen convencer por manipulación más que por persuasión.
Las modernas campañas electorales más que una guerra de papeletas son una guerra de mensajes, en las que triunfa el que logra mayor convencimiento.
El mensaje sobre los temas que defiende el candidato es la sustancia del producto -candidato-, y tiene una importancia mayor que la imagen, el dinero, los prejuicios culturales y los avisos negativos.
Dos o tres décadas atrás, los electores subordinaban sus propias ideas a las de los hombres más preparados -líderes ideológicos-. Buscaban o construían líderes para que pensaran por todo el conglomerado social.
Ahora, por el contrario, los votantes se consideran dueños de sus propias ideas, y se sienten capaces de analizar temas de políticas públicas. Este proceso conduce a un cambio de actitud de los electores con respecto a los partidos y los políticos.
Los electores cada día son más independientes y más confiados en sí mismo, mientras incrementan su desconfianza hacia los partidos y los políticos.
En las campañas electorales realizadas a comienzos del siglo XXI el mensaje, o más bien, los temas se están imponiendo a la imagen, y así seguirá sucediendo, debido a que las campañas se están convirtiendo en el momento de ayudar al electorado a crecer intelectualmente.
Las campañas apoyadas en temas ayudan a los electores a entender las razones de las crisis, y a percibir al candidato que posee los mejores atributos para enfrentar la solución de los males. No basta con un candidato bien presentado y maquillado.
No es suficiente con un actor para persuadir al votante. El votante tiene la capacidad para darse cuenta cuando le están mintiendo en la televisión.
Los electores están aprendiendo a no creer en sus propios ojos. Los avisos de imagen son atractivos a la vista y recrean la mente del televidente. Entretienen durante un momento, pero no funcionan bien a lo largo de una campaña.
Los votantes demandan planteamiento de solución a problemas específicos. Dos o tres décadas atrás las elecciones se ganaban con imagen. Ahora las elecciones se ganan con verbos o propuestas de acción, y no con adjetivos de halagos al candidato.
Esto no significa que las campañas de imagen desaparecerán, o que las imágenes no serán utilizadas en las campañas electores. Lo que queremos enfocar es la supremacía del mensaje -contenido- sobre la imagen. Inclusive, los mensajes de temas permiten explicar el verdadero carácter y personalidad del candidato.
Morris argumenta que los votantes aprenden quiénes son sus candidatos a través de los temas. Los temas después sugieren adjetivos y atributos. Estas ideas sobre su personalidad y su carácter se fijan en nuestra mente. Entonces nos olvidamos de los temas y recordamos sólo las características. Pero la clave es usar los temas para disparar los adjetivos.
En la exposición de los temas, las mujeres y los niños van primero que los hombres. En la agenda temática del candidato, las necesidades de los niños deben ser las más urgentes seguidas por las preocupaciones sociales de las mujeres, y en último renglón, se encuentran las necesidades de los hombres. Los electores quieren políticos que hablen por los niños, las madres solteras y los hombres con bajos ingresos.
Los votantes se han dado cuenta que los grandes problemas de su vida son más sociales que económicos, y por tanto, su propio interés individual puede ser mejor atendido ayudando a los demás. Por eso, temas como el medio ambiente y la educación adquieren tanta importancia. Es inevitable que en el siglo XXI las personas se preocupen más por el interés común que por el individual.
Los políticos deben buscar esquemas que orienten las intenciones sociales positivas de los consumidores, orientadas a mejorar su mundo. Deben hacerse campañas para pedirles a las personas que consuman los productos de aquellas industrias que preservan el medio ambiente, que brinden un trato adecuado a sus empleados, que promueven el deporte, la educación y la cultura. Esto haría que las demás industrias adopten el mismo comportamiento lo que nos conduciría a un mejor mundo, a una mejor sociedad.
martes, 13 de septiembre de 2005
Las campañas políticas y su difusión
Un tema logra manifestarse cuando personas valientes apuestan por él y lo difunden
"En política no hay nada más difícil que obtener la confianza antes del éxito".-- Napoleón Bonaparte
Existe una importante relación entre los procesos políticos y los medios de comunicación. Los medios fijan las prioridades temáticas y determinan las interpretaciones de la realidad política.
Los políticos deben escoger cuidadosamente los medios de comunicación a través de los que se darán a conocer los mensajes.
En cuanto a las campañas electorales, el periodismo representa el factor decisivo para la formación de la agenda medial. No hay dudas de que las prioridades temáticas de la política se orientan por lo que indica el periodismo. Aunque, en algunos casos, los políticos han logrado imponer su agenda en una campaña electoral. La experiencia Reagan es una de esas raras excepciones.
El éxito de la campaña electoral de Ronald Reagan en los Estados Unidos es una interesante experiencia que será estudiada por décadas. Michael Deaver, jefe de imagen de Reagan, comercializó a su candidato sirviéndose del siguiente reconocimiento: "Noté cómo la gente que dirige las noticias en televisión reducía las cosas a bocados acertados... El único día que me preocupaba era el viernes,...porque es un día aburrido en cuanto a noticias... porque si uno no tenía nada que ofrecer ese día, ellos encontrarían algo.
María Von Harpe relata que Michael Deaver no dejaba nada a la casualidad. En los eventos electorales, se planificaba la escena, el fondo, los colores, el enfoque de la cámara, la música, así como el lenguaje corporal y verbal del orador como si se tratara de una función de teatro.
En una campaña electoral los partidos y los medios de comunicación llevan su agenda temática por separados. Los asesores en comunicación de los partidos y candidatos deben tratar de imponer su agenda a los medios de comunicación, ó por lo menos, deben tratar de lograr sintonía entre las mismas, que haya un equilibrio, una compenetración.
Los políticos deben conocer con la mayor exactitud posible la agenda temática de los medios. Para lograr este propósito, es necesario contar con personas amigas en las diversas esferas de los medios de comunicación. Una vez conocida la agenda temática de los medios se le debe entregar esta información al departamento de investigación de la campaña, con la finalidad de hacer las investigaciones necesarias, a fin de no ser sorprendidos en el debate electoral.
El buen manejo de los temas de la agenda, como señala Oscar Ochoa, es vital tanto para ganar adeptos como lograr consumar una buena imagen, del candidato, partido o gobierno. La gente piensa más sobre el tema del cual se habla que en su contenido. De ahí que la agenda de temas sea determinante para el clima de la opinión en la formación del espacio público.
Un candidato debe tener colaboradores con buenos contactos en los medios y con excelentes capacidades comunicativas, que sepan calcular el momento crítico en que un tema pueda llamar la atención pública.
Stefan Reiser, aduce que, es precisamente durante las campañas electorales cuando los partidos políticos intentan con frecuencia ejercer influencia masiva sobre la agenda medial. Todas las estrategias de la campaña electoral, o sea las estrategias de relaciones públicas, persiguen imponer la propia selección y ponderación temática en la opinión pública.
Es recomendable para los políticos en cuanto a su campaña medial, el hecho de que privilegien sus actividades, sin recurrir en el error de colocar al adversario político demasiado en el foco de la atención de la opinión pública.
Eso explica el por qué Joaquín Balaguer casi nunca hizo mención de los adversarios. La estrategia debe estar enfocada al logro de una presencia duradera en los medios, evitando lo más posible entrar en una campaña negativa.
Un buen equipo de asesores en el manejo de los medios y del contenido de las informaciones puede incidir de modo que se coloquen en la agenda temas sobre los cuáles su candidato o partido puede salir ganancioso con su discusión.
Se puede sorprender sacando a relucir temas que se discutieron en el pasado, puesto que un tema puede vegetar por mucho tiempo, y de repente evoluciona y forma parte de la agenda política.
Un tema logra manifestarse cuando personas valientes apuestan por él y lo difunden. Aunque, las élites políticas que lo rechazan pueden relegarlo a un plano secundario de los asuntos políticos. Pero, en el caso de que logre adquirir un carácter de urgencia y notoriedad, éste pasa a integrar la discusión pública.
La función tematizadora de los medios de comunicación es decisiva en el ámbito político, y más en tiempos electorales.
Acierta Bárbara Pfetsch cuando señala que los medios de comunicación co-deciden qué problemas de una sociedad se consideran de especial importancia y por ello, cuáles requieren solución y cuáles se desatienden. La mayoría de las personas experimenta la política como un asunto transmitido por los medios de comunicación, que prácticamente no puede revisar a través de experiencias propias.
"En política no hay nada más difícil que obtener la confianza antes del éxito".-- Napoleón Bonaparte
Existe una importante relación entre los procesos políticos y los medios de comunicación. Los medios fijan las prioridades temáticas y determinan las interpretaciones de la realidad política.
Los políticos deben escoger cuidadosamente los medios de comunicación a través de los que se darán a conocer los mensajes.
En cuanto a las campañas electorales, el periodismo representa el factor decisivo para la formación de la agenda medial. No hay dudas de que las prioridades temáticas de la política se orientan por lo que indica el periodismo. Aunque, en algunos casos, los políticos han logrado imponer su agenda en una campaña electoral. La experiencia Reagan es una de esas raras excepciones.
El éxito de la campaña electoral de Ronald Reagan en los Estados Unidos es una interesante experiencia que será estudiada por décadas. Michael Deaver, jefe de imagen de Reagan, comercializó a su candidato sirviéndose del siguiente reconocimiento: "Noté cómo la gente que dirige las noticias en televisión reducía las cosas a bocados acertados... El único día que me preocupaba era el viernes,...porque es un día aburrido en cuanto a noticias... porque si uno no tenía nada que ofrecer ese día, ellos encontrarían algo.
María Von Harpe relata que Michael Deaver no dejaba nada a la casualidad. En los eventos electorales, se planificaba la escena, el fondo, los colores, el enfoque de la cámara, la música, así como el lenguaje corporal y verbal del orador como si se tratara de una función de teatro.
En una campaña electoral los partidos y los medios de comunicación llevan su agenda temática por separados. Los asesores en comunicación de los partidos y candidatos deben tratar de imponer su agenda a los medios de comunicación, ó por lo menos, deben tratar de lograr sintonía entre las mismas, que haya un equilibrio, una compenetración.
Los políticos deben conocer con la mayor exactitud posible la agenda temática de los medios. Para lograr este propósito, es necesario contar con personas amigas en las diversas esferas de los medios de comunicación. Una vez conocida la agenda temática de los medios se le debe entregar esta información al departamento de investigación de la campaña, con la finalidad de hacer las investigaciones necesarias, a fin de no ser sorprendidos en el debate electoral.
El buen manejo de los temas de la agenda, como señala Oscar Ochoa, es vital tanto para ganar adeptos como lograr consumar una buena imagen, del candidato, partido o gobierno. La gente piensa más sobre el tema del cual se habla que en su contenido. De ahí que la agenda de temas sea determinante para el clima de la opinión en la formación del espacio público.
Un candidato debe tener colaboradores con buenos contactos en los medios y con excelentes capacidades comunicativas, que sepan calcular el momento crítico en que un tema pueda llamar la atención pública.
Stefan Reiser, aduce que, es precisamente durante las campañas electorales cuando los partidos políticos intentan con frecuencia ejercer influencia masiva sobre la agenda medial. Todas las estrategias de la campaña electoral, o sea las estrategias de relaciones públicas, persiguen imponer la propia selección y ponderación temática en la opinión pública.
Es recomendable para los políticos en cuanto a su campaña medial, el hecho de que privilegien sus actividades, sin recurrir en el error de colocar al adversario político demasiado en el foco de la atención de la opinión pública.
Eso explica el por qué Joaquín Balaguer casi nunca hizo mención de los adversarios. La estrategia debe estar enfocada al logro de una presencia duradera en los medios, evitando lo más posible entrar en una campaña negativa.
Un buen equipo de asesores en el manejo de los medios y del contenido de las informaciones puede incidir de modo que se coloquen en la agenda temas sobre los cuáles su candidato o partido puede salir ganancioso con su discusión.
Se puede sorprender sacando a relucir temas que se discutieron en el pasado, puesto que un tema puede vegetar por mucho tiempo, y de repente evoluciona y forma parte de la agenda política.
Un tema logra manifestarse cuando personas valientes apuestan por él y lo difunden. Aunque, las élites políticas que lo rechazan pueden relegarlo a un plano secundario de los asuntos políticos. Pero, en el caso de que logre adquirir un carácter de urgencia y notoriedad, éste pasa a integrar la discusión pública.
La función tematizadora de los medios de comunicación es decisiva en el ámbito político, y más en tiempos electorales.
Acierta Bárbara Pfetsch cuando señala que los medios de comunicación co-deciden qué problemas de una sociedad se consideran de especial importancia y por ello, cuáles requieren solución y cuáles se desatienden. La mayoría de las personas experimenta la política como un asunto transmitido por los medios de comunicación, que prácticamente no puede revisar a través de experiencias propias.
miércoles, 7 de septiembre de 2005
La comunicación desde el gobierno
Leslie Janka, secretaria de prensa de Reagan, esbozó su estrategia del modo siguiente: "Los medios tomarán lo que nosotros les entregamos".
"Hoy en día, un político no sólo necesita apoyo para ganar las elecciones; lo necesita para gobernar" Dick Morris.
En la medida que las naciones crecen y las sociedades se hacen más complejas la comunicación política adquiere mayor importancia.
La eficacia de un gobierno no depende única y exclusivamente de sus acciones. En la sociedad moderna, la política no puede hacerse ni llevarse a cabo en contra de la opinión pública o sin el concurso de esta, puesto que los poderes públicos descansan sobre el consentimiento popular.
El ejercicio de la democracia requiere de consenso y participación social. Por eso, es vital una estrategia de comunicación para difundir de forma adecuada las acciones. El éxito de la administración del presidente Ronald Reagan en los Estados Unidos se debió en gran parte al uso de una correcta estrategia de comunicación. Leslie Janka, secretaria de prensa de Reagan, esbozó su estrategia del modo siguiente: "Los medios tomarán lo que nosotros les entregamos".
Adujo la veterana comunicadora que todos los días había que poner documentos bien preparados a disposición de la prensa. De ese modo el gobierno se convertía en el principal productor de las noticias de la noche.
Los gobiernos a través de la comunicación de sus acciones buscan crear confianza general y expresar su disposición a la búsqueda del consenso en sus decisiones. El sector público necesita difundir los resultados de su gestión.
El interés de un gobierno democrático debe estar orientado a incorporar los temas de relevancia en su programa de toma de decisiones, y en la medida de lo posible, debe encontrar amplia aceptación para las soluciones a los problemas.
Se ha comprobado que el sano ejercicio de la democracia, en donde todos los sectores e individuos pueden participar a través de diferentes manifestaciones, presenta menos situaciones de conflictos y mayores grados de satisfacción de los gobernados, cuando los gobernantes aplican estrategias de comunicación y técnicas de investigación de mercados que hagan coincidir las decisiones que afectan a todos con las acciones esperadas por los ciudadanos.
Los gobiernos deben prestar especial atención a la identificación de la agenda o temas de interés general. Deben concentrarse en aquellos problemas que pueden ofertar una solución, puesto que como argumenta Ulrich Sarcinelli, la legitimidad de las decisiones políticas en una democracia y la disposición de los ciudadanos a adherirse a estas resultan esencialmente de la capacidad que poseen los mandatarios electos, las instituciones y los demás actores políticos de permitir a los ciudadanos la participación en el debate, el logro del consenso y la decisión.
De ahí el hecho de que la política gubernamental en un sistema de democracia representativa esté en deuda permanente con la comunicación. La política necesita legitimación por medio de la comunicación.
En la era de la televisión, más que en cualquier época, rige que la misma actuación política es, en gran medida, una actuación comunicativa. La televisión cumple la función de medio conductor tanto para la percepción como para la presentación de la política.
En la actualidad se comienza a evaluar el papel de los medios en la política, y sobre todo, el aspecto dramatizado de la televisión. Argumenta Sarcinelli que antes de juzgar si la transmisión de la política por televisión es un elemento más bien constructivo o un elemento destructivo de la transmisión, construcción o percepción de la realidad política, cabe cerciorarse de algunas diferencias esenciales entre la actuación política en el área de las decisiones y la imagen de política que entrega la televisión.
En el caso dominicano, todavía las autoridades gubernamentales consideran a la prensa como una intrometida. Aunque, el prestigio de los medios y el desprestigio de los partidos y las instituciones públicas, han contribuido a que los últimos gobernantes tengan que estructurar equipos para el diseño de las estrategias de comunicación, y para la comunicación efectiva de las acciones públicas.
Pero todavía, nuestros actores políticos, sobre todo cuando están en el poder, valoran el papel de la prensa más como una intromisión, que como un instrumento de la democracia.
Las reacciones del expresidente Hipólito Mejía, quien en varias ocasiones insultó a directores y reporteros de medios, es un ejemplo obvio de esta realidad.
Los políticos dominicanos, sobre todo, los funcionarios públicos, olvidan que como señala el veterano periodista Bienvenido Alvarez Vega que "la prensa es, por definición, crítica. Y la crítica como quiera que se exponga, siempre estará dirigida a mostrar los incumplimientos, a denunciar las irracionalidades, a revelar las ineficiencias en el manejo de los fondos públicos, a impugnar las prioridades, a encontrar y explicar los entuertos, a decir las incongruencias y las incoherencias de las políticas públicas, a señalar los evasores de impuestos y a quienes se valen de la amistad con el poder para sacar provecho, etcétera".
El éxito de una gestión pública depende en parte de la correcta comunicación. Los presidentes y demás funcionarios públicos deben comunicar bien sus intenciones. En esta era de la comunicación y la información quienes no informan adecuadamente a la población, no cumplen con su trabajo. El premio o castigo a la acción de un gobernante depende fundamentalmente de la comunicación.
"Hoy en día, un político no sólo necesita apoyo para ganar las elecciones; lo necesita para gobernar" Dick Morris.
En la medida que las naciones crecen y las sociedades se hacen más complejas la comunicación política adquiere mayor importancia.
La eficacia de un gobierno no depende única y exclusivamente de sus acciones. En la sociedad moderna, la política no puede hacerse ni llevarse a cabo en contra de la opinión pública o sin el concurso de esta, puesto que los poderes públicos descansan sobre el consentimiento popular.
El ejercicio de la democracia requiere de consenso y participación social. Por eso, es vital una estrategia de comunicación para difundir de forma adecuada las acciones. El éxito de la administración del presidente Ronald Reagan en los Estados Unidos se debió en gran parte al uso de una correcta estrategia de comunicación. Leslie Janka, secretaria de prensa de Reagan, esbozó su estrategia del modo siguiente: "Los medios tomarán lo que nosotros les entregamos".
Adujo la veterana comunicadora que todos los días había que poner documentos bien preparados a disposición de la prensa. De ese modo el gobierno se convertía en el principal productor de las noticias de la noche.
Los gobiernos a través de la comunicación de sus acciones buscan crear confianza general y expresar su disposición a la búsqueda del consenso en sus decisiones. El sector público necesita difundir los resultados de su gestión.
El interés de un gobierno democrático debe estar orientado a incorporar los temas de relevancia en su programa de toma de decisiones, y en la medida de lo posible, debe encontrar amplia aceptación para las soluciones a los problemas.
Se ha comprobado que el sano ejercicio de la democracia, en donde todos los sectores e individuos pueden participar a través de diferentes manifestaciones, presenta menos situaciones de conflictos y mayores grados de satisfacción de los gobernados, cuando los gobernantes aplican estrategias de comunicación y técnicas de investigación de mercados que hagan coincidir las decisiones que afectan a todos con las acciones esperadas por los ciudadanos.
Los gobiernos deben prestar especial atención a la identificación de la agenda o temas de interés general. Deben concentrarse en aquellos problemas que pueden ofertar una solución, puesto que como argumenta Ulrich Sarcinelli, la legitimidad de las decisiones políticas en una democracia y la disposición de los ciudadanos a adherirse a estas resultan esencialmente de la capacidad que poseen los mandatarios electos, las instituciones y los demás actores políticos de permitir a los ciudadanos la participación en el debate, el logro del consenso y la decisión.
De ahí el hecho de que la política gubernamental en un sistema de democracia representativa esté en deuda permanente con la comunicación. La política necesita legitimación por medio de la comunicación.
En la era de la televisión, más que en cualquier época, rige que la misma actuación política es, en gran medida, una actuación comunicativa. La televisión cumple la función de medio conductor tanto para la percepción como para la presentación de la política.
En la actualidad se comienza a evaluar el papel de los medios en la política, y sobre todo, el aspecto dramatizado de la televisión. Argumenta Sarcinelli que antes de juzgar si la transmisión de la política por televisión es un elemento más bien constructivo o un elemento destructivo de la transmisión, construcción o percepción de la realidad política, cabe cerciorarse de algunas diferencias esenciales entre la actuación política en el área de las decisiones y la imagen de política que entrega la televisión.
En el caso dominicano, todavía las autoridades gubernamentales consideran a la prensa como una intrometida. Aunque, el prestigio de los medios y el desprestigio de los partidos y las instituciones públicas, han contribuido a que los últimos gobernantes tengan que estructurar equipos para el diseño de las estrategias de comunicación, y para la comunicación efectiva de las acciones públicas.
Pero todavía, nuestros actores políticos, sobre todo cuando están en el poder, valoran el papel de la prensa más como una intromisión, que como un instrumento de la democracia.
Las reacciones del expresidente Hipólito Mejía, quien en varias ocasiones insultó a directores y reporteros de medios, es un ejemplo obvio de esta realidad.
Los políticos dominicanos, sobre todo, los funcionarios públicos, olvidan que como señala el veterano periodista Bienvenido Alvarez Vega que "la prensa es, por definición, crítica. Y la crítica como quiera que se exponga, siempre estará dirigida a mostrar los incumplimientos, a denunciar las irracionalidades, a revelar las ineficiencias en el manejo de los fondos públicos, a impugnar las prioridades, a encontrar y explicar los entuertos, a decir las incongruencias y las incoherencias de las políticas públicas, a señalar los evasores de impuestos y a quienes se valen de la amistad con el poder para sacar provecho, etcétera".
El éxito de una gestión pública depende en parte de la correcta comunicación. Los presidentes y demás funcionarios públicos deben comunicar bien sus intenciones. En esta era de la comunicación y la información quienes no informan adecuadamente a la población, no cumplen con su trabajo. El premio o castigo a la acción de un gobernante depende fundamentalmente de la comunicación.
martes, 30 de agosto de 2005
Técnicas para hablar bien en público
El prestigioso intelectual mexicano Oscar Ochoa recomienda evitar despertar la atención del auditorio desde el principio
En la era de la información el éxito en cualquier tipo de campaña depende del uso correcto del lenguaje, que es lo que le da al hombre una cualidad que lo hace totalmente distinto a otras criaturas del universo.
Un buen orador por lo regular se desenvuelve dentro de una serie de reglas. Para hablar bien en público existen seis reglas básicas:
1) La presentación es una regla que nunca debe faltar en un discurso. Una presentación apropiada es indispensable, puesto que bien implementada sirve para dar la impresión a la audiencia de que quién se va a dirigir a esta es lo mejor que le puede pasar.
En la presentación se debe transmitir sentimientos, sensibilidad, confianza y cariño. Llegar a la audiencia con actitud de humildad y sencillez. Muchas veces se aconseja admitir nerviosismo o limitaciones para ganarse la amistad del auditorio. Esa es la primera impresión, algo muy importante.
En la presentación o introducción hay que evitar los siguientes errores: No te disculpes, no discurras, no ofendas a tu público, no utilice información irrelevante; y no provoques una actitud negativa hacia el tema.
El prestigioso intelectual mexicano Oscar Ochoa recomienda evitar despertar la atención del auditorio desde el principio. Procure que su lenguaje sea directo, es decir, que vaya al grano, con voz activa.
Existen cinco reglas de oro para hacer una introducción efectiva: Capta la atención del público ante todo, demuestra una actitud de seguridad y confianza en ti mismo, toma tiempo para organizarte antes de hablar, ofrece comentarios apropiados y relevantes para la ocasión, manteen un lenguaje y estilo consistentes.
2) Comodidad personal. El orador debe dar la impresión al auditorio de que tiene control de si mismo, que sabe lo que dice, que domina su cuerpo, su voz, su gesto, sus movimientos. Es recomendable utilizar ilustraciones, parábolas o símbolos que permitan a quienes escuchan seguir sus comentarios. Dar vida, congruencia e ingenio al discurso.
3) Informativo. Un buen discurso debe ser informativo. De nada sirve un discurso vacío, sin sustancia, que no diga nada. Hay que saber insertar la información. El discurso informativo tiene como propósito informar. Es recomendable concluir haciendo un resumen de la información presentada o una reflexión acerca de una idea determinada.
4) El discurso debe ser dividido en fases.
5) El discurso debe ser claro. La gente califica como inteligente a las personas que entiende,
6) Mantener el interés de la audiencia . La presencia física y la vestimenta son elementos importantes. Si el orador no se siente seguro y cómodo con sus gestos debe optar por no utilizarlos. No se debe temer al silencio. No tener las manos en los bolsillos mientras conversa en público. No agarrar el micrófono mientras se habla. Acomodar el micrófono antes de iniciar el discurso. Siempre mirar al público. No fijar la vista en un sólo ámbito del auditorio. Evitar transmitir emociones y conmociones tratando de evitar levantar la voz. No hablar gritando. Evitar el otro extremo, personas que son tan pasivas que no se le escucha. Evitar tener un ritmo plano. Aprender a cambiar de ritmo. Aprender a alterar el ritmo. Es recomendable utilizar palabras cortas, preferiblemente monosílabas.
En cuanto a la estructura y contenido del discurso se aconseja comenzar con una anécdota que llame la atención del público: "Quiero contarle algo que me sucedió mientras venía para acá". "Quiero contarle algo que le sucedió a un amigo presente hace unos días".
Se puede también comenzar el discurso formulando preguntas para responderla usted mismo. Un buen gancho para comenzar puede ser también el humor, contar un chiste. En este caso se debe tener algo planificado por si el chiste no produce la reacción esperada.
Hay que saber utilizar las emociones. Hay momentos en que hay que dar la impresión de alegría, y en otros dar la impresión de incomodidad. En otras palabras, manejar las emociones. Cuando se quiere seducir al electorado hay que convencerlo con emociones.
Hay que repetir frases, entonar la voz, ser concluyente al culminar cada párrafo.
En la era de la información el éxito en cualquier tipo de campaña depende del uso correcto del lenguaje, que es lo que le da al hombre una cualidad que lo hace totalmente distinto a otras criaturas del universo.
Un buen orador por lo regular se desenvuelve dentro de una serie de reglas. Para hablar bien en público existen seis reglas básicas:
1) La presentación es una regla que nunca debe faltar en un discurso. Una presentación apropiada es indispensable, puesto que bien implementada sirve para dar la impresión a la audiencia de que quién se va a dirigir a esta es lo mejor que le puede pasar.
En la presentación se debe transmitir sentimientos, sensibilidad, confianza y cariño. Llegar a la audiencia con actitud de humildad y sencillez. Muchas veces se aconseja admitir nerviosismo o limitaciones para ganarse la amistad del auditorio. Esa es la primera impresión, algo muy importante.
En la presentación o introducción hay que evitar los siguientes errores: No te disculpes, no discurras, no ofendas a tu público, no utilice información irrelevante; y no provoques una actitud negativa hacia el tema.
El prestigioso intelectual mexicano Oscar Ochoa recomienda evitar despertar la atención del auditorio desde el principio. Procure que su lenguaje sea directo, es decir, que vaya al grano, con voz activa.
Existen cinco reglas de oro para hacer una introducción efectiva: Capta la atención del público ante todo, demuestra una actitud de seguridad y confianza en ti mismo, toma tiempo para organizarte antes de hablar, ofrece comentarios apropiados y relevantes para la ocasión, manteen un lenguaje y estilo consistentes.
2) Comodidad personal. El orador debe dar la impresión al auditorio de que tiene control de si mismo, que sabe lo que dice, que domina su cuerpo, su voz, su gesto, sus movimientos. Es recomendable utilizar ilustraciones, parábolas o símbolos que permitan a quienes escuchan seguir sus comentarios. Dar vida, congruencia e ingenio al discurso.
3) Informativo. Un buen discurso debe ser informativo. De nada sirve un discurso vacío, sin sustancia, que no diga nada. Hay que saber insertar la información. El discurso informativo tiene como propósito informar. Es recomendable concluir haciendo un resumen de la información presentada o una reflexión acerca de una idea determinada.
4) El discurso debe ser dividido en fases.
5) El discurso debe ser claro. La gente califica como inteligente a las personas que entiende,
6) Mantener el interés de la audiencia . La presencia física y la vestimenta son elementos importantes. Si el orador no se siente seguro y cómodo con sus gestos debe optar por no utilizarlos. No se debe temer al silencio. No tener las manos en los bolsillos mientras conversa en público. No agarrar el micrófono mientras se habla. Acomodar el micrófono antes de iniciar el discurso. Siempre mirar al público. No fijar la vista en un sólo ámbito del auditorio. Evitar transmitir emociones y conmociones tratando de evitar levantar la voz. No hablar gritando. Evitar el otro extremo, personas que son tan pasivas que no se le escucha. Evitar tener un ritmo plano. Aprender a cambiar de ritmo. Aprender a alterar el ritmo. Es recomendable utilizar palabras cortas, preferiblemente monosílabas.
En cuanto a la estructura y contenido del discurso se aconseja comenzar con una anécdota que llame la atención del público: "Quiero contarle algo que me sucedió mientras venía para acá". "Quiero contarle algo que le sucedió a un amigo presente hace unos días".
Se puede también comenzar el discurso formulando preguntas para responderla usted mismo. Un buen gancho para comenzar puede ser también el humor, contar un chiste. En este caso se debe tener algo planificado por si el chiste no produce la reacción esperada.
Hay que saber utilizar las emociones. Hay momentos en que hay que dar la impresión de alegría, y en otros dar la impresión de incomodidad. En otras palabras, manejar las emociones. Cuando se quiere seducir al electorado hay que convencerlo con emociones.
Hay que repetir frases, entonar la voz, ser concluyente al culminar cada párrafo.
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